Negligé

En su columna de este mes, Carlos Castillo rememora el origen de la palabra "negligé".

2010/05/27

Por Carlos Castillo Cardona

Me ha sido inevitable pensar en estos días en palabras que tienen que ver con prendas femeninas cuyo nombre viene del francés. En esta época de hiperactividad electoral, es difícil no pensar en el soutien, cuya traducción literal es el sostén. También es fácil pensar, gracias a cierto candidato, en culotte, que aunque puede ser una delicada prenda de algodón o seda, también son los burdos pantaloncitos que cubren a los hombres desde la cintura hasta las rodillas. Con lo cual, los sans culotte, providencialmente, serían los verdes.

Por otra parte, es casi imposible no pensar en el negligé, palabra que aparece en muchos diccionarios, así no aparezca en el DRAE. Los jóvenes pueden quedar anonadados con esta palabra, que seguramente no conocen, al igual que no conocen el perfumado pañuelo de algodón egipcio. No importa, los jóvenes son ahora como lo han sido todos los hombres, unos gañanes maleducados, no aptos para utilizar las sutiles tretas femeninas que antes se usaban obligadamente para contrarrestar el machismo arrollador. El negligé es la quintaesencia del atraer aparentando indiferencia o descuido. La razón es sencilla, negligé es la “prenda de vestir femenina usada para estar por casa, especialmente la elegante y sofisticada”, según Salvat. Pero, Moliner, más precisa en su definición, dice que es aquella “bata de mujer de tela fina, sedosa o transparente”. Aquel que haya visto películas como Gilda no podrá olvidar el negligé, casi pecaminoso, con el que Rita ?Hayworth volvía loco a John Ford.

Y la palabra francesa négligé, para esta prenda, es perfecta. Los franceses ven en el verbo négliger (según Hachette, y de acuerdo a mi traducción) el no ocuparse de alguien con el cuidado y atención que se debe; el tener un menor cuidado de sí mismo del que usualmente se tiene. ¿No será esto lo que ha ocurrido en las campañas presidenciales? Mucho tejido vaporoso para sí y mucho desprecio para otros.

Esto es tan cierto en francés como en castellano, cuyo adjetivo “negligente” significa descuidado; falto de aplicación. Para Moliner, negligencia viene del latín negligentía, que es aquella “actitud o comportamiento del que descuida algo o se descuida en algo o adopta posturas negligentes. Lo asocia a abandono y a descuido. Igualmente, da un ejemplo de negligencia: ‘Sentada negligentemente sobre un diván’. Julio Casares, en el Diccionario Ideológico, nos refiere a varias ideas afines a la negligencia, a través de la palabra “descuido”, tales como “desatención, distracción, inadvertencia, imprevisión, indeliberación, indiligencia, imprudencia, incuria, salga lo que saliere o a medio mogate”. Entendido por mogate al baño que cubre una cosa, especialmente el barniz que usan los alfareros.

No me dirán que el negligé es revelador para entender nuestras campañas políticas, burdamente concebidas y malamente ejecutadas. El desprecio del otro no atrae al incauto elector. Tanto error obliga a la “reingeniería”, palabra absurda que muestra la torpeza del ingenio inicial. En algunas campañas hay desdeño por el otro que, según Corominas, vendría del latín, desgnari ‘rehusar como indigno, desdeñar’. Todo ello implica indiferencia y despego, que denotan menosprecio. Estas actitudes los incitan a redefinir el curso con campañas negativas. Los que usan el negligé en la política se merecen la bofetada que Ford le propina a Rita.

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