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Ni un Óscar

Nicolás Moráles hace un comentario sobre la historia de los premios internacionales obtenidos por la cinematografía colombiana

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Francisco Norden fue, en 1984, el primer director colombiano en participar en la muestra oficial del más prestigioso festival de cine del mundo –el de Cannes– con su película Cóndores no entierran todos los días. La película de los sicarios conservadores cosechó además premios en festivales como Huelva y Biarritz. Víctor Gaviria lo siguió sin mucha suerte en la Selección Oficial de este festival francés. Si bien Rodrigo D no triunfó entre el público europeo, su Vendedora de rosas lo hizo como mejor largometraje de ficción en Puerto Rico y Santa Cruz (Bolivia); por último, Sumas y restas se hizo con los premios en el Festival de Miami y en el de Cine Latinoamericano de Toulouse. Jorge Alí Triana logró ganar en Río de Janeiro con Tiempo de morir y ocho años después en el Festival de Cine de Mar de Plata con Bolívar soy yo. Carlos Mayolo (q.e.p.d) cautivó de nuevo a los cariocas con La mansión de Araucaima y Jaime Osorio ganó el Premio del Jurado en los festivales de La Habana y San Antonio (Texas) así como el Premio CICAE en Berlín y el Premio de la Crítica de Huelva con Confesión a Laura. Cabrera obtuvo lo suyo con Técnicas de duelo también en Brasil, pero no en Río sino en Gramado; con la Estrategia del Caracol ganó en Valladolid, Biarritz, Huelva y logró estar presente en la Selección Oficial del Festival de Venecia y ser nominado a los Goya. La cosa pintaba bien para nuestro ex senador de la República, pero Águilas no cazan moscas fue la última película que lograría rasguñar algunos premios (en Sundance como mejor película latina y en Huelva como primer premio del festival). Felipe Aljure obtuvo una mención especial del jurado en el Festival de Cine de Uruguay con La gente de la Universal. Ciro Duran ganó en 1996 el Premio del Jurado en Cuzco con La nave de los sueños y luego este mismo en el Festival de Arcachon. Raúl García obtuvo con Kalibre 35 el Premio al Mejor film latinoamericano del Festival de Cines de España y América Latina. Lisandro Duque obtendría, con Milagro en Roma, el Premio a Mejor película en el Festival de Reims y el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine para la infancia con Los niños invisibles. Luis Alberto Restrepo ganó con La primera noche el Festival Iberoamericano de Rosario, el Festival de Cine Iberoamericano de Caracas y el Premio AFFCI.

Esta es la historia resumida de los premios internacionales obtenidos por la cinematografía colombiana, que ha ido de Huelva a Arcachon, y de Montevideo a Río, Reims y Rosario. Buenas, regulares y malas, todas estas películas han ganado decenas de premios en festivales que, en líneas generales, son menores y cuyas muestras no siempre son muy ambiciosas. Hay que reconocer, sin embargo, que tres directores han rozado premios realmente importantes: Norden (1984, Cannes), Gaviria (1990, Cannes) y Cabrera (1993, Venecia). Pero ninguno de los tres ganó. Eso significa que ninguna película colombiana ha ganado un premio importante. Y esta constatación no carece de interés. Aunque no se refiera directamente a la calidad del cine nacional, sí nos enfrenta al hecho de que nuestra cinematografía, hablando en términos generales, carece de la habilidad de seducir a jurados internacionales, por lo que siempre, estos profesionales del cine, críticos y profesores universitarios han favorecido la creación fílmica en latitudes que nos son anchas y ajenas. Tan ajenas que ni siquiera nos han dejado asomar a las nominaciones del Óscar a Mejor película extranjera.

En todo este panorama hay, tal vez, una excepción. Un colombiano –aunque creció en México– obtuvo un premio con suficiente prestigio internacional para ser citado. Se llama Rodrigo García, es el hijo de nuestro premio Nobel y vive en los Estados Unidos. En el 2000 consiguió ganar el único premio que otorga la selección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes con su película Things you can tell just by looking at her. Todo el mundo sabe que las muestras paralelas de Cannes tienen muy buena reputación. Pepe Sánchez ya había participado en la prestigiosa selección de la Semana Internacional de la Crítica de Cannes en 1986 con San Antoñito, pero la copia llegó estropeada y no pudo competir. Rodrigo García rompió el hechizo con una película pulcra, bien actuada y muy armónica. Por cierto, su segundo largometraje, Nueve vidas, ganó hace poco el Festival de Locarno. No es un director que se financie en Colombia, y sus películas, por una rara maldición, no son distribuidas aquí. Sin embargo, es él, en mi opinión, el mejor director colombiano. Y el que ostenta el premio más interesante en décadas de cine nacional.

Hace veinte años creímos que directores como Norden nos salvarían de los horrorosos ochenta. En los aburridos noventa, Osorio y Gaviria nos dieron esperanzas y Aljure las confirmó. Hoy, Norden y Osorio nos decepcionaron, Gaviria se estandarizó y Aljure se chifló. Es hora, entonces, de que la dichosa Ley de Cinematografía apunte hacia nuevas direcciones, que permitan hacer de la historia del cine nacional algo más que un largo desfile de estatuillas de indígenas semidesnudas.

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