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Noticia de última generación

Portada Arcadia No. 78

Editorial No. 78

Compartimos el editorial de la edición 78 de la Revista Arcadia. Una reflexión sobre el furor mediático que ha despertado la muerte de Luis Andrés Colmenares. Su doloroso fallecimiento se convirtió en un show en el que los medios se atribuyen el papel de jueces.

Por: Revista Arcadia.
Publicado el: 2012-03-14

Las malas noticias son parte de la rutina en Colombia. Todos los días, casi sin excepción, nos encontramos con alguna desgracia paseando por ahí: puede ser un asesinato atroz, un nuevo caso de corrupción o alguna tragedia ocasional. Los colombianos nos hemos acostumbrado a que los desastres son parte de la cotidianidad: no nos sorprenden, les dedicamos poca atención y, tal vez en los casos más aberrantes, nos indignamos durante un tiempo corto.

Por eso es tan sorprendente el furor mediático que ha despertado la muerte de Luis Andrés Colmenares. La trama, desde luego, es conocida por todos: el joven estudiante de Ingeniería de la Universidad de Los Andes apareció muerto a finales de octubre del 2010, después de una fiesta de Halloween. Por mucho tiempo se creyó que se trataba de un suicidio pero, después de que su familia retomó la investigación, se descubrió —o al menos todos los indicios apuntan hacia esa hipótesis— que fue un asesinato. Dos de sus amigas son sospechosas de encubrimiento y algunos compañeros de la universidad parecen estar involucrados. No hay mucho más claro: la investigación sigue su curso.

A primera vista, este tiene todas las características de un crimen pasional como tantos otros que ocurren a diario en Colombia y en el mundo. Por supuesto hay que exigir que se haga justicia, que se esclarezcan los hechos y que los culpables —si es que los hay— sean castigados. En otras palabras, que no quede impune como tantos otros crímenes en nuestro país.

Lo que hace diferente —tristemente diferente— el supuesto asesinato de Luis Andrés Colmenares es la euforia mediática que ha desatado. Si bien todo empezó como una historia sensacionalista publicada por alguna página de Internet, pronto desencadenó en una tormenta informativa pocas veces vista. Desde entonces no pasa un día sin que los medios escritos, radio y televisión informen sobre “El caso Colmenares”, como lo han empezado a llamar. El pasado domingo 4 de marzo, el periodista Daniel Samper Pizano publicó en el diario El Tiempo una reflexión sobre el tema. “La dosis de atracción aumenta si se revelan amores, despechos o venganzas sentimentales. En el elenco del caso hay antiguas novias, novios actuales y, por consiguiente, la posibilidad de celos. El terreno es idóneo y estimulante para tomar partido y que cada quien escoja sus inocentes y sus sospechosos. (…) Es porque la sal del asunto son los detalles contradictorios, y mucho más si el proceso sufre virajes dramáticos”, escribió, en un intento de descifrar cuáles son las razones por las que este asunto genera tal fascinación.

Es cierto que el caso tiene muchos elementos atractivos. Involucra a jóvenes ricos y educados, pasiones ocultas, sexo, traición y violencia. También están de por medio los intereses de familias poderosas, una de las sospechosas es una mujer atractiva y, como si fuera poco, ha enfrentado a dos de los juristas más famosos de Colombia. Es comprensible que la historia sea un coctel estimulante para la curiosidad de cualquiera y que los editores hayan aprovechado el interés —morboso— que genera para explotarla.

Pero, hay que decirlo, nada de eso justifica el show en el que han convertido el dolor. Ni la telenovela que han armado alrededor de una investigación judicial. Es lamentable cómo todos los días aparecen supuestas revelaciones sobre el caso, que no son más que detalles mínimos o especulaciones. No se entiende por qué, por ejemplo, cada vez que uno de los abogados sugiere una hipótesis sobre los hechos o lanza una acusación al aire esta se vuelve noticia. Se publican notas ambiguas, poco rigurosas, que solo sirven para confundir. En el afán por captar audiencias, los medios han decidido actualizar constantemente la evolución de la noticia, sin tener en realidad alguna novedad. Casi todas las “revelaciones” en el caso Colmenares no dicen nada: son pura información vacía.

Por otro lado, los medios tampoco han brillado por su objetividad. En lugar de presentar la información balanceada, han optado por tomar partido. Algunos de los personajes son presentados como víctimas y otros como culpables. El proceso legal ni siquiera ha empezado y ya los medios se han encargado de señalar las culpas, sin mayores elementos de juicio.

Un experimentado periodista comentaba hace poco que el éxito del caso Colmenares se debe a que es una noticia que toca directamente a las nuevas generaciones y que por eso ha inundado las redes sociales. Una noticia de última generación, por llamarla de alguna manera. Qué triste, si es así, que ese sea el futuro del periodismo.