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Objeto del deseo

Antonio Caballero reflexiona acerca del primer centenario de la invención del sostén

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Para tener ocasión de una nueva celebración comercial, que son casi las únicas que van quedando, decidieron que en estos días se cumple el primer centenario de la invención del sostén, o sujetador, o brasier, o como se lo quiera llamar: el corpiño era su viejo y bello nombre: “prenda de vestir que cubre el cuerpo hasta la cintura, ajustada y sin mangas”. Pues no es cierto que sólo tenga un siglo de existencia. Pero bueno. Dicen ahora que lo inventó el modisto parisino Paul Poiret para la saison de 1907, y que fue reinventado seis años más tarde por la señora de sociedad neoyorquina Mary Phelpe Jacob, que lo patentó. Pero no sólo existen representaciones de algo muy parecido al sostén en la escultura de la India, de Egipto, o de Grecia, sino que buscando en esa cosa asombrosa que es la Wikipedia encontré dos patentes más antiguas que la de la señora Jacob.

La que ilustra este artículo está tomada de una patente del año 1859, registrada en los Estados Unidos por un señor H. S. Leshers. Un bello dibujo a pluma de una señora robusta, con cara de ser la señora Leshers. El sostén que lleva es un artilugio con el pesado nombre de “Combinación de almohadillas de pechos y escudo de sobacos”. Se adivina inspirado por los celos maritales del señor Leshers, y se ve claramente que, antes que un modelo de lencería fina, es una coraza torácica de castidad. (Habría que verificar en la Wikipedia si el señor Leshers inventó también unos calzones).

La otra patente, que data de 1907, la firma un tal Johannes Bree, y se llama escuetamente “apoyabusto”. Pero el diseño no tiene nada de escueto. Se trata de un complicado arnés de correajes y piezas de metal (el inventor recomienda zinc y platino) que atrapa a una mujer más joven que la señora Leshers en una inextricable red de cables y números (los pezones están reemplazados en el croquis por un cinco y un seis): el delirio de un obseso sexual sadomasoquista. Desde entonces la evolución del sostén o brasier ha seguido el camino marcado por Bree, y no el de Leshers y su señora: ha sido un perifollo de adorno estético y de celebración erótica del pecho de la mujer, eterno objeto del deseo del hombre. Porque así era también el sostén que puede verse en los frescos del palacio de Cnossos, en la Creta de hace tres mil años, para mantener erguidos los senos desnudos de las acróbatas. Y así era el que se usaba en la Francia frívola del siglo XVIII, cuando se copiaron las copas de champaña del molde del pecho de una frívola reina decapitada.

En los años sesenta del siglo XX a muchas militantes feministas les dio por quemar sus sostenes en hogueras que creían de liberación. Eran de tentación.

Como lo ha sido siempre todo lo relacionado con los pechos femeninos. Serán simples glándulas mamarias, de acuerdo. Pero han constituido, desde el Neolítico, el receptáculo privilegiado de los sueños eróticos del hombre. Por eso siempre las leyes o las modas han buscado o bien negarlos y ocultarlos, como el pacato señor Leshers, o bien resaltarlos, como el libidinoso señor Bree. Porque no pueden ignorarlos.

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