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Opiniones repetidas

Las viejas fronteras entre arte, cultura popular y medios de comunicación ya no existen.

2010/03/15

En su columna de El Espectador del pasado 12 de noviembre, Juan Carlos Botero se despacha con desbordado desdén contra todo el arte contemporáneo. Su diatriba comienza con una pregunta: “¿Quién iría a un concierto de música clásica, con todo lo que eso implica [...] para escuchar una pieza magistral ejecutada, no por un virtuoso sino, digamos, por un computador? Nadie, obviamente”.

Juan Carlos Botero, naturalmente, no estuvo ese mismo 12 de noviembre por la noche en el concierto del maestro japonés de la música electroacústica Ryoshi Ikeda. Porque, en el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional de Bogotá, una larguísima cola que serpenteaba por las esquinas del edifico, formada principal pero no exclusivamente por jóvenes menores de 25 años, era testimonio de que mucha gente hoy –el auditorio estaba casi lleno, y caben algo más de 1.500 personas– quiere ir a escuchar conciertos que no son, precisamente, interpretados por un virtuoso en ningún instrumento conocido.

A su padre, el prestigioso pintor Fernando Botero, se le podría quizá perdonar ese odio por la contemporaneidad. Botero tiene 80 años y una cascada de detractores de su obra, que miran con abúlica sospecha su manía de pintar las mismas imágenes figurativas una y otra vez, imágenes que parecen flotar en un fantasmagórico vacío emocional. El último episodio que indignó, con justa razón, a Botero, sucedió en Venecia en abril de este año. La dirección de la Bienal de Venecia (uno de los eventos de arte más reputados del mundo) le pidió al pintor retirar las esculturas que tenía expuestas en la ciudad. En esa ocasión, Botero habló de la dictadura del video y de la instalación, y mostró sin pudor su aversión por el arte contemporáneo, que tildó de ridículo.

Que a sus 80 años Botero piense así, vale. Pero que su hijo, en un ciego acto de amor filial, secunde de manera tan exacta las tesis de su padre, es inadmisible. Dice Botero Junior: En el arte contemporáneo esa maestría [en la ejecución de una obra] ya no importa y sólo vale la idea, el supuesto concepto. Lo malo es que esas ideas son, con frecuencia, triviales, y la ejecución de la obra, deleznable”.

Escribe bien Botero, pero piensa mal. Por supuesto que todo el mundo tiene derecho a repudiar la obra de cualquier artista, pero es absurdo desdeñar de golpe y porrazo cinco décadas en las que se han producido algunas de las más silenciosas revoluciones humanas gracias a las nuevas tecnologías, y en las que el arte ha sido el lugar de reflexión por excelencia del impacto social e íntimo de esos cambios. Es tan absurdo desdeñar todo el arte contemporáneo como elogiar toda la pintura de medio siglo. De cualquier medio siglo.

Lo que es claro es que hace mucho rato que en el mundo del arte las viejas categorías han quedado obsoletas y las fronteras entre el arte, la cultura popular y los medios de comunicación se diluyen a pasos agigantados. El reciclaje, la copia, la apropiación, los préstamos de las ideas de las obras maestras forman parte del arte hoy. Y claro que hay mucha basura. Y mucha frivolidad. Y mucha pose. Pero ¿no la hay acaso en la literatura también? El buen arte contemporáneo es el espacio de los debates más acuciantes de un mundo globalizado: la economía, la política, la raza, la enfermedad, la sexualidad, los derechos humanos y la guerra.

Desdeñarlo es ignorar el mundo: el bombardeo constante de imágenes, la falsa ventana al mundo entero que nos ofrece la televisión (vemos todo, pero se desdibuja la compasión por el otro, la humanidad del otro) o la monetarización de todas las relaciones humanas.

Ante la actitud retardataria de los Botero, no está de más recordar lo que sucedió con la escuela de Bauhaus en la Alemania de entreguerras. Esa callada revolución no sólo arquitectónica, sino de todas las artes, que afectó profundamente nuestra relación con los objetos, que nos hizo mirar de otra manera desde una lámpara hasta una silla o una tetera, y cuyos audaces diseños consideramos hoy tan normales que casi podríamos llamarlos vulgares (las lámparas de lectura diseñadas por la Escuela de Bauhaus están es todos los Home Center o Makro de Colombia y son las más baratas de todas) produjo una resistencia tan temerosa en su tiempo, que la escuela estuvo a punto de ser cerrada dos veces en sus breves 14 años de vida. Los gobiernos locales conservadores de Weimar y de Dessau miraban con sospechoso desdén “ese arte contemporáneo”. Al final, a comienzos de la década de los 30, con el nacionalsocialismo en ascenso, la Escuela finalmente sí fue cerrada.

¿Y la pregunta por la belleza? Al igual que siempre, la belleza sigue estando en los ojos de quien mira. Y la labor del artista es reinventarla. Es exactamente eso lo que hizo Tiziano, es exactamente eso lo que hizo Picasso, y es exactamente eso lo que hizo Joseph Kosuth.

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