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Pensando en el de arriba

¿Pueden los intelectuales hablarle a una población o en nombre de una población, si de plano la consideran intelectualmente inferior o sospechosa?

2010/03/15

No deja de ser un hecho curioso que la mayoría de los intelectuales colombianos (y, la verdad sea dicha, de Occidente) no crea en Dios. Está tan arraigado el prejuicio entre tantos intelectuales que la sola admisión de la fe por parte de alguien ya es motivo de sospecha, de alarma. Si alguien confiesa que cree en Dios, esa persona no es razonable y no merece nuestra consideración intelectual.

Pero curioso no quiere decir, en este contexto, inexplicable. En muchos estudios realizados en países desarrollados, la proporción de creyentes disminuye considerablemente a medida que aumenta el nivel de educación. Un ejemplo contundente es el de Estados Unidos, donde, según una reciente encuesta, Harris American Poll, el 31% de las personas con un postgrado se declaran no-creyentes, mientras que solo un 14% de las personas con bachillerato admiten no creer en Dios. Aun así, el 73% de la población norteamericana asegura creer en Dios. Los porcentajes en Colombia son aún más altos, con un 81% de personas que profesa el catolicismo, un porcentaje que por supuesto subiría si incluimos a todos aquellos no católicos que creen en un dios.

Curioso, en este contexto, quiere decir paradójico. ¿Pueden los intelectuales hablarle a una población o en nombre de una población, si de plano la consideran intelectualmente inferior o sospechosa?

Un intelectual es, en primera instancia, un lector consumado. Alguien que interroga al mundo y que por tanto lee para buscar respuestas, o quizá para buscar las preguntas más exactas, más pertinentes sobre el mundo. Y sin embargo, en ese mundo intelectual en el que el libro es el bien supremo, el gozo absoluto, la promesa de conocimiento y de emoción profunda, son pocos, poquísimos, los que han leído la Biblia, el Corán o la Torah, para citar los tres libros sagrados más importantes del mundo. (Nos referimos a su importancia sociopolítica para Occidente, y por eso no incluimos ni los Upani-shads, ni las Leyes Sagradas de los Aryas, ni el Shu King, ni tantos otros libros sagrados del Lejano Oriente.)

Al desechar la religión como tema de interés intelectual, y privilegiar la literatura, el ensayo, la historia militar, el estructuralismo francés y el largo etcétera de temas que han ocupado a los intelectuales de Occidente durante las últimas décadas, y abandonar con ademán arrogante la religión como tema de estudio, le hemos dado la espalda a la posibilidad de arrojar luz sobre los más graves conflictos geopolíticos del mundo de hoy.

Pero las cosas parecen estar cambiando en estos últimos años. Si miramos las recientes listas de libros más vendidos en Estados Unidos encontraremos allá arriba a Sam Harris con su The End of Faith [El final de la fe] y Letter to a Christian Nation [Carta a una nación cristiana], a Daniel Dennet y su Breaking the Spell [Rompiendo el hechizo], a Richard Dawkins y su The God Delusion [El engaño de Dios]. Y hace apenas un mes, el gran contradictor Christopher Hitchens publicó su God is not Great [Dios no es grande], que ya está ranqueado en el número 3 de la lista de best sellers de The New York Times y de 18 en la de ventas de Amazon.com, un récord asombroso para un libro sobre la religión.

Todos estos libros tienen algo en común: son libros contra la religión. Libros escritos con enorme vigor y brío narrativo que buscan demostrar desde una clara pasión política que Dios no existe. Son libros de la camada de “los nuevos ateos” –como se los ha bautizado- que buscan demostrar, bien desde la neurociencia o desde la biología o desde la pura argumentación filosófica, por qué no existe Dios.

El fenómeno de la fe –que en América Latina y en Colombia en particular debería analizarse desde el declive del catolicismo y el consiguiente auge de otras religiones (evangélicos, mormones, cristianos renacidos, testigos de Jehová, etc.)- tiene que interesar más a los intelectuales. A quienes se han hecho a sí mismos entre libros no puede faltarles entre sus lecturas las de la Biblia, el Corán y la Torah. Sin ellas, es más que difícil entender la psique de nuestras sociedades y el tamaño de nuestros problemas.

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