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Pido la parola

Nicolás Morales habla del locutor de radio juvenil, Alejandro Villalobos

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Vaya, vaya. Así que estamos en la temporada de homenajes a los prohombres de la radio juvenil en Colombia. Sendos artículos en el periódico de mayor circulación nacional y dos páginas en la revista Jet-Set, nos cuentan de la crisis existencial de Alejandro Villalobos y su reciente cambio de trabajo. La suya es una situación que merece toda nuestra comprensión pues “siente que cada año que pasa se aleja de esa generación que por mucho tiempo lo inspiró para sus programas de radio. Y comprende también que en la vida se cumplen ciclos, y que después de veintiún años a él le llegó la hora de retirarse de la radio juvenil”.

Los periodistas-fans del Sr. Villalobos hablaron, ensalzaron y lamieron el plato. Es hora de que algunos entre quienes lo padecimos hagamos lo propio, como un ejercicio de reparación ante tantos años de radio perversa que contribuyeron a hundir nuestras adolescencias en remolinos de sexismo, argumentos clasistas, xenofobia y mal gusto.

Pero este ajuste de cuentas tardío no es un repaso sobre las funestas consecuencias de la radio juvenil en Colombia en el plano ético y la construcción de valores. Tampoco es un intento por recordar lo vulgar y mezquino que fue el dial durante todos estos años. Porque, tal cual dice con burda ironía el showman radial colombiano, “mi responsabilidad no es educar, esa se la dejo a los padres”. Mi reclamo atañe otro asunto, no menos delicado: la programación musical. Porque el Sr. Villalobos –y sus secuaces– son los responsables de haber convertido el gusto y los oídos de miles y miles de jóvenes colombianos, incluidos los de mi generación, en un cuenco roto.

Todas estas radios juveniles, obnubiladas por lo peor de MTV, nos embutieron el pop más simple y pobre de la producción musical mundial disfrazado con los clichés de la generación X, el monopatín o la reggaetonera siempre dóciles ante cualquier Concierto de Conciertos o prom de colegio femenino del norte que se les atraviese. El más grande y siempre fallido sueño de estas emisoras fue hacer de la radio bogotana una soleada estación de Miami y de sus programas mañaneros, copias insulsas del de Howard Stern. Pero a los Villalobos de las emisoras juveniles hasta mala leche les falta. Y de cultura musical, ni hablar, o, ¿en qué podrían competir ellos con, por decir algo, Patrick Mildenberg e incluso el Manolo Bellón de esa Radio 15 que escuchaba la generación anterior? No se trata de que Villalobos tuviera que ser el John Peel de la radio colombiana, pero sí de, al menos, saber a grandes rasgos qué pasó con los sonidos que produjeron los jóvenes durante el siglo XX. En la entrevista dice nuestro héroe que “la música es algo muy sencillo. No sé por qué la gente se complica”. Sin comentarios.

Hoy la cosa es algo distinta. En medio de todo, internet abrió el mercado a productos culturales más interesantes y, con un poco de decisión, es sencillo acceder a información musical menos manoseada. Los grupos tienen canciones subidas a Myspace, hay publicaciones especializadas circulando online, emisoras alrededor del mundo transmitiendo constantemente toda la música imaginable, pero no todos aquí pueden dedicarse a oír radio en internet porque no todos pueden pagar una conexión o tener un computador. Afortunadamente existen las emisoras universitarias y públicas. Sin ellas, jamás habrían llegado a nuestros oídos P.J Harvey, Beck, Massive Attack, Gus Gus, Tom Waits, Patti Smith, Go-betweens y Divine Comedy. A ese respecto, el mérito más grande de Villalobos y compañía, que siguen reinando en busetas, cafeterías, colegios y peluquerías, fue darnos a elegir entre Pasaporte y Compañía Ilimitada, Soda Stereo y los Prisioneros, Nirvana y Pearl Jam o Christina y Britney.

Jet-Set tituló el artículo sobre este Pater Familias de la nueva radio colombiana, «Villalobos quiere hablarle a su generación», pero, en lo que a mí respecta, su molesto zumbido sigue sin decirme nada.

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