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Por contagio, no por sermones

Conrado Zuluaga se pregunta si los lemas y las campañas de promoción de lectura sirven de algo para formar lectores.

2010/02/09

Por Conrado Zuluaga

En los países desarrollados o aquellos denominados del primer mundo, ha sido una preocupación constante facilitar el acceso al libro, fundar bibliotecas en los barrios, establecer una red de bibliobuses, extender el servicio del préstamo de libros a toda la comunidad. En pocas palabras, propiciar la lectura. En países como el nuestro se han dado algunos momentos favorables en el pasado y en la actualidad constituye un punto neurálgico del quehacer cultural. Hace parte de la agenda, como se dice ahora, de funcionarios y políticos.

Hoy día existen multitud de organismos internacionales y nacionales, fundaciones privadas, instituciones educativas y otros tipos de organizaciones, empeñados en promover el hábito de la lectura y facilitar el acceso al libro; los ministerios de cultura incorporaron diversos programas desde hace varios años a sus políticas culturales. En la educación formal, en los servicios bibliotecarios, en los programas electorales, el tema se ha vuelto reiterativo: hay que promover la lectura, crear espacios de animación, potenciar el hábito lector, y todo ello encaminado a mostrar las bondades del libro como instrumento que permite ser más libre y mejor ciudadano. Universidades y fundaciones ofrecen diplomados o máster en promoción de lectura, realizan seminarios nacionales e internacionales y propugnan por la creación de nuevas bibliotecas.

Esta preocupación ha conducido a experiencias valiosísimas en diversas latitudes, gracias a las iniciativas de recónditas bibliotecas de provincia o pequeñas fundaciones sin ningún ánimo de lucro o brillo; y ya no se oye más la respuesta de un director de la Biblioteca Nacional de España que sostenía que era imposible promover la lectura en un país que había erigido como paradigma a un hombre que enloquece por leer libros.

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Hace diez años Fernando Savater anotó en una columna de prensa que todas las campañas de lectura son demasiado sensatas y razonan de manera excesiva lo que él sabe –por experiencia propia– “que constituye un destino, excluyente, absorbente y fatal”. Es decir, que dichas campañas ponen de presente aquello de que hay que abrirse al mundo, ser más humanos, aprender lo desconocido, mejorar el espíritu crítico, no dejarse idiotizar por la televisión, distinguirse de los chimpacés. En esa misma ocasión el escritor español recordaba la opinión del pensador italiano Manlio Sgalambro: “No se trataba en aquel tiempo, de leer como si eso fuera un medio para formarse, detestable uso del libro. No, era sólo un medio de existir”.

Muy pocos, sin embargo, parecen haberle prestado atención a lo dicho por Savater. Casi ninguno entre los funcionarios encargados de desarrollar dichas campañas. Hoy siguen siendo las mismas cruzadas. Han cambiado la forma, la música, el afiche, el eslogan, incluso algunas tácticas, pero el objetivo sigue siendo el mismo: exhortaciones enfáticas dirigidas a los jóvenes para que usen el libro como posibilidad de ser mejores ciudadanos. Convencidos de que un día, ojalá no muy lejano, la aurora de los lectores se implantará sobre la faz de la tierra y serán mayoría y se venderán todos los libros.

Omiten, casi todos ellos, el aspecto de la lectura que Savater desarrolla en la misma columna: la lectura es una adicción. Es cierto, parece de perogrullo pero no es así. Hábitos son lavarse los dientes después de cada comida, acostarse todas las noches a la misma hora, renunciar a la carne roja en la dieta alimenticia. Pero la lectura es otra cosa, por la lectura se le roba tiempo a otras actividades, por conseguir un libro se renuncia a otros gustos, por leer un buen libro se evaden compromisos sociales. La lectura es un vicio, “el vicio impune de leer” en palabras de Valery Larbaud.

De modo, entonces, que sería bueno ya darles un vuelco a las bienintencionadas campañas y dedicar el tiempo, los esfuerzos y los recursos a esparcir el virus, a regar el contagio, a corromper almitas en las aulas y en las bibliotecas, en las tertulias y las librerías. “Ser por los libros, para los libros, a través de ellos”, continúa diciendo Savater. “Perdonar a la existencia su básico trastorno, puesto que en ella hay libros. No concebir la rebeldía política ni la perversión erótica sin su correspondiente bibliografía. Temblar entre líneas, dar rienda suelta a los fantasmas capítulo tras capítulo. Emprender largos viajes para encontrar lugares que ya hemos visitado subidos en el bajel de las novelas: desdeñar los rincones sin literatura, desconfiar de las plazas o las formas de vida que aún no han merecido un poema. Salir de la angustia leyendo; volver a ella por la misma puerta. No acatar emociones analfabetas. En eso consiste la perdición de la lectura”.

Las actividades que hasta ahora se han venido haciendo contribuyen en alguna medida a acercar el libro al futuro lector, a propiciar un encuentro duradero entre un lector y ese objeto maravilloso, prolongación, como lo definió Borges, de la memoria y de la imaginación. Pero, sobre todo, ayudan a tranquilizar conciencias inquietas de empresas, de políticos, de gobiernos, de organismos internacionales.

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José Saramago, quien desde la recepción del Premio Nobel de Literatura se volvió un insoportable hombre público, no se equivocó en esta ocasión al afirmar hace unos días en una biblioteca municipal en las afueras de Lisboa: “No vale la pena el voluntarismo, es inútil, leer siempre fue y siempre será cosa de una minoría. No vamos a exigir a todo el mundo la pasión por la lectura”. Y concluyó: “Mal andan las cosas si resulta necesario estimular la lectura, porque nadie necesita estimular el fútbol”.

En medio de tan amplio y paradójico escenario, alguien podría preguntarse, ¿para qué se lee literatura? Más de uno podría responder con alguna generalidad políticamente correcta: hay muchas modalidades de lectura, hay quien lee para informarse, otros con la pretensión de formarse, algunos para alienarse, en fin, que no falta quien habla de novelas históricas –olvidando a Nabokov, que sostenía que hablar de novelas históricas era un insulto al arte y a la verdad–, que hay lectores tan ingenuos que leen a los novelistas rusos buscando información sobre San Petersburgo, en resumen, que cada chimpacé sabe, o cree saber, a que árbol trepa. Pero ninguna de estas opiniones es una solución al interrogante ¿para qué se lee literatura? La respuesta, sin embargo, está ahí, en la inmediatez del acto lector: se lee literatura para desaburrirse, para escaparse de sí mismo, para “perder el tiempo”.

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