Se cumplen 52 años de la muerte del escritor norteamericano Ernest Hemingway,

Por qué leer a Hemingway

Recordamos esta columna de Margarita Valencia, publicada en Arcadia 22, a propósito de la conmemoración de los 52 años de la muerte del escritor Ernest Hemingway.

2010/03/15

Por Margarita Valencia

Cuatro matrimonios, dos guerras, numerosas expediciones de caza y pesca y un constante ir y venir entre Europa y América –con ocasionales paradas en África y sede en Cuba– son el resumen burdo de cientos de anécdotas –muchas de ellas exageraciones o invenciones del protagonista– que fascinaron a los lectores de revistas ilustradas de la postguerra, alimentaron la leyenda en la que Ernest Hemingway se convirtió en vida y acabaron por socavar su pedestal. En los meses previos a la finalización de El viejo y el mar, Hemingway se quejaba de la publicidad de la que era objeto, y pedía a sus editores un tratamiento digno para sus libros. No obstante, tres años después (en 1954) la noticia de su accidente aéreo en Uganda circuló por todo el mundo y en los periódicos de Europa y Estados Unidos se publicó indistintamente su obituario y la historia de su milagrosa salvación.

Ha pasado medio siglo desde su muerte y pocos lo recuerdan con afecto: las mujeres lo condenan por machista y la izquierda latinoamericana lo denosta por haber vivido en Cuba antes de Fidel; los italianos y los franceses no lo leen; y los españoles lo aborrecen con la saña con la que se aborrece a quienes nos han amado cuando nosotros mismos nos odiábamos. No deja de ser irónico que este hombre que pasó toda su vida huyendo de la mojigatería y el provincianismo de sus coterráneos haya caído al final víctima del provincianismo y de la mojigatería de los europeos, en su versión más destructiva: lo políticamente correcto. Resulta también triste para cualquiera que haya leído con afecto sus novelas, que sucumbieron con más estrépito que su leyenda. No mucho en ellas se puede rescatar, excepto quizás la imagen de Europa, un condado mítico como el Yoknaphatawa de Faulkner en donde los hombres estaban dispuestos a morir por sus convicciones y a vivir la vida hasta el fondo, y donde el amor era un asunto tan complejo y efímero que no se podía tomar demasiado en serio. La Europa de Hemingway es decimonónica, civilizada y byronesca, y se complementa a la perfección con un país natal rural, bucólico y salvaje: en ambos, “los héroes están muertos. […] Morir es algo fácil”.

Las novelas de Hemingway, tanto como su vida escandalosa, traicionan el impulso de muerte que él convirtió en un texto romántico, pero que en realidad lo llevaron por fin al suicidio en 1961, después de varios intentos explícitos y encubiertos presididos por el suicidio de su padre. En el renombrado perfil que le hiciera Lillian Ross en The New Yorker en 1950, Hemingway machaca su lugar común favorito: “A medida que envejecemos se vuelve más difícil tener héroes, pero sigue siendo necesario”. Sin embargo, el muchacho de dieciocho años que desembarcó en Francia en mayo de 1918 y que fue gravemente herido un par de meses después no se equivoca: “Dicen por ahí que esta guerra no tiene nada de divertido”, escribe a casa. “Y no lo tiene”.

Ese muchacho publicó en 1925 In Our Time, en donde recogía quince de los mejores cuentos que se hayan escrito en lengua inglesa. Siguieron los de Men Without Women (1927), Winner Take Nothing (1933) y seis cuentos más que se sumaron a una obra de teatro ilegible y fueron publicados en 1939 como La quinta columna y los primeros cuarenta y nueve cuentos. Estos cuentos, que acaba de reeditar Lumen, recogen con honor las lecciones de Chejov y de Maupassant y redefinen el género para los años por venir. Hemingway crea protagonistas sólidos (hombres y mujeres) a través de sus diálogos, cortos y agudos; escoge un incidente aparentemente banal y construye en sus sótanos una historia demoledora; desholla a sus personajes en un párrafo al tiempo que le enseña al lector que no hay tal cosa como un espectador inocente. La desolación, el miedo o el desamor pasan livianos por la página, pero al final nos dejan un retrato del hombre contemporáneo que sigue siendo sobrecogedoramente iluminador. Y la proverbial economía de su escritura –en estos tiempos de derroche verbal– es una lección de la que todos sacaríamos provecho.

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