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Prisa, Planeta y El Tiempo

El hecho fundamental es que los libros no estaban en el mapa. Ahora, el monolítico establishment nacional va a tener que incorporar los nombres de escritores y editores, de los libros y de las casas que los hacen a ese mapa simplón que se equivoca de cabo a rabo cuando se reduce a armar el rompecabezas con los consabidos nombres de Santos, Sanínes y Pastranas.

2010/03/15

En 1949, José Manuel Lara Hernández, un joven que había combatido en la Guerra Civil en el bando nacional, que después probó suerte como carpintero, pintor y bailarín, y que hasta los años ochenta todavía llevaba revolver al cinto, fundó en Barcelona una pequeña empresa editorial a la que llamó Planeta. Nueve años después, otro hombre joven llamado Jesús de Polanco, que se había pagado su carrera universitaria vendiendo libros a domicilio, fundaba en Madrid otra editorial a la que bautizó Santillana.

Este es el origen de las dos empresas que pujaron por la compra del periódico más importante de Colombia. Mucho se ha hablado al respecto en los mentideros políticos locales. Mucho se ha escrito sobre estos grupos en los medios, por obra y gracia de los más de trescientos millones de dólares que ambos estaban dispuestos a pagar para convertirse no en socios estratégicos (como se ha dicho aquí) sino en accionistas mayoritarios de El Tiempo (como muy bien lo expresa el comunicado de Planeta). Pero hay algo sorprendente de todo lo consignado en este último mes, y es que la información más relevante, la fundamental, sobre estos dos grupos, brilla por su ausencia casi absoluta.

Tirios y troyanos han hecho énfasis en que Prisa representaba las ventajas del excelente periodismo del diario El País, el poder radial de la cadena Ser o el televisivo de Canal Plus. O en que Planeta es dueña de los periódicos La Razón, Avui y el gratuito ADN, de la muy poderosa cadena radial Onda Cero y del aún más poderoso canal de televisión Antena 3. El hecho de que ambos imperios sean, en esencia, casas que publican libros, que construyeron sus gigantescos conglomerados en una España pobre y compungida de posguerra y dictadura, a punta de editar libros, parece ser un asunto menor para los medios en Colombia. O en todo caso, un asunto que se ignora. ¿Alfaguara? ¿Destino? ¿Ariel? ¿Taurus? ¿Seix? ¿Qué diablos será eso? ¿Inversiones menores? No. Estos nombres son cruciales en la historia política, económica e intelectual de la España del siglo XX, y son nombres de casas editoras de libros.

La omisión es muy reveladora: aquí en Colombia, en el imaginario colectivo, nadie cree que una empresa que hace libros pueda pertenecer al mapa del poder. ¿Saben los políticos que tanto se han interesado en el tema de la venta de El Tiempo lo que representó para el mundo económico, intelectual y político español, por ejemplo, que a una editorial como Seix Barral la comprara Planeta en los años ochenta? ¿O que compraran Emecé, la mítica editorial borgiana? El debate en torno a la adquisición de varias editoriales independientes (que publican fundamentalmente literatura) por parte de Planeta fue muy acalorado. Y si bien ese par de adquisiciones acabaron significando el ocaso de Emecé en el mercado español, de seguro garantizaron la continuidad de Seix y de su formidable catálogo literario. ¿Se ha dicho acaso que el imperio de Prisa comenzó con una editorial de destilado talante intelectual como Taurus, dedicada a publicar ensayos filosóficos, y que hoy por hoy es el baluarte intelectual de la izquierda española? No. Todos se han dedicado a resaltar los medios de comunicación masiva, la televisión, la radio, la prensa, excluyendo de su inventario de poder el corazón de los negocios de ambos imperios mediáticos: los libros.

Y en el corazón del corazón, nada menos que la literatura. No es por decir algo bonito: en 2006, la industria editorial española (de la que Prisa y Planeta poseen la absoluta mayoría del mercado) facturó, sin contar exportaciones, más de tres mil millones de euros. Y la mayor concentración de esa facturación, de ese comercio interior se concentró –¡oh, sorpresa!– en la literatura y los textos escolares. No solo la edición de libros es la primera industria cultural en español, sino que en este capítulo, España ocupa el cuarto puesto en el mundo. Tan clara es la omisión de la edición de libros en ese mapa colombiano del poder mediático-político, que si bien Francesc Solé lleva viviendo en Colombia más de una decena de años (y se dice que está tan enamorado de Colombia que quiere quedarse a vivir aquí toda la vida), sólo hasta hace un mes la cúpula del gremio mediático comenzó a preguntar por doquier quién era, y columnistas, políticos y periodistas se lanzaron bombardear al hombre fuerte de Planeta con invitaciones a cenar. Que sea la figura más importante del mundo editorial español en América Latina no parecía importar antes, como tampoco el que lleve años moviéndose en las más altas esferas del poder empresarial gracias a su cargo de Presidente de la Cámara de Comercio Hispano-Colombiana.

El hecho fundamental es que los libros –esos objetos alucinantes que contradicen la idea que tenemos de nosotros mismos– no estaban en el mapa. Ahora, el monolítico establishment nacional va a tener que incorporar los nombres de escritores y editores, de los libros y de las casas que los hacen a ese mapa simplón que se equivoca de cabo a rabo cuando se reduce a armar el rompecabezas con los consabidos nombres de Santos, Sanínes y Pastranas. Para armarlo con justicia, tendrán que dedicarse ahora a aprender de libros, editoriales, y de vida intelectual. Por ejemplo, leer sobre la brillante movida de Lara hacia la izquierda a comienzos de los ochenta.

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