Queriendo leer

¿A quién diablos le debemos la infamia de que se tenga que leer El cantar del mío Cid en bachillerato?

2010/09/11

Este es un caso: una mujer joven, de 28 años, felizmente casada, es madre de dos hijos preciosos, un niño de cinco y una de dos. Es de Montería, hija de un ama de casa y de un taxista (como Leticia, la futura Reina de España, es también nieta de taxista). Junto con su marido, deciden venir a vivir a Bogotá, en busca de mejores salarios. Él es albañil, gana más o menos bien, aunque su trabajo es inestable, y ella se dedica al servicio doméstico. Gana cuatro veces más de lo que ganaría en Montería, donde la mayoría de empleadas domésticas ganan alrededor de 40.000 pesos semanales. Estudió hasta quinto de primaria.

 

Tras cuatro años en Bogotá, decide que quiere graduarse de bachiller. Encuentra un instituto aprobado por el Ministerio de Educación (averigua, porque no tiene un pelo de tonta) y se matricula. Está feliz.

 

El primer libro que la ponen a leer es El cantar del mío Cid, el romance anónimo español escrito en la primera mitad del siglo XIV, hace casi 600 años. El cantar es la primera obra extensa escrita en lengua romance, un poema heroico de nada menos que 3.735 versos. Y fue escrito antes de la normativización ortográfica de mediados del XVI. Es decir, está en español antiguo, y las ediciones baratas que se consiguen a 5.000 pesos mantienen la ortografía original: “Oy los reyes d’España / sos parientes son, / a todos alcaça ondra / por el que en buena naçió”.

 

Por supuesto, no pasa un día antes de que un colega de curso le pase un resumen. Ella quiere hacer bien su tarea, pero el poema le resulta perfectamente ininteligible, como resulta incomprensible para a la mayoría de cristianos, sean nietos de reyes o taxistas. Lo intenta. Trata de leerlo en voz alta. Se concentra. Y sigue sin entender un solo verso. Se rinde, asustada por el inminente examen. Lee el resumen. Y esa es la primera idea que se lleva de lo que es un libro.

 

¿A quién diablos le debemos en Colombia la infamia de que se tenga que leer El cantar del mio Cid en segundo de bachillerato? ¿A quién diablos le debemos semejante idea de lo que debe ser el currículo escolar de literatura? ¿Quién fue el criminal?

Lo segundo que tiene que leer la joven mujer es un galimatías pseudofilosófico casi enternecedor, escrito por su profesor de filosofía. Está tan mal escrito que da una mezcla extraña de lástima y risa. Entreteje frases de Hegel y de Kant con un patético estilo “paulocohelesco”. Duele leerlo. Por supuesto, la joven mujer no entiende nada. Desafortunadamente, nadie entiende nada. Pero ella intenta, una y otra vez, leer con envidiable concentración, las seis páginas de fotocopias. Y al final, se rinde. No entiende.

 

A la joven mujer le han dicho toda su vida que los libros son conocimiento. Que si lee, será una persona mejor. Podrá conseguir un trabajo mejor. Será una persona educada. Tendrá acceso a una vida mejor. Y ahorra 20.000 pesos mensuales para que sus hijos puedan ir a la universidad.

 

Pero después de seis meses en el instituto, duda. No entiende la utilidad de leer. En su currículo no ha habido un solo libro del siglo XX. Ni un solo libro que aluda a su realidad. De hecho, apenas va por algunas églogas del Siglo de Oro. Sigue sin entender.

 

Ahora, tiene una teoría para explicarse por qué no entiende nada: no tiene en su casa internet. Entonces sueña con tener un computador para ella y sus hijos. Esa panacea. Esa mágica solución a todas sus afugias: ese extraordinario aparato que le dará todas las respuestas y a través del cual sí podrá estudiar, sí podrá entender.

 

Y en eso, la joven mujer coincide con lo que piensa buena parte de la élite dirigente nacional.

 

Porque en Colombia, la mayoría está convencida de que el principal problema de la educación es la brecha tecnológica. Que hay que llevar computadores hasta al último colegio del país. Y esa es la revolución que acabará con todos los problemas. Todavía se cree que Negroponte es Dios, y no son pocos los políticos que prometen computadores plásticos de manivela para todos los hogares de su región, como fórmula para educar.

 

Pero sobre los contenidos de esos largos y penosos años de enseñanza escolar no se dice nada. Simplemente, se asombran con las cifras de lectura en el país.

 

Qué bueno sería que en este nuevo Gobierno que tanto ha asombrado a sus detractores con excelentes nombramientos y una agenda política ambiciosa y tan profundamente esperanzadora, tuviera como agenda educativa concentrarse en los contenidos de la educación escolar. El pasado ministerio tuvo logros monumentales en adecuación de infraestructura. Y eso está bien. Para estudiar se necesitan paredes, pupitres, colegios dignos. Ahora, el reto son los contenidos. Contenidos para un país real, de carne y hueso. Contenidos para una joven mujer que llega de Montería, que quiere descifrar el misterio de la lectura. Para que deje de dudar.

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