Algunos de los desnudos de José Rodríguez Acevedo.

¡¡Sea Anatema!!

Colombia parece a veces inmóvil en ciertas prácticas y miradas sobre el arte, el erotismo, el cuerpo y la sexualidad. ¿Cuál ha sido el control religioso sobre el arte en el país?

2016/08/22

Por Gonzalo Castellanos

Algunas cosas:

Por aquellos días de los años cincuenta cuando Crisanto Luque, el Cardenal, hizo clausurar la exposición de desnudos del pintor José Rodríguez Acevedo en el Museo Nacional, le indicó al Ministerio de Educación que algunos cuadros no deberían ser ofrecidos a la mirada del público, pues lejos de educarlo incentivaban la degradación moral.

Para ese trance del siglo pasado, lo que dijera el Cardenal constituía en el escenario nacional un entendimiento, una sentencia mejor descrito, similar a la llamada infalibilidad del Papa. Prudente, su Excelencia no hablaba solitario, así que acudía a eruditos conceptos clericales, uno de los cuales para edificar la censura concluyó que el vulgo carecía de capacidad para apreciar la belleza total del cuerpo, para comprender las delicadezas del arte; de ahí que obras como esas llevarían a la mayoría a abandonarse a “impulsos instintivos”.

Cosas ciertas se reconocen en la prevención eclesiástica: desde tiempos coloniales y sin que se trate de una atmósfera indisputablemente superada, el arte y la educación fueron ocupados como franquicia de pocos. Las fórmulas del oscurantismo, ese cinturón de castidad impuesto al conocimiento mediante tácticas de miedo, no son relatos de historia. Al margen cabe sentar, esto sí con verdadera alegría, que perduran también los impulsos instintivos: en el vulgo, la cama, en el día y la noche o, cómo no, en los corredores sacerdotales.

Así es que el Cardenal lo vuelve a decir. No con tal explicitud teatral porque el lenguaje sí transmuta, pero con parecido ¡¡Sea anatema, sea anatema!! En particular si de textos apócrifos o de acciones gubernativas de expresión sexual incitadora se trata.

Asumiendo la vocería de la Conferencia Episcopal, el Cardenal de estos nuevos tiempos controvierte las que acusa de ser orientaciones del Ministerio de Educación en textos de convivencia para los colegios, tira de las orejas del Gobierno, a la vez que invita a los sacerdotes y “fieles” a marchar en todo el país contra el desacierto oficial.

El llamado es en realidad una arenga. Pero no una arenga cualquiera; ésta es, bien considerado, la prédica de un santo contemporáneo. Él, el Cardenal, impecable de pies a cabeza, resguardado en su investidura, las manos con esa calculada expresión profética. La prédica: aséptica, recubierta de crema pastelera donde abundan expresiones sobre tolerancia, diversidad o respeto.

Con la advertencia de que nadie puede agredir a otro, las espinas y las palabras afiladas como espadas se dejan oír en la escala necesaria.  El Cardenal moderno, sin exceso en el mito de Sodoma y Gomorra, diserta moral y académicamente; deja ver su particular comprensión igualmente actual sobre los derechos civiles (autorizados hasta la medida de la mano que él tiende)  y, más que nada, muestra que interpreta y que, si se lo propone, puede incidir en el particular momento político que vive el país hacia el plebiscito.

Y la cruzada florece. La comunidad decorosa marcha. Al día siguiente queda públicamente dicho y decidido que ningún texto autorizado por el Gobierno hubo ni habrá que pueda ofender al Cardenal, ni a la corporación que su solemnidad representa. Punto final…

Todo lo que podría ser sustancial del episodio se disipa en la bruma: la Ministra de Educación, con traspiés en la crisis, se resiente de esto por el insulto de algunos participantes en las marchas y en las redes sociales “hacia ella, como mujer y como colombiana”; no así en cuanto lo que verdaderamente acontece, es decir, como una  inadmisible intromisión de la iglesia católica en cuestiones administrativas, en temas de Estado relativos al sistema educativo en un país que se ha proclamado laico y en donde debería imperar una tajante frontera.

El pasado no parece haber pasado. La educación nacional prometida desde despachos públicos con voz entusiasta como la mejor de América Latina, debe decidir antes si sigue frecuentando el bautizo de cardenales y sacerdotes.

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