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Réquiem por un sueño

Nicolás Morales habla sobre la total amnesia cinematográfica en Colombia

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Yo sé que a absolutamente nadie le importa que Ascensor al cadalso, la cinta de belleza más malvada del siglo XX, según Cabrera Infante, no sea ya una referencia obligada cuando hablamos de cine de suspenso. También sé que hoy resulta absolutamente banal si nuestros jóvenes han dejado de ver If, perdiéndose una de las mejores oportunidades de la vida para aprender a ser rebelde de una forma interesante. Hoy resulta irrelevante la existencia de esa cosa (“un movimiento de cisnes”, decía Alberto Moravia) llamada Nueva Ola francesa, en medio de la que tipos como Truffaut supieron mostrarnos filmes con alto valor emocional pero con total frescura. O saber que Pasolini hizo algo más que los 120 días de Sodoma, que pasan y pasan en los cineclubes por puro morbo de taquilla a falta de cualquier filiación estética o política. O que el cine checo de los sesenta fue sublime. O que Visconti superó a Mann en Muerte en Venecia. O que, antes de morir, y si a uno de gusta el buen cine, hay que ver tres películas en la vida: Sin aliento, de Jean-Luc Godard, Blow Up, de Michelangelo Antonioni, y Rebelde sin causa, de Nicholas Ray.

En fin, yo no sé si a alguien le importa que cientos de miles de jóvenes en Colombia no vean el cine de antes y crean que la mejor película de todos los tiempos es Réquiem por un sueño. O que supongan que uno de los mejores directores es Spielberg, y no, claro, por su apenas decente Encuentros cercanos del tercer tipo.

Estamos expuestos hoy al castigo de la total amnesia cinematográfica, por la que apellidos como Ford, Vigo, Dreyer, Renoir, Murnau, Carné o De Sica no le dicen casi nada a casi todos, y menos a quienes hoy tienen menos de treinta años. La cultura cinematográfica en Colombia nunca antes había estado en un nivel tan bajo. ¿La razón? Nuestras cinematecas están convertidas en simples teatros de reestrenos. El país con toda la cartelera basura posible, infestado de películas maximalistas de grandes distribuidoras y los cineclubes convertidos en cuchitriles de exhibición seudointelectual.

Se acabó el cineclub que investiga, el ciclo que revisa y el cinéfilo que estudia. Murió la cinemateca inteligente, ésa que nos hacía ver que el spaghetti western era un género cargado de virtuosismo; la que nos contaba que el cine brasileño no se inventó con Ciudad de Dios; ésa que no sentía culpa al mostrar La noche de los muertos vivientes porque sabía que el filme de Romero es la mejor película zombie de todos los tiempos y que, a fin de cuentas, el cine de verdad hace a la gente reír y asustarse.

Los ciclos organizados por director, tema o país dejaron de ser un objetivo para nuestros gestores culturales. Por citar sólo dos ejemplos, el Museo de Arte Moderno o la Cinemateca Distrital, otrora lugares icónicos del buen cine, han pasado a ser el patio trasero de los distribuidores independientes. En estos sitios la comodidad de las sobras del cine comercial mató la posibilidad de arriesgar un minuto de proyector puesto en Bergman o en Saura. Apenas sobreviven algunos pequeños cineclubes universitarios (El grito o El atravesado, en la Universidad Nacional) confinados a espacios marginales y sin presupuesto durante los 355 días que no están ocupados por el milagro del Festival de Cine Francés, que nos hizo el favor de dejarnos ver a Jacques Tati.

Un país sin cineclubes es sencillamente un país invadido por una suerte de analfabetismo. La conservación de espacios de memoria no se justifica por un desmedido afán de preservación de las ruinas del séptimo arte. Por el contrario, su función consiste en alimentar y construir el presente. Sin esa exhibición paralela, nuestra lectura de las nuevas producciones del séptimo arte será incompleta, banal y acrítica. La prueba es la cada vez más alta valoración colectiva que han tenido películas como Soñar no cuesta nada, que, los dioses nos oigan, esperamos sea olvidada por la historia.

Sé que me dirán que para revivir la historia del cine ya llegaron el DVD y las nuevas tecnologías. No voy a enfrascarme en el valor de estas modalidades que sin duda alguna facilitan el acceso a la cinematografía del siglo XX, pues resulta obvio que un estudiante de la Pedagógica no dispone de ciento cincuenta dólares y una tarjeta de crédito para comprar en Amazon el cofre con la integral de Kurosawa. A menos, claro, que se decidan por buscar en San Andresito algún improbable DVD pirata de John Cassavettes. Pero, entonces, a estas alturas del partido, habría que reconocer, como lo estamos haciendo aquí, que el ritual del cineclub está totalmente muerto. Porque el cineclub tiene sentido en tanto que esa gran misa hipnótica, como decía Roland Barthes, sea colectiva.

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