RevistaArcadia.com

Saber pelear

"Un contundente recordatorio de que en el país no hay tradición de debate crítico"

2010/03/15

En los colegios y universidades de muchos países del mundo desarrollado (con Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Alemania a la cabeza), existen las llamadas “Debate Societies”. Son asociaciones que lideran los maestros de los colegios o los estudiantes mismos, cuyo único fin es enseñarles a los jóvenes a debatir ideas. En los colegios, los alumnos deben comenzar a participar en estas sociedades desde los doce años más o menos.

La cosa funciona así: en el debate se participa como grupo y no como individuo. Ese grupo escoge una o dos personas para representarlo en uno de los debates programados. Los tópicos de los debates son escogidos por ‘The chair’ (‘La silla’, o el maestro de ceremonias), y su elección se basa en sugerencias de los grupos. El tema es, en el fondo y de lejos, lo menos importante de todo el proceso. Por ejemplo, la frase que se va a a debatir puede ser: “Hay que prohibir los experimentos con animales”, o “No se deben pasar imágenes violentas en televisión”, o “Es necesario reestablecer la pena de muerte”, o “Los libros deberían ser gratuitos”. Ninguno de los dos grupos sabe, sino hasta 15 minutos antes de comenzar el debate público (que se hace desde una tarima, en un auditorio, en presencia de todos los alumnos), de qué lado les va a tocar: si tienen que defender la frase –ser proponentes– o atacarla –ser opositores.

Así, puede que a una joven ultracatólica, acérrima opositora del aborto por educación familiar y por fe, le toque defender la despenalización, o un joven libertario y rebelde se vea obligado a hacer un elogio enfebrecido de los valores tradicionales de la familia. O incluso pueden darse circunstancias más delicadas: que a un alumno cuyo padre acaba de morir por torpeza médica le toque defender el sistema de salud pública, o que a una niña cuya madre tiene enfisema pulmonar tenga que defender los derechos de los fumadores.

A lo que se enseña en realidad en estas asociaciones es a argumentar. Y como nadie sabe de qué lado le va a tocar, es perfectamente imposible personalizar el debate: nadie puede atacar a su contrincante de manera baja y personal. Se aprende a disentir, a desarrollar la argumentación lógica, se aprende oratoria, capacidad de persuasión, se aprende a pensar en ideas y no en personas, se aprende a criticar y a ser criticado, a defender un punto y a atacar otro, y como las reglas del debate son tan estrictas (tiempo de intervención, tipos de argumentación) y los sistemas de puntajes tan escrupulosos (frases de mal gusto restan puntos, lograr poner en evidencia con elegancia fallas de argumentación en el adversario suman puntos), se aprende también a respetar la normatividad de una institución.

Cuando en Colombia se escucha al presidente Álvaro Uribe, que encarna la instancia máxima de la institucionalidad del país, arremeter contra el senador Gustavo Petro, contra el investigador y columnista León Valencia, o contra el activista de derechos humanos Iván Cepeda, de una manera tan soez, personalista, chabacana y, sobre todo, infantil (“farsante” es un adjetivo de pelea barriobajera), nos encontramos frente a un contundente recordatorio de que en el país no hay tradición de debate crítico.

Y como bien sabemos, la abrumadora ausencia de esta tradición tiene en Colombia secuelas más que peligrosas.

Es tan grave la situación (tanta la mala educación de las clases educadas) que se supone una grave falta el simple hecho de disentir. El astuto (¡que se cree muy educado!) siempre dirá que está de acuerdo cara a cara y luego se irá a echar pestes en cuanto el otro no esté delante. Por eso, el estilo de Uribe es una novedad: ese insulto frentero que tanta gente confunde con valentía y que no es otra cosa que temeridad.

Pero es un insulto sin argumentos. Por eso, es una falacia pensar que las palabras de Uribe invitan al debate. Porque ni propone ni se opone. Solo ofende y ataca a personas.

Y lo mismo pasa en la mayoría de las instancias públicas y privadas de la vida colombiana, sin importar el estrato: nadie sabe disentir, porque a nadie se le ha enseñado a argumentar, y porque todos creen que manifestar un desacuerdo equivale a insultar.

No es cierto. Insultar es lo que hace el Presidente. Y es sumamente grave.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.