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Símbolos de símbolos

Antonio Caballero comenta los últimos fragmentos del muro de Berlín

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Están desapareciendo, comidos por las intemperies y la contaminación, arrasados por la especulación inmobiliaria, los últimos vestigios del Muro de Berlín. De los 120 kilómetros originales quedan apenas unos pocos muñones de hormigón y ladrillo desperdigados por la ciudad, y un fragmento de unos 1.300 metros de largo llamado East Side Gallery en bastante mal estado. Una asociación de artistas hace un llamado para su restauración. No creo que valga la pena hacerle caso.

En primer lugar, porque la restauración de restos arqueológicos es en el fondo un simple embeleco de nuevos ricos. Sería una tontería reconstruir el Partenón de Atenas o repintar los bisontes de la cueva de Altamira con el argumento de que el paso de los siglos los ha deteriorado. Lo natural es eso. Las obras de los hombres, por mucha que sea su ambición de eternidad, están destinadas a desaparecer, y está bien que así sea: que se vayan deshaciendo, a la vez corrompidas y embellecidas por el tiempo. “El tiempo también pinta”, le explicó una vez Goya al rey de España, negándose a refaccionar un cuadro.

En segundo lugar, porque cabe preguntarse seriamente si esos pedazos si esos pedazos de pared sin ningún mérito arquitectónico de verdad merecen ser salvados de la destrucción.

Es cierto, claro, que el Muro de Berlín tiene el valor histórico de que representa una época. Fue el símbolo de la Guerra Fría que durante decenios dividió a la ciudad, y a Alemania, y al mundo, en dos mitades enfrentadas ideológica, política y militarmente: del lado occidental capitalista se llamaba “Muro de la Vergüenza”, y del socialista oriental “Muro de Contención contra el Fascismo”. Pero de la barrera como tal no queda nada. Fue derribada a patadas, a mazazos, a golpes de pica y barretón, el 9 de noviembre de 1989, también como un símbolo del derrumbe del entonces llamado “Socialismo real”: la derribó la Historia. El trozo que aún subsiste y que ahora quieren conservar no solo no es representativo de la construcción primitiva sino que es casi su contradicción. Está cubierto de pinturas alegóricas e historiográficas sobre el Muro mismo realizadas después de su caída, y para celebrarla: representaciones del famoso beso de lengua del ruso Brejnev y el alemán Honnecker en Berlín Oriental, o de la casi suicida embestida del Muro por un carrito Trabant. Es, por decirlo así, un símbolo de un símbolo.

O incluso un antisímbolo, si se piensa que esas pinturas están en el costado Este, cuando lo característico del Muro histórico era que estaba pintarrajeado de colores por todo su lado Oeste. Por el Este era una larga pared lisa de cemento, desnuda y gris, austera y aburrida como el mismísimo socialismo burocrático al que pretendía aislar y defender de la contaminación consumista de Occidente: una contaminación ilustrada, justamente, por ese abigarramiento de garabatos y letreros y dibujos de todos los colores que cubría hasta el último centímetro cuadrado de la cara Oeste. Una cara que parecía haberse pintorreteado por sí sola, como si hubiera maquillado la mano invisible del mercado, hecha de las incontables manos de los turistas occidentales provistos de rotuladores y de lápices de labios, y que después, de manera igualmente espontánea (e igualmente simbólica), se había desmoronado también por sí sola, deshecha por la manos incontables de una nueva oleada de turistas venidos a arrancar como souvenirs los cascotes en que la oleada precedente había dejado sus graffiti de colores.

Todavía sobrevive, según entiendo, un fragmento del Muro pintado del lado Occidental, en la Koch Strasse. Pero ha sido tan dañado por el vandalismo depredador de los turistas ávidos de recuerdos que las autoridades han decidido circundarlo con una berrera de protección custodiada por la policía.

Es otro bonito símbolo: un muro protegido por otro muro para que no se lo roben los ladrones. Pero no sé cómo interpretarlo.

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