Sin secretos

Marta Ruíz hace un análisis del fenómeno Wikileaks y su impacto en el periodismo actual.

2010/09/21

Por Marta Ruíz

El nuevo héroe del periodismo se llama Julian Assange. Tiene 39 años, es australiano, nómada, y rebelde. Hace tres años fundó Wikileaks y hace pocas semanas hizo historia cuando filtró 90.000 documentos secretos de Afganistán. Con esta publicación hizo dos cosas en simultánea: destruyó el paradigma de los secretos de seguridad nacional, y sentó el precedente más importante de lo que será la relación de la prensa y la internet en el futuro.

Para empezar hay que dejar claro que Assange no es periodista. Es más bien un activista solitario que se ha sintonizado con uno de los temas más importantes para la democracia en tiempo de la globalización: la transparencia de la información. Hace tres años, cuando fundó un portal abierto especializado en filtraciones, su idea era que los grandes medios están cada vez más atados a intereses y ese es el verdadero obstáculo para que no ejerzan una mayor vigilancia sobre los abusos cometidos por los gobiernos. Especialmente en asuntos de guerra.

Hay un consenso básico en casi todos los países y es que las actividades militares y de defensa deben estar protegidas por el secreto. Pero una cosa es la confidencialidad y otra el encubrimiento. La propia Wikileaks se define a sí misma como “la primera agencia de inteligencia de la gente”. Y ese es el mensaje de Assange. Que los ciudadanos no tienen campos vedados en una democracia. Y que la guerra, justo por tratarse de matar y morir, requiere más y no menos controles.

Valga anotar que el Washington Post también ha hecho una impresionante investigación, que publicó hace pocos días en internet, llamada Top Secret America, en la que denuncia el absurdo crecimiento del sistema de seguridad y de inteligencia de Estados Unidos desde el 11 de septiembre, la falta de control y el derroche de recursos sin fines claros que eso está implicando.

Volviendo a Assange, aunque él no es un periodista, su trabajo si está marcándole un rumbo al futuro del periodismo. Especialmente a esa incierta relación entre la red y los periódicos. Por un lado, Wikileaks entendió cuál era la fortaleza de lo que llaman web 2.0, ese universo interactivo que ha revolucionado la comunicación humana en el último lustro: convertir en fuente de información al ciudadano que directamente la tiene. No al funcionario, al burócrata. Pero a diferencia de otros, no ha desdeñado el valor legitimador de los medios tradicionales, de la añeja pero bien dotada de prestigio gran prensa. En una nada estúpida decisión, le entregó de manera simultánea los documentos a The Guardian, Der Spiegel y New York Times. Obviamente los editores de estos medios se centraron en los hechos y no en los nombres de personas que podrían resultar afectadas en materia de seguridad por el informe, y omitieron datos que podrían darle una ventaja militar a los talibanes, por ejemplo. Algo que no hizo Wikileaks, porque su filosofía es publicar todo. De todos modos con este matrimonio casi perfecto entre un audaz medio de internet, independiente y desafiante, con medios serios, que gozan de credibilidad, se empieza a transitar un camino inédito y quizá prodigioso para ambos.

El caso de Wikileaks no es el único. Este año por primera vez un sitio de internet, Propublica, resultó ganador del Pulitzer por un informe sobre el Katrina publicado por el New York Times. Propublica es un proyecto de periodismo de investigación, auspiciado por una fundación, y que reúne a una treintena de curtidos y prestigiosos periodistas, cuyos trabajos son replicados por diversos medios tradicionales.

Definitivamente el periodismo de investigación se trasladó a la red y allí goza de buena salud en tiempos en los que la corrupción se ha convertido en la primera preocupación de la opinión pública. Y Colombia no es la excepción.

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