Tradiciones

La foto del Mono Jojoy y la tradición colombiana de no mostrar las cosas tal como son.

2010/10/13

Por Antonio Caballero

La revista Semana publica en portada la imagen del cadáver del Mono Jojoy, en un recuadro discreto. En las páginas interiores la reproduce en gran tamaño. Sólo que allí, sin duda para no herir las tiernas sensibilidades de nuestros niños y nuestras niñas, la cara hinchada por la putrefacción y los terribles ojos aplastados del muerto han sido púdicamente velados por esos cuadraditos de colores del photoshop que se llaman pixeles. Lo cual, me parece, es una tontería.

Porque la muerte del jefe guerrillero era la noticia del día, y la ilustración natural de esa noticia era la foto del cadáver, por macabra que fuera, o repugnante. La pixelización, más que ocultarla, realza la crudeza de la imagen.

La cual, por otra parte, pertenece a una larga tradición bien enraizada en este país: la exhibición pública de los cadáveres. No sé cuales serían a ese respecto las costumbres de los indígenas precolombinos, pero desde la llegada de los españoles aquí no se ha hecho otra cosa que exponer a la curiosidad o al horror del público los cuerpos de los muertos, muchas veces desmembrados para mayor efecto de admiración, o de escarmiento, o de advertencia. Cadáveres descuartizados de los caciques bravos del tiempo de la Conquista, o ahorcados de los mártires de la Independencia, o degollados y con la lengua afuera de las bárbaras guerras entre godos y cachiporros. O cadáveres ofrecidos a la reverencia de las gentes, tendidos en su ataúd destapado en la cámara ardiente instalada en el Capitolio Nacional, como los de Galán, Pizarro o Jaramillo, o en la sala de su casa como el de Jorge Eliécer Gaitán. Hace veinte años vimos a Pablo Escobar con la barriga abierta a tiros en un tejado de Medellín, y ya nos habían mostrado los fotógrafos los cadáveres tirados bocarriba del Mexicano Rodríguez Gacha y su hijo adolescente, acribillados desde un helicóptero. Esta imagen de ahora —atroz, es cierto— del Mono Jojoy grotescamente hinchado y amarrado como un bulto, envuelto en los jirones de su uniforme de camuflaje, tumbado en una camilla de metal llena de sangre sobre un piso de tablones, a los pies de un grupito de curiosos, es la culminación de esa tradición iconográfica. El más importante cuadro de Alejandro Obregón, y tal vez el más representativo de la pintura colombiana, es ese que se titula “La Violencia” y retrata el cadáver de una mujer preñada tendido en el campo.

La tradición no es sólo nuestra, por supuesto, ni únicamente de raigambre hispánica. Cubre todo el ámbito de Occidente, educado por una religión cuya imagen más venerada es la de un hombre supliciado en una cruz hasta la muerte. O —tal vez más apta para la sensibilidad de las niñas y los niños— la de su cadáver desnudo tendido en las rodillas de su madre.

Por eso lo que está fuera de lugar no es la fotografía terrible del guerrillero muerto, sino las pixeladitas, que me parecen ñoñas: simples amaneramientos de mojigatería. Pero entiendo que pertenecen a otra tradición ya bien establecida, aunque reciente (y, ella sí, “muy nuestra” en el peor de los sentidos): la de no mostrar las cosas tal como son, por considerarlas demasiado crudas. La de no llamarlas por su nombre, por considerarlo demasiado vulgar. Y eso va desde el remilgo cursi de decir “derriere” para hablar del culo o usar un rebuscado “colocar” en lugar de “poner”, hasta la negación monda y lironda de lo que vemos en torno: la violencia. Si hubiera pintado hoy su tremendo y famoso cuadro, probablemente Obregón hubiera tenido que tapar con un trapito pudibundo las pepettes y la cuquita de la mujer desnuda, y pixelarle con una manotada de colorcitos pastel el rostro tumefacto.

Para no escandalizar ni a nuestros niños, ni a nuestras niñas. Ni a nadie.

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