Tres misterios del mundo editorial

Santa Suerte, No hay silencio que no termine y En busca de Bolívar. Tres misterios enumerados por Nicolás Morales.

2010/10/13

Por Nicolás Morales

Los misterios rondan el mundo cultural: primero, por una extraña razón exhiben una película de Rodrigo García Barcha, el mejor director de cine colombiano de todos los tiempos (ya hizo tres, incluso mejores que la que está en cartelera, pero nunca fueron exhibidas en Colombia); segundo, siguen sin nombrar al director o directora del Instituto de las Artes del Distrito Capital (la lucha parece estar declarada entre las damas de la cultura distrital, incluyendo a la hija del caudillo falangista) y por último, he sabido que el recontramisterioso Festival de Cine de Bogotá presentó algunas películas turcas en el Mambo. Se trata, en todos los casos, de muy espesos enigmas dignos de concienzudo seguimiento pero, estimados lectores, hoy prefiero enumerar en esta columna otros, surgidos en el exótico mundo editorial del momento. Así pues, en su orden, son:

1. La desaparición de “Santa Suerte”.

Nuestro primer y más extraño misterio es, sin lugar a dudas, este. Cuenta la historia de uno de los libros más vendidos en la Feria Internacional del Libro, que sufre una extraña suerte: desaparece de los listados de ventas mínimos. En efecto, la última novela del archiconocido Jorge Franco no figuró en la lista de los libros más vendidos de El Tiempo durante la semana del 4 de septiembre. Tal lista es encabezada por Germán Castro Caicedo, con su intriga criolla y detectivesca, imitación Le Carré, siguiendo con Daniel Samper Ospina, Walter Riso, Paulo Coelho e, incluso, la señora Catherine Millet. Pero ni rastros del libraco de Franco. El asunto me intriga pues, como ustedes se habrán dado cuenta, siempre he mantenido una sospecha de que la lista de los más vendidos del periódico El Tiempo está, por decir lo menos, ligeramente trucada a favor de cierto grupo editorial ibérico. ¿Cómo es posible, entonces, que uno de los ases de feria de Planeta se hundiera dos semanas después del evento? Hurguemos en algunas hipótesis: I) el libro fracasó y el asunto sadomasoquista no conquistó a un público muy conservador que le es supuestamente devoto. II) El practicante de turno del periódico, al inventar la lista, olvidó el libro. III) Luchas en la editorial hundieron a Franco y pena su suerte. ¡Me gustan todas pero creo que es la segunda!

2. Las ventas de Íngrid.

Nunca sabremos a ciencia cierta la cifra de nuestro segundo misterio. Y Santillana no va a aflojar el dato por más que torturen a su gerente de circulación, Silvia Salamanca. Los reportes de libreros dicen que al libro no le va mal, pero es imposible saber el orden de ventas: ¿más de 10.000 ejemplares? Tal vez 20.000 ejemplares. Algo está claro con la lectura de las primeras doscientas páginas: el asuntillo parece estar bien escrito, lo que —perdónenme—, puede ser una bofetada a decenas de libritos de no ficción escritos por ex secuestrados en Colombia, o por los anónimos equipos de redacción de las editoriales que los producen a medida. Así que esta es una lección para los editores colombianos que olvidaron algunas de las premisas fundamentales de la edición de este género: primero, que lo importante no es la historia, sino la capacidad para reelaborar la experiencia. Segundo, que la no ficción que es valiosa es la que colinda poderosamente con lo literario y, tercero, que el autor o autora (en este caso Íngrid o su escritor oculto) deben ser bien pagados, si es que se tratara de no editar más basura y de dignificar el género. Por cierto, me gusta el debate de dos editores, Héctor Abad y Yolanda Reyes sobre la calidad del texto.

3. Norma, Bolívar y las librerías.

Operación chavista para la última obra de nuestro pensador William Ospina. En busca de Bolívar, su último libro, solo se distribuye en supermercados tras el veto que le impuso a las pequeñas librerías el grupo empresarial Norma. Decisión interesante frente a un libro de esta índole, sin el cual la librería de barrio, más intelectual y próxima a los refinamientos es castigada, y con el que el supermercado, masivo y popular, es premiado. Es decir que estamos ante una operación de corte chavista diseñada para la promoción de nuestro último Rómulo Gallegos. Es sabido que Editorial Norma, en ejercicio de unas extrañas políticas, no distribuye entre los libreros de barrio, pero nunca pensé que Ospina —estudioso de la “franja amarilla” (¿no vendrá ese amarillo a ser premonitorio de su decidido camino al “Éxito”?)— se inclinaría a favor del grupo Casino y de sus amarillos supermercados. Así que estamos ante una nueva tendencia: libros con exclusividad para ser vendidos, literalmente, como arroz. En todo caso, si me lo preguntan, lo que verdaderamente lamento tras todo este “ospinoso” tema es que Primero estaba el mar, la novela de Tomás González, publicada hace años por Norma, no se pueda comprar en medio de un buen café, en la librería Casa Tomada del barrio Palermo de Bogotá.

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