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Troppo vero

Antonio Caballero habla de la autenticidad de la aparencia

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Iba a escribir aquí sobre la foto de veinte jefes de Estado de la cuenca del Pacífico, encabezados por los de la China, Rusia y los Estados Unidos, vestidos con lo que el pie de foto de la agencia de noticias llama “túnicas tradicionales vietnamitas”: unos ropones brillantosos, azulitos, rosaditos, verdecitos, con adornitos doraditos. Todos parecían gordas y viejas bailarinas balinesas. Sólo se les notaba que eran jefes de Estado en el hecho de que estaban pisoteando unas flores. Iba a escribir, pues, sobre el disfraz: la falsedad de la apariencia. Pero luego me encontré con una –no: con otra– foto del Papa Benedicto XVI vestido de Papa, y decidí cambiar de tema: la autenticidad de la apariencia.

En eso se distingue Benedicto XVI de su predecesor Juan Pablo II. El cual, actor profesional como era, se disfrazaba de algo para cada ocasión: de charro mexicano con sombrerote tachonado de plata, de jefe sioux tocado de plumas de águila, de peregrino de Compostela con capota de conchas de vieiras blancas. Una vez, cuando vino a Bogotá para actuar en la película El niño y el Papa, se encasquetó un casco de plástico anaranjado con el logo de la empresa Postobón. Y sin embargo, incluso cuando andaba por casa de mitra y báculo, parecía un boxeador polaco disfrazado de Papa. Este de ahora no: Ratzinger va de Papa.

Todo empezó la tarde de su proclamación en la Plaza de San Pedro. La Curia, cuando hay Cónclave para elegir nuevo Pontífice, siempre manda coser sotanas blancas de varias tallas –small, extralarge, etc.– para curarse en salud ante los caprichos imprevisibles del Espíritu Santo. Pero por lo visto el cardenal triunfante no se ajustaba exactamente a ninguna, y su primera aparición pública como Vicario de Cristo tuvo que hacerla revestido de una bata que le quedaba sobradamente holgada de espaldilla y en cambio en las canillas demasiado corta. Las medias, un horror. Un par de días más tarde se supo por el Osservatore Romano que el sastre pontificio, vástago ilustre de una vieja familia sartorial dedicada a vestir Papas desde el siglo XVII, había sido despedido ipso facto.

Poco después anunció la prensa que Benedicto XVI había encargado que en adelante le hicieran a la medida en la famosa casa de Modas Prada las modestas sandalias de pescador que usan los sucesores de San Pedro: de cuero virgen de cabritilla nonata teñido del rojo sangre que segrega la púrpura, molusco gasterópodo del género mulex, suaves y flexibles como un guante, con hebilla de plata y pedrería. Por esos mismos días se estrenó una película titulada El diablo viste de Prada. Pero nadie asoció las dos cosas.

Y nada detuvo ya el furor guardarrópico del sumo Pontífice. Entró a saco en las pinacotecas vaticanas para vestirse de Papa no ya chez Prada, sino chez Rafael, chez Tiziano, chez Parmigianino. Qué ramajes de oro bordando las sobrepellices escarlatas con ribetes de marta cibellina, qué camauros, esas caperuzas rematadas con orejas de armiño que usaban los Papas renacentistas para posar en los retratos, qué tiaras de tres pisos de Papa cismático, qué bonetes colorados de ala ancha y flexible como las que se ponían los Papas guerreros del Medioevo para excomulgar emperadores. Y el anillo: ese anillo de oro, también llamado “del Pescador”, que en la mano de su Santidad cubre una falange entera y media falangina del dedo anular, y se expande como una manopla de gladiador sobre el meñique y el dedo del corazón. Y, apenas cubiertas por la manga de paño de lino egipcio tejido en telar manual por las monjitas, los dobles puños de encaje de seda abrochados con mancornas de marfil y diamantes.

Un Papa es, desde luego, un Papa. Pero da la impresión de que Benedicto XVI Ratzinger exagera. Como comentó hace cuatrocientos años su antecesor Inocencio X Pamfili cuando vio terminado el retrato que le hizo Velásquez.

Troppo vero.

Demasiado verdadero.

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