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Un espejo para Daniel

Marta Ruiz reflexiona sobre la revolución de Nicaragüa y además resalta que la víctima más reciente del abuso de poder de Ortega ha sido el venerable poeta Ernesto Cardenal, de 83 años.

2010/06/30

Por Marta Ruiz

Hago parte de una generación cuya juventud estuvo profundamente marcada por la revolución nicaragüense. Las imágenes de la insurrección de 1979 están frescas en mi memoria, y todavía puedo tararear algunas de las canciones de Carlos Mejía Godoy —Quincho Barrilete, por ejemplo— o recordar de memoria versos de Ernesto Cardenal —al dejarme tú a mí, los dos perdemos… etc—. Nos emocionaba ver a un pueblo que se levantaba para ponerle fin a la obscena dictadura de Anastasio Somoza y a un puñado de treintañeros que, con Daniel Ortega a la cabeza, se echaban en hombros la tarea de inventarse de nuevo un país.

Los sandinistas eran una promesa para la izquierda de América Latina. Lejos de la ortodoxia soviética, buscaban construir un modelo socialista que no negara la democracia y, alejados de la doctrina leninista del partido único, habían incluido dentro de su frente político a movimientos sociales antes mirados con sospecha por las izquierdas, como el feminista y todas las iglesias. El gobierno estaba rodeado de los intelectuales y artistas, lo que auguraba no solo cambios en el Estado, sino en la vida cultural. El escritor Sergio Ramírez fungía nada más y nada menos que como vicepresidente, el poeta Ernesto Cardenal era el ministro de Cultura y había una incipiente vanguardia de artistas militantes que encabezaba, entre otros, Gioconda Belli.

La agresión inmisericorde de Estados Unidos convirtió el sueño en pesadilla. Una guerra prolongada y costosa de contras y recontras, dejó 50.000 muertos y el país en ruinas. La debacle no se hizo esperar. En 1990 los sandinistas perdieron las elecciones, y la inconclusa revolución se vino al traste.

A la devastación producida por la guerra y por los huracanes se sumó el desencanto y el asco que produjeron los últimos meses de gobierno revolucionario. Ortega y un puñado de burócratas se enfrascaron en lo que tristemente se ha conocido como “la piñata”. Del ahogado el sombrero, supongo que fue lo que pensaron, y en cuestión de meses escrituraron bajo sus nombres los mejores bienes y propiedades de la derrocada oligarquía, y que habían pasado a manos del Estado. No solo habían perdido el poder sino toda su autoridad moral. En diez años, no se había logrado construir ni un proyecto político, ni ético.

Poco después, Nicaragüa, volvió a ser saqueada por otro presidente, Arnoldo Alemán, quien fue condenado a veinte años por fraude al Estado y lavado de activos. Hasta que vino Ortega y lo salvó de su larga jornada en prisión, a cambio del apoyo que lo llevaría de nuevo a la presidencia. Para ganar las elecciones, Ortega se alió hasta con el diablo. Y su segundo mandato más que continuar con la revolución, parece estar hecho para prolongar “la piñata”.

La folclórica imagen de toda la familia presidencial viajando a las giras oficiales —esposa, hijos, hijas, yernos y nueras— como si fuera un paseo dominguero, deja de divertir cuando se publican las exorbitantes cuentas de hoteles, y bebidas que acompañan el festín. Ortega se ha empeñado también en una encarnizada persecución contra las feministas de su país que han apoyado a su hijastra Zoilamérica Narváez, quien lo acusa de abuso sexual. Su obsesivo antifeminismo lo llevó incluso a promover de nuevo la penalización del aborto, que había sido despenalizado durante la revolución que el mismo encabezó.

La víctima más reciente de su abuso de poder ha sido el venerable poeta Ernesto Cardenal, de 83 años, sobre quien se ha blandido la espada vengativa de Ortega, quien ha usado un oscuro recurso jurídico para hacerlo enjuiciar por un viejo pleito inmobiliario. La persecución contra Cardenal —que es un acérrimo crítico de Ortega— ha sido repudiada por intelectuales del mundo entero. Incluido José Saramago, quien dijo que el poeta “ha sido víctima de la mala conciencia de un Daniel Ortega indigno de su propio pasado”… Y remata con una frase lapidaria, cuando le pide al otrora líder sandinista que “se mire en un espejo y me diga qué es lo que encontrará en él”. Sin duda no verá otra cosa que el rostro de la decadencia.

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