Un hombre con huevos

Marta Ruiz reflexiona en su columna de este mes sobre el destino y el fracaso.

2010/06/29

Por Marta Ruiz

Alguna vez leí un ensayo de Gabriel García Márquez en el que reconocía que descubrir los propios talentos a una edad temprana es un privilegio que pocos tienen. Efectivamente creo que uno pasa mitad de la juventud intentando probarse como artista, en algún deporte, o en experimentos que dejamos a medio camino. Especialmente si vemos asomar la sombra del fracaso o la mediocridad. Claro que en eso consiste la vida: en probar y perder, y volver a intentarlo. De paso uno se divierte y, con suerte, hasta cultiva algo de sabiduría. Pero ese lento aprendizaje impacienta y es injusto. Porque cuando se llega a la cumbre del autoconocimiento, acusa uno ya el cansancio del viaje. Por eso siempre me ha encantado la idea de Jorge Luis Borges en su cuento Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, donde un gaucho, mezcla de forajido y héroe, ascendido a sargento rural al final de su vida, se encuentra una noche frente a su verdadero yo. En un combate, frente a su enemigo el malevo Martín Fierro, a Cruz se le resume toda su vida. Entonces simplemente cambia de bando y se pone a luchar contra sus propias tropas, al lado del perseguido. “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”, dice Borges. Una especie de iluminación que algunos esperamos toda la vida, para ahorrarnos quizá una cuantas derrotas.

Esa suerte de revelación del destino le llegó en la tarde del 13 de junio al joven novillero Cristian Hernández, viendo de frente la cara furiosa de un novillo de 300 kilos, banderillado y venido a menos. Cristian corrió como nunca, saltó el burladero y se negó a volver al ruedo. Dos años atrás, era otro. En una entrevista publicada en una revista taurina de México, la joven promesa del toreo había dicho que su sueño era ser un gran matador. Y que le tenía miedo al fracaso. No al toro. Pero al parecer las dudas lo habían ido invadiendo. Tres años atrás, con más de 45 corridas a cuestas, lo embistió un animal que casi lo deja sin pierna. En abril también había sido revolcado por un toro. La fe en su talento empezaba a resquebrajarse. Esa tarde, antes de correr, ya lo chiflaban. Se dio cuenta de que no la tenía fácil. En plena lidia, tras un pase temeroso, le vio la cara a la muerte. En una entrevista que le dio al El País de España, cuenta que alguien le gritó desde la tribuna: “¡Retírate, pendejo!”. Y Cristian corrió con un impulso tal, que su salto sobre las tablas habría hecho ver la muleta como una garrocha. El toro ni siquiera lo perseguía. El hombre supo en ese instante que lo suyo no era el toreo. Tuvo un repentino pero prolongado instinto de apego a la vida. En el callejón, los empresarios lo empujaban a regresar al ruedo y terminar la faena. Pero él, en cambio, se limitó a decir “no tengo huevos” y, ante el público atónito, se cortó la coleta. Pero huevos es lo que tiene. Corría para huir del animal, mientras cogía por los cuernos su miedo más atroz: el de fracasar. El saldo de la jornada parece haber sido el descubrimiento de los talentos que le fueron negados. No habrá descubierto, como Tadeo Isidoro Cruz, para siempre quién es, sino quién definitivamente no es.

Y eso a los 22 años es mucho más de lo que otros hemos logrado en toda una vida.

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