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Un tema ospinoso

2010/06/29

Por Nícolas Morales

William Ospina se lleva el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Después de Ángela Becerra con el Premio Planeta y Evelio Rosero con el merecido de The Independent, parecería que Colombia es pasión. Que buena temporada para los escritores de la tierra. Una temporada de la cual habrá que ver lo que queda en el horizonte. Como dijo alguna vez Lezama Lima, “en ocasiones las victorias son muchas veces sus propias derrotas”.

Hablando del Rómulo, dejemos atrás, por ahora, la polémica generada por el retiro de los autores venezolanos, las acusaciones de favoritismos chavistas y el ligero descenso de la reputación de este premio latinoamericano. Podrían ser solo habladurías de la sarcástica y dolida oposición cultural venezolana. El portal latercera.com comenta: “Julián Marías advertía que el premio se estaba politizando (…) pero el premio finalmente recayó en un libro prácticamente sin detractores”. Sin embargo, la expresión “prácticamente sin detractores”, a diferencia de, digamos, “escogida de manera unánime” o, “premiada en medio de intensos debates”, ¿no significará, en términos literarios, que Ospina ganó por la apática indiferencia del jurado, más que por su virtud?

Durante mucho tiempo hemos leído a William Ospina. Comenzamos con las entregas por fascículos de sus artículos en la revista Número, de la cual él es socio fundador; proseguimos con su popular ¿Donde está la Franja amarilla?, que nos fue impuesta en algunos currículos de materias que repasaban la siempre esperada buena colombianidad; seguimos con su extenso papel semanal en Cromos; vinieron las novelas de conquistadores y la impresionante euforia nacional de nuestras madres, tías y primos y, por último, terminamos hojeando, de nuevo, sus extensos artículos en el potenciado El Espectador del domingo. Nuestra juventud y madurez, entonces, se han encontrado, una y muchas veces, ante los contornos literarios del poeta de Padua (Tolima). Este omnipresente pensador, a quien, de entrada, no debemos negarle sus virtudes de otros tiempos, al menos en el campo de la poesía, ha resultado invicto en innumerables listados de ventas de las librerías de nuestros centros comerciales favoritos, desde donde hemos presenciado, atónitos e inermes, la lenta consagración del menos mágico juglar que tiene el país. Una reseña que se hizo de Ursúa en Arcadia comenzó a darnos señales de esperanza y a sentar las bases de un miniclub de escépticos frente a la propuesta de Ospina. Una de estas reseñas, firmada por el editor Hernán Darío Correa, hacía un recorrido breve pero juicioso en el que se ponían en evidencia los errores históricos, las manipulaciones y los manierismos que proliferan en el libro, tras lo que concluía: “Nos tememos que tanta pretensión solo ha quedado en una novedad que resucita aquel cisne cuyo cuello torció García Márquez hace años en esta confundida sociedad, tan cerca de las estrellas”. Poco antes habíamos asistido a la polémica con Alejandro Gaviria que, a propósito de Los nuevos centros de la esfera, criticó valientemente, en la revista El Malpensante, la bucólica y naif visión del mundo de Ospina que, por cierto, transcurridos los años no ha variado ni un ápice.

Y es que, en cierto sentido, empieza a resultar preocupante ver que la increíble movilidad de Ospina en el terreno metacultural de nuestro país habla menos de su intensa actividad y más de su creciente poder. Un poder que le permite a nuestro autor ser a la vez gestor, político, historiador y creativo de una u otra iniciativa: ¿en qué sentido, el premio, más que ser adjudicado a un escritor, terminó entregándosele a una figura mediática de cierta afinidad política con sectores próximos a la izquierda burocrática? Sea el momento de comentar la acusación contra William Ospina, de querer presumiblemente, según nos cuenta Olga Lucía Lozano en el blog lasillavacia.com, gastarse treinta mil millones de pesos en unos globos que volarían sobre Bogotá cargados de personas disfrazadas de próceres, pagados por la Alcaldía en el marco de las celebraciones del bicentenario de la Independencia. Si nuestro autor-gestor quisiera realmente hacer un homenaje al legado bolivariano, ¿no tenemos en frente a Ciudad Bolívar una zona a la que le caería más que bien algo de esos presupuestos?

Quizás en próximas ediciones del premio, este regrese a manos de alguien dedicado a escribir —este año, por ejemplo, al finalista Roberto Burgos Cantor— y no a un novelista demagógico y, con no pocos detractores, que cada vez está más ocupado en seguir echando, a diestra y siniestra, globos de mil colores.

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