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Una casa para el señor Naipaul

Margarita Valencia le dedica su columna al premio Nobel de literatura, V.S. Naipaul

2010/07/28

Por Margarita Valencia

El aniquilamiento de la población indígena de las Antillas a partir de 1493, después del segundo viaje de Cristóbal Colón a Haití, es la razón por la cual la Trinidad de comienzos del siglo XX estaba poblada exclusivamente por inmigrantes: negros africanos, blancos provenientes de Inglaterra y de otros países de Europa, mulatos, chinos e indios: en 1932 (año de nacimiento de V. S. Naipaul), de los aproximadamente 400.000 habitantes de la isla, cerca de 150.000 eran indios, hindúes y musulmanes, de origen campesino casi todos. Muchos habían sido contratados, como el abuelo de Naipaul, para trabajar en los ingenios azucareros y se habían quedado a hacer la vida en la isla.

Naipaul menciona el asunto muy al pasar en An Area of Darkness [Una zona de oscuridad], 1964: Trinidad, apenas un punto en el mapa del Nuevo Mundo, prácticamente estaba despoblada en 1800, dice. Pero en La pérdida de El Dorado —y más tarde, en su discurso de aceptación del Nobel— se detiene en el tema. En el prólogo habla de sus descubrimientos en el Museo Británico: su pueblo natal, Chaguanas, debe su nombre a sus pobladores originales, los indios chaguanes. A comienzos del siglo XVII los chaguanes ayudaron a Walter Raleigh en su invasión de la Guayana en busca de la ciudad de Manoa, y fueron castigados por el gobernador de Trinidad con la anuencia del rey de España. No se sabe qué hizo el gobernador, “pero muy poco después, nadie sabía que había habido una vez un pueblo llamado chaguanes. Su existencia, hasta donde sé, solo quedó registrada en este documento. [...] Una zona oscura del Nuevo Mundo es tocada momentáneamente por la historia; la oscuridad reina de nuevo; los chaguanes desaparecen en silencio. La desaparición no es importante; no forma parte de la historia de nadie”.

Forma sin duda parte de la historia de Naipaul, una historia compuesta, en su niñez, por un mundo exterior (Trinidad) carente de pasado y por ende de sustancia y un mundo interior (el de su hogar indio) que se está desvaneciendo ante sus ojos; una historia que él considera imperativo reconstruir para poder ser: “Yo soy la suma de mis libros”.

En 1966, Bruce Chatwin, que acababa de cumplir 26 años y sin embargo ya tenía a su haber una exitosa carrera en Sotheby’s, se levantó ciego una mañana. “A lo largo del día, —cuenta con divertido dramatismo—, recuperé la visión del ojo izquierdo pero el derecho siguió torpe, nublado. El especialista que me examinó dijo que no había nada malo en los ojos y diagnosticó la naturaleza del problema: ‘Ha estado mirando cuadros muy de cerca. ¿Por qué no los cambia por horizontes más amplios?’”. El resultado fue En Patagonia, uno de los libros emblemáticos de la literatura de viajes en el siglo XX, una narración luminosa y salpicada de historias divertidas.

El viaje cura la ceguera de Chatwin pero provoca la ceguera del abuelo de Naipaul, que deja de ver en el momento en que abandona su pueblo natal. Esa oscuridad que rodea a su familia desde entonces es la que el escritor trinitario quiere vencer cuando emprende su primera expedición a la India, en 1962. Desde esa perspectiva, su empresa es un fracaso —descubre que el único mundo donde él hubiese podido echar raíces ya no existe— y por eso An Area of Darkness es un libro doloroso, brutal: “A lo largo del año no aprendí resignación. Aprendí mi inconexión de India, y me conformé con ser colonial, sin un pasado, sin ancestros”.

Sin embargo, la aventura del descubrimiento resulta esencial para la formación del escritor, que aprende a reconocer su mundo como un lugar inseguro, donde la simulación reemplaza la tradición brutalmente obliterada, donde no todos los hombres son hermanos, donde los actos han sido sustituidos por símbolos. Pero no se trata de un reconocimiento pasmado: las palabras de Naipaul se afilan, como cuchillos constantemente empeñados en dejar al descubierto lo que hubiésemos preferido ignorar, y se despojan de cualquier ofrecimiento de consuelo; aprenden a aborrecer lo sentimental, lo políticamente correcto, lo edulcorado.

A cambio, Naipaul desciende desde las alturas de las bellas letras hasta el barro donde la mayoría de nosotros trata de construir una vida con sentido. No nos ofrece solidaridad pero sí compañía, y la rabia, la impotencia, la mezquindad y el anhelo de algo mejor que ve en los demás hombres como en sí mismo. Su manera de mirar, perfectamente capaz de discernir la belleza pero renuente a detenerse en su contemplación, es la de quien se ha dado a sí mismo el derecho a reclamar su propio pedazo de tierra, y al hacerlo nos lo ha dado a todos los demás.

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