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Una crónica memorable

En su columna de este mes, Martha Ruíz habla de Seis meses con el salario mínimo, una crónica memorable de Andrés Felipe Solano

2010/03/15

Por Martha Ruíz

La verdad y la belleza son dos valores que pocas veces van juntos en nuestro periodismo. Por obra de alguna distorsión inexplicable los reportajes puros y duros están atados a un molde de escritura que no causa curiosidad ni sorpresa, y las crónicas con ambiciones literarias con frecuencia son más rimbombantes que veraces. En noviembre pasado se publicó en la revista SoHo una crónica memorable porque reúne, como he visto pocas veces, ambas cualidades: seis meses con el salario mínimo, una extensa historia escrita por Andrés Felipe Solano, y editada con evidente rigor por el peruano Julio Villanueva Chang. Se trata de un experimento de periodismo de inmersión, donde el periodista cambia de vida por un tiempo y se pone en el lugar de otra persona, en este caso un bodeguero de una fábrica de ropa, que vive en un barrio marginal de la comuna nororiental de Medellín. A diferencia de Cabeza de Turco, el famoso reportaje de Günter Wallraff, la crónica de SoHo no tiene ambiciones políticas. Wallraff se hizo pasar por turco durante tres años para denunciar la xenofobia de la sociedad alemana. ¡Y vaya si lo logró! Su trabajo ha dado lugar a demandas, acusaciones y, en últimas, se ha convertido en un verdadero ícono de los medios. Pero este no es el caso. La crónica de SoHo es poco pretenciosa, y como tal, un ejercicio honesto de observación y convivencia cuyo producto final es una especie de mural narrativo sobre la vida de millones de personas que viven en lo barrios periféricos, tienen trabajos anodinos, pasan trabajos cada día, y aún así, se gozan la vida.

El audaz experimento de la revista –no exento de controversia ética– le ha dado otra ruta a las crónicas de “suplantación” que eran puro entretenimiento. Ver a un alto ejecutivo vendiendo alitas de pollo por la séptima, a un reconocido periodista cobrando peajes en las afueras de Bogotá, o a un empresario haciendo de madre comunitaria en el sur de la ciudad, pueden ser juegos de roles chistosos, pero con más impostura que acercamiento a la realidad, y carentes de toda elaboración. Es más, con frecuencia suelen ser historias que refuerzan estereotipos y prejuicios sociales.

La crónica de Solano, que pudo terminar en un pintoresco retrato sobre las penurias de un escritor con pinta de existencialista, posando de proletario, terminó siendo una pieza de comprensión y humanidad con los otros. De comprensión porque la pregunta que se hace de principio a fin es quizá la más universal y pertinente de los tiempos modernos. ¿Cómo logra la gente ser feliz a pesar de no tener dinero? Y logra darnos respuestas.

Solano logra pequeñas escenas que retratan a una Medellín que no se sabe bien si está en la posguerra, en una tregua o preparándose para una nueva ola de violencia. El clima que se siente a lo largo de las páginas es el de la contención. Un aire enrarecido que no alcanza a ser denso, pero tampoco liviano, y que se refleja en personajes del barrio como ‘el Tigrillo’, un hombre que todas las mañanas impone orden, en tono marcial, en la fila de quienes van a tomar el colectivo para el centro de la ciudad.

La humanidad que impregna todo el relato nos recuerda además que en un país tan convulsionado como este, una mirada a la vida cotidiana puede ser reveladora. Que las claves de nuestro pasado –y quizá del futuro– están en las historias de gente sencilla, a la que aparentemente la historia les ha pasado de largo. Como el hombre que décadas atrás era el terror del barrio Santa Inés, donde vivió Solano: “Está en una silla de metal, mirando cómo un perro callejero roe un hueso todavía sangriento que robó de la carnicería a donde vamos. Era don Roberto Correa. Me hablaba de él como del diablo y uno esperaba voltear y ver a un tipo ceñudo y de ojos rojos, tal vez con un revólver al cinto, listo para matarte con una sola mirada. Pero allí solo estaba un viejo, sin nada qué hacer...”.

Pero quizá lo más importante del relato, y lo que demuestra que este tipo de periodismo es una apuesta necesaria en el país, es que a lo largo de sus páginas, el lector siente cómo el cronista se transforma en ese anónimo y olvidado hombre de la calle. El ciudadano, al fin y al cabo, cuya historia personal está llena de pequeños heroísmos.

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