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Una foto de arte

Antonio Caballero afirma que todo lo que hacen los hombres es cultura, incluyendo el toreo.

2010/07/30

Por Antonio Caballero

Los antitaurinos, que han existido desde que existen los juegos de los hombres con los toros —o sea, desde hace milenios— últimamente han dado en expresar su mal humor entonando a la puerta de las plazas uno de esos dísticos rimados que se usan para subrayar tonterías: “¡La tortura! / ¡No es cultura!”. Tontería, digo, porque cultura es todo lo que hacen los hombres, incluyendo, por supuesto, la tortura. No hablemos ya de lo de matar animales, como se hace con los toros en las corridas: toda la historia de la cultura —o sea, de la actividad humana— ha reposado sobre la matanza de animales: los hombres son carnívoros.

Molestos con las críticas de los antitaurinos, los aficionados a los toros han dado por su parte en la tontería igual de pretender refutarlas alegando que los toros sí son cultura. Tontería, insisto, puesto que todo lo es, a sabiendas o sin saberlo, como era prosa la prosa involuntaria en que hablaba el personaje de Molière. No tienen ese objeto. El objeto de los toros, al margen de cumplir a su pesar o de buen grado todos los contenidos culturales que tienen (rito, celebración, etc.) es la creación de arte. De un arte específico, que es el arte del toreo.

A este respecto, suelen cometer los aficionados otra tontería cuando se esfuerzan en demostrarles a los antitaurinos que el toreo es un arte alegando como prueba el ejemplo de otros artistas, cultivadores de otras artes, que han sido aficionados a los toros: el pintor Pablo Picasso y el poeta Federico García Lorca son los casos más socorridos. Tontería, repito: un arte no lo es porque lo ensalcen los practicantes de otro, sino por sí mismo. El ballet, pongamos, no es un arte porque Degas haya pintado o modelado en cera y greda bailarinitas de ballet, sino porque es un arte en sí, en sus propios términos. Con el toreo pasa lo mismo. Se defiende solo. Por sus propios medios. Con su propio lenguaje, que es el único en el cual puede expresarse. Del mismo modo que la música no se expresa por medio de la literatura, ni la literatura por medio de la música, el toreo no se expresa mediante palabras, ni notas, ni pinceladas en un lienzo; sino que solo lo hace, tautológicamente, mediante el toreo.

No siempre sale, claro. Es más: sale muy pocas veces. Como no siempre sale el arte en el ejercicio de otras artes, la pintura o la danza o la arquitectura. Se hace tan mal toreo como mala poesía o mala escultura. Y el buen toreo, el arte del toreo, que consiste en el acople entre los dos elementos que lo componen, que son el toro y el torero, se ve muy pocas veces: es tan raro como ciertas conjunciones estelares celebradas por los astrólogos y los astrónomos: se necesita que tal planeta esté a tal hora en tal punto del cielo, enfrentado a tal otro, a tal distancia exacta y en tal posición y a un ángulo de tantos grados con respecto al plano de la eclíptica; y que por añadidura el astrónomo esté mirando. No ocurre muy a menudo.

La otra tarde estábamos ahí mirando los astrónomos y los astrólogos, quiero decir, los aficionados a los toros, cuando José María Manzanares nos hizo ver el arte del toreo en el más alto grado de dos de sus manifestaciones: la belleza y la hondura. (Tiene también otras muchas, como es el caso con todas las artes: no cabe mencionarlas todas aquí). Sucedió el domingo 8 de febrero en la Santamaría, la plaza de toros de Bogotá. De ese acontecimiento pueden hacerse una idea ustedes por el documento gráfico que ilustra este artículo, y que muestra a Manzanares en el momento de recibir en la suavidad líquida de su capote de brega la acometida del toro, ya transformada en embestida por obra y gracia del temple de sus muñecas. Digo mal: de todo su cuerpo. Desde los calcañares de los pies clavados en la arena hasta las yemas de los dedos de las manos que manejan la tela. Pues el arte del toreo, como todas las artes, se hace con todo el cuerpo, alma incluida.

No están viendo ustedes arte, no quiero decir eso. Esta no es una fotografía artística, sino la fotografía de una obra de arte: su registro instantáneo. Como una foto, digamos, de La Pietá de Miguel Ángel no es La Pietá, ni una foto de la explosión de una galaxia es la explosión. Simplemente la registra, y se limita a sugerirla. Y tampoco me voy a poner aquí en la improba tarea de intentar reproducir el toreo de Manzanares escribiendo palabras. El dibujo de una rosa no es la rosa, y menos aún lo es la descripción del dibujo de una rosa. “Una rosa es una rosa es una rosa”, advirtió Gertrude Stein. Si lo que quieren es ver arte, les propongo más bien que vayan a ver torear a José María Manzanares. El arte del toreo, que es el suyo, le sale a cada rato.

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