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Veinte años

La vigésima Feria Internacional del Libro de Bogotá no se limitó a los consabidos lanzamientos, ni a los protagonistas, sino que eligió tres ejes temáticos para pensar el mercado del libro

2010/03/15

Acaba de terminar la vigésima Feria Internacional del Libro de Bogotá. Durante diez días los bogotanos asistieron de manera masiva a un evento que había perdido lustre en sus versiones anteriores. ¿Qué cambió en esta feria? ¿Por qué se puede decir sin ambages que este año fue un éxito incuestionable?
Lo primero que habría que decir es que desde el comienzo la organización hizo un trabajo de comunicación que no se veía hace muchos años. Tanto en lo que se refiere a pauta para convocar directamente al público (sobre todo en la radio) como en el trabajo de la jefatura de prensa con los medios de comunicación. Esa información que llegó constante y oportuna les dio tiempo a los periodistas para preparar entrevistas, crónicas noticiosas y anunciar los eventos con la debida antelación. Y dio resultados: entraron 373.710 personas, una cifra que supera en más de 100.000 a los 257.616 visitantes del año pasado.

El segundo acierto fue la idea de invitar a un país que se tomó en serio la invitación. Chile dio prueba de que cuando la voluntad política se suma a la cultura, pueden conjugarse una buena cantidad y calidad de invitados, para que la gente se acerque a ellos así no los conozca. Desde la misma inauguración que presidió Michelle Bachelet hasta invitados de la talla del gran poeta Gonzalo Rojas y nombres conocidos como Alberto Fuguet o sorpresas como Carla Gelfenstein permitieron que los visitantes e interesados en los libros pudieran acercarse con mayor o menor curiosidad a un país invitado de honor.

Cabe, además, felicitar a la organización de Bogotá Capital Mundial del Libro por intentar un camino diferente para arrancar las celebraciones del nombramiento que concede la UNESCO. Bien es sabido que el éxito de estos honores (que no implican un aporte económico) depende exclusivamente de la voluntad política de las ciudades que los reciben. Y Bogotá ha dado todas las señales de querer hacer las cosas bien. La feria, en lo exterior, se veía distinta con las siluetas de hombres que llevaban estampados en sus cuerpos frases de grandes escritores. Y no fue mera ambientación. La organización, presidida por Ana Roda, se dio a la tarea de pensar una programación coherente que respondiera a los retos del título de Capital Mundial del Libro. Por ello, esta feria no se limitó a los consabidos lanzamientos editoriales, ni personalizó a los protagonistas, sino que eligió tres ejes temáticos que involucraron, de buena manera, a todo el mercado del libro.

Por un lado, el Encuentro Internacional de Editores, en el que se dieron cita nombres de la talla de Jaume Vallcorba, de editorial Acantilado; Jorge Herralde, de Anagrama; Pilar Reyes, de Alfaguara; Manuel Borrás, de editorial Pre-Textos; Claudio López de Lamadrid, de Random House-Mondadori, o el joven editor mexicano Eduardo Rabassa, de Sexto Piso. Todos ellos, junto a otro buen número de escritores y periodistas, pensaron asuntos fundamentales como la edición independiente, la responsabilidad de los grandes conglomerados o el oficio mismo del editor. Así mismo, el Encuentro de Editores de Literatura Infantil y Juvenil agrupó a un buen número de editores nacionales e internacionales para inquirir sobre un oficio que en el país ha demostrado estar bastante interesado.

Al lado de los editores, también estuvieron los libreros. Quizá los responsables de que el trabajo del editor encuentre caminos en el difícil mundo comercial. Y al lado de editores y libreros, el Encuentro Internacional de Escritores, con nombres como Héctor Abad, Juan Villoro y Guillermo Arriaga. De esa manera, la cadena del libro fue visible para mucha gente y los medios abordaron el tema de la feria desde un lado menos estadístico, menos banal, si se quiere, menos inmediato.

Bogotá asumió el papel que le correspondía. La Cámara Colombiana del Libro, la Secretaría de Cultura de Bogotá, Corferias y las fundaciones y editoriales dieron muestra de que se pueden organizar eventos con rigor y ambición, y que sin apelar necesariamente a las figuras rutilantes del mundo comercial, se puede hacer una feria auténticamente internacional que sea atractiva tanto para el público general como para los intelectuales y los profesionales de la industria.

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