Adultos adulterados

Carolina Sanín comenta la serie norteamericana "Mad Men".

2011/05/03

Por Carolina Sanín

Tengo la fantasía de ver Mad Men con mi abuela: no para preguntarle si en “sus tiempos” se vivía como lo muestra la serie (si la gente fumaba, mentía y bebía sin parar), sino para que responda por los prendedores de Joan, los vestidos de Beth y las pañoletas de Trudy. ¿Qué hizo con ellos?, ¿podríamos recuperarlos?, ¿con qué zapatos debería ponérmelos? Sé que tuvo esas prendas aunque no viviera en Nueva York como los personajes mencionados, pues jugué con ellas cuando era niña y la he visto lucirlas en películas caseras filmadas cuando la niña era mi madre.

 

Para quien no lo sepa, la acción de la exitosísima telenovela Mad Men recrea el ambiente de una agencia de publicidad en Madison Avenue a principios de la década del sesenta. Los publicistas van a la oficina, celebran reuniones de trabajo, producen anuncios para marcas de tabaco y de brasieres, se besan con la secretaria, vuelven a la casa, regañan a los niños, montan en carro. Los diálogos son inmaduros, los personajes son planos, el drama está ausente, la trama se desvanece tan pronto como se anuda, y la actitud es de ingenua condescendencia hacia el pasado. De la manera más burda posible salen a la superficie los problemas sociales de la época (el racismo, el sexismo, el antisemitismo), punteados por el somero desfile de los acontecimientos culturales de la época (el famoso discurso de Martin Luther King Jr., un concierto de los Beatles, el asesinato de Kennedy). Y, entre tanto, hay una producción impecable, es decir, miles de objetos añejos, relucientes, auténticos (salvo por los cigarrillos, que son los más frecuentes y que no están rellenos de tabaco) y precisos: mesas, lámparas, cortinas, revistas, peinados, manicures. Aunque con mortal aburrimiento, yo he visto las cuatro temporadas de la serie. ¿Como mesmerizada? No, más bien como fumando y como viendo comerciales.

 

He pensado que, si Mad Men no me ha provocado sensaciones propias ni vicarias, si no me ha suscitado interrogantes que no tengan por objeto mi propio interés, si no me ha satisfecho ni despertado ningún deseo, quizá la haya visto porque me evoca un deseo. Cuando era niña, me gustaban más los comerciales que los programas de televisión; jugaba a fumar, pero palos de paleta; me daba con mi hermano besos con lengua, pero con las bocas amordazadas por cuatro manos; me pintaba los labios, pero con el lápiz rojo de las tareas de matemáticas. Fantaseaba con ser mujer, pero, como les sucedió a muchas mujeres de mi generación, mi imagen de feminidad no era mi madre: era mi abuela. Era con su vieja ropa de juventud con la que me estaba permitido disfrazarme, y eran sus tetas puntudas las que me ponía debajo de la ropa (con los huevos de plástico en los que venían las medias marca “Eggings” de mi madre). Mi abuela era una mujer “auténtica”, de laca y uñas rojas, de quedarse en casa. Y mi abuelo, por su parte, era un hombre “de verdad”: de gomina y pisacorbata, de no saber cocinar. La sexualidad que yo necesitaba para mis juegos interpretaba bien su papel en ellos y no en mis padres setenteros, que ya tenían desdibujados los roles.

 

Creo que Mad Men nos atrae al removernos la fantasía: nos revela que, cuando éramos niños, los adultos que queríamos ser ya formaban parte del pasado, y nos cuenta que el romance matrimonial que engendró a nuestros padres era el reemplazo del deseo adúltero, que era la adulteración del deseo legítimo. Nos fascina, además, con sus dobles imitaciones. Con algo parecido al susto vemos que las pretendidas prendas de las actrices no son de utilería, sino que son aquellas que pertenecieron a nuestra abuela, que vimos y que un día dejamos de ver, y con cierto desencanto vemos que los personajes se parecen a nosotros mismos disfrazados de adultos, pero también a otros actores mayores que ellos: Don imita a Gary Cooper, Joan a Marilyn Monroe, Beth a Grace Kelly. El juego es el de fantasía en trance de volverse fantasma, el del recuerdo fantasmal del deseo.

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