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Agua que no has de beber

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Mil palabras por una imagen

Por: Antonio Caballero

Publicado el: 2012-12-18

Hace muchos años un presidente que hubo aquí anunció la “revolución del agua”. Consistía en que tuviéramos agua de beber, pura y limpia y apta para el consumo humano, en los acueductos de todas las ciudades y pueblos del país. Esa revolución no se ha hecho todavía. Pero en cambio, y a falta de acueductos públicos, se han desarrollado en Colombia empresas privadas que en los peajes de las concesiones de carretera nos venden un agua industrial recalentada al sol en botellas de plástico, o en vasos, o aun en bolsitas de plástico, y siempre con un resuelto sabor a plástico. Estuve el otro día leyendo con cuidado la etiqueta de una de esas botellas, y quiero compartir con los lectores mi desconcierto: es una etiqueta que no dice nada.

No da ninguna información. Ni siquiera certifica que el líquido vago que hay ahí sea potable: a lo mejor no se atreve. En los países civilizados, donde se bebe agua embotellada desde los tiempos de los romanos (aunque también desde entonces hay acueductos públicos), las etiquetas de los varios miles de marcas existentes dan toda suerte de datos. Para empezar, dan la composición mineral del agua: hierros, sulfatos, cloruros, cosas así. Para empezar también, su origen: agua surgida de un manantial situado en tal sitio o en tal otro. Sus propiedades: si es buena para la gota o desaconsejable para las afecciones del riñón. A veces también dan alguna relevante información histórica: si el agua que etiquetan se hizo famosa por el milagro de algún santo o por la predilección de algún rey. Aquí no hay nada de eso. Aquí las etiquetas de las aguas minerales, además de no advertir que el plástico en que vienen envasadas altera y corrompe el sabor que hayan podido tener en su fuente de origen (si acaso es una sola), no mencionan componentes: sales, azufres, oligoelementos. Solo hablan de “ingredientes”, y además los limitan solo a dos: un poquito de sodio (50 miligramos, dicen, para una misteriosa porción de un vaso de cada 2.5 por botella), y el resto “agua de manantial”, aunque sin mencionar, repito, en dónde queda el manantial de donde brota el agua. Pero es que al parecer no brota, sino que es “fabricada” (¿el agua se fabrica? Si no me creen, miren ustedes mismos la etiqueta) en el kilometro 12 de una carretera departamental por una industria nacional acreditada, bajo la autorización (si no me creen…) de una multinacional celosa de su marca de bebidas gaseosas.

La etiqueta, por lo demás, no pretende decir lo que el producto es, sino lo que no es. No es “fuente significativa” ni de grasas, ni de colesterol, ni de fibra, ni de vitaminas. ¿Azúcares? Cero. ¿Carbohidratos? Cero. ¿Calorías? Cero. ¿Proteínas? Cero. Todo cero. Y una advertencia: “Consumir preferentemente antes de ver envase”. ¿Cómo? Ni en los frascos de Alicia en el País de las Maravillas.

Pero no. Vuelvo a mirar la diminuta letra plateada sobre fondo azul, y no es así. Lo que dice es que se consuma preferentemente antes de, y dos puntos, y a continuación “ver envase”. Pero busco en vano la fecha de caducidad en el envase. No figura.

En cambio, eso sí, mucha exaltación lírica. La etiqueta proclama que de esta agua sin origen conocido “cada gota es única”. Y le pide a quien la beba que vaya “viviendo positivamente”, y que imagine “un lugar único en el mundo donde el cielo deja en las montañas gotas de rocío como valiosos regalos, que al ser filtradas por la sabia naturaleza dan origen a [aquí, el nombre del mágico manantial en cuestión, del cual no se menciona sin embargo su localización geográfica] un paraíso puro, custodiado por los imponentes Andes”.

Yo no sé muy bien para qué sirven las superintendencias de vigilancia que todos los gobiernos, y en particular este de ahora, han venido creando a troche y moche, si ni siquiera son capaces de supervigilar de qué está hecha el agua de beber que anuncian sus fabricantes.

Pero sé que no importa. Pronto no habrá agua en Colombia, cuando estén por completo devastados los nacederos de los páramos a causa de la minería del oro. El cual no es bueno de beber, como hace quinientos años le enseñaron los indios mapuches al codicioso conquistador de Chile, y como aprenderemos nosotros dentro de unos pocos años más: cuando estemos importando de los países serios aguas con otras etiquetas.