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Ai don Espik inglish

Martha Ruíz confiesa "Sorry, Ai don espik Inglish"

2010/05/20

Por Martha Ruíz

Tengo una pesadilla recurrente. En ella me llaman de la Universidad de Antioquia a notificarme que mi graduación sigue pendiente porque nunca aprobé los dos modestos cursos de inglés que me pesaron como fardo durante mis prolongados años de carrera. Aún ahora que escribo esta columna, no tengo clara la frontera entre delirio y realidad, y no podría decir si eso ha sucedido alguna vez. Pero no he tenido el valor de alzar el teléfono y preguntar en la rectoría si estoy o no graduada. En realidad, inglés es la materia que siempre estuve a punto de perder, y que a último minuto pasé por la ley del arrastre. Tan mal me iba que la única vez que gané un parcial, la profesora sospechó que era un fraude.

De eso hace más de 20 años y no me preocupaba en lo absoluto ser bilingüe. Estaba segura de que algún día “el cadáver del imperialismo” sería arrastrado por los acontecimientos políticos del mundo y el inglés sería cosa del pasado. Obviamente la globalización no estaba en mis cálculos. Por eso, hace una década empezaron mis pesadillas y mis interminables cursos de inglés. Quizá sea yo una de las personas que más veces han cursado el primer nivel, cada vez con un método distinto, dormida o despierta, con profesor o frente a una computadora. Convencida de que por ese camino no haría más que perder dinero, decidí dejarlo todo e irme a Estados Unidos a un curso intensivo.

Con mis precarios recursos tuve que acoger la invitación que me hizo una pareja de amigos para quedarme en su casa en San Antonio de Texas. Sí, ya sé que Texas –y menos aún San Antonio– no es exactamente la meca del inglés. Pero algo es algo y así inicié mi beginners. Mi profesora se llamaba Miss Cherry y era una mujer paciente que casi llegaba a los 80 años. Entendí que mi caso era grave cuando uno de mis compañeros de curso, un lúcido y simpático “mojado” mexicano, le dijo a Miss Cherry que cada que yo hablaba en inglés el resto del grupo retrocedía en pronunciación. Sin desánimo seguí en mi lucha hasta que vino el atentado a las torres gemelas. Osama Ben Laden y el patriotismo exacerbado de Texas solo me permitieron terminar el primer nivel.

En los años siguientes las cosas han empeorado para mí. Para hacer una maestría tuve que transitar por el tortuoso examen de idiomas que, como es mi costumbre, pasé raspando. Y tengo que confesar que no hubiese ganado mis materias sin el traductor de Google.

Pedir inglés como requisito para una maestría es comprensible. Pero en Colombia se está llegando a extremos absurdos con este asunto del idioma. El año pasado me llegó por correo electrónico una oferta de empleo para periodistas en la que ofrecían un millón de pesos de salario y las exigencias incluían, además de maestría, el dominio fluido del inglés. En la convocatoria, en cambio, no decía nada sobre el manejo del español.

A medida que la globalización se acentúa va surgiendo una nueva división en la sociedad: los que saben y los que no saben inglés. Estos últimos somos mirados como una gente a la que le falta “algo”. He oído entrevistas en radio donde se le hacen preguntas socarronas sobre el idioma a personas tan ilustres como Horacio Serpa, Noemí Sanín, al canciller Fernando Araújo, y al alcalde de Medellín, Alonso Salazar. Como tácitamente se sabe que la pregunta “¿cómo va su inglés?” avergüenza al otro, nadie se atreve a hacérsela al presidente Álvaro Uribe, a quien me le quito el sombrero por la confianza que se tiene. Especialmente después de que el año pasado durante una acalorada discusión en Washington, Uribe dejó frío a José Miguel Vivanco, el director de Human Rights Watch, cuando le dijo “your head is full of lices” (su cabeza está llena de piojos) cuando en realidad quería decir “your head is full of lies” (su cabeza está llena de mentiras).

Durante mucho tiempo estuve convencida de que la división entre quienes speak English fluently y quienes don´t speak English at all era de clase social. Todos aquellos que veníamos de colegios públicos teníamos un rezago evidente. Pero al ver tanto platudo chapuceando, cambié de teoría y pensé que era un asunto generacional. Resulta que tampoco, porque últimamente me he encontrado con muchos veinteañeros, casi siempre egresados de colegios públicos, que no son bilingües.

El caso es que hoy en día casi nadie puede decir que no habla inglés sin que se le suba algo de rubor a las orejas. Muy a pesar de que las exigencias del momento en materia de idiomas no se correspondan con las ofertas para su aprendizaje. En Colfuturo, por ejemplo, sale más caro un curso de inglés de tres meses, que un doctorado en el exterior, pues para este hay becas generosas y completas.

Así las cosas, yo seguiré en mi lucha, y mantendré como siempre a flor de labios mi frase de combate: Sorry, Ai don espik Inglish.

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