Simón Vélez

Amenaza de ruina

2013/12/12

Por Simón Vélez. Columnista invitado.

Una de las cosas que más me escandaliza sobre el descuido del patrimonio en Bogotá es el parque Tercer Milenio. No tengo problema con que se hubiera hecho ese parque, pero no entiendo por qué tenían que tumbar el Edificio Nacional de Higiene, que para mí era el más bello que había en Bogotá. Ese fue uno de los crímenes más atroces contra la ciudad –el otro fue la demolición del Claustro de Santo Domingo, decretado por Eduardo Santos para construir el adefesio Murillo Toro, donde hoy queda el Ministerio de Comunicaciones–. El Edificio Nacional de Higiene lo hizo demoler el alcalde Bromberg hace más de quince años. Aún me asombra que un alcalde proveniente de la academia haya tenido la incultura de tumbar un edificio patrimonial tan importante, cuando una construcción de esas puede durar 500 años o más. Ese edificio tenía unas tallas en piedra de una riqueza invaluable. Yo a veces pasaba por ahí no más que para contemplarlo, y una vez pasé y solamente encontré escombros.

Las ciudades históricamente se han construido sobre sus ruinas. Pero este no es el caso del centro de Bogotá, donde se tumba un edificio y en vez de convertirse en otro, se convierte inmediatamente en parqueadero, salvo una o dos excepciones. En vez de parqueaderos se deberían construir edificios y hacer parqueaderos dentro de los edificios, porque mientras no haya metro en esta ciudad –y estoy seguro de que nunca lo vamos a ver– hay que atender el transporte privado. Por otra parte, el centro se dejaría rehabilitar si en vez de demoler se reciclaran los edificios existentes, que en su mayoría son feos (sobre todo los de los años setenta en adelante), pero tienen futuro, y seguramente, si no se hace algo al respecto, pronto se tumbarán para hacer un nuevo lote-parqueadero.

Un edificio tiene incorporada tal cantidad de energía en su ejecución que es un crimen económico y ambiental tumbarlo. Hay edificios viejos que son inmundos, pero con una labor de maquillaje y de vestuario pueden renovarse y quedar muy interesantes. En París, por ejemplo, había una serie de edificios construidos durante la posguerra, que tenían una arquitectura espantosa y la alcaldía los iba a tumbar, pero un grupo de arquitectos, encabezados por Frédéric Druot, le suplicaron a la Alcaldía que antes de tumbar esos edificios los dejaran mostrarle a la ciudad lo que podían hacer con ellos. Y la ciudad los escuchó, y lo que hicieron está causando una revolución. Después de esa prueba París decidió no tumbar los edificios feos y viejos sino renovarlos.

Druot y su equipo han logrado un gran ahorro de energía porque saben que la arquitectura es un vestido grande, que un edificio moderno pasa de moda y se le puede dar una segunda oportunidad, y una tercera y una cuarta. La arquitectura moderna es tan pobre que se deja cambiar de maquillaje muy fácil. Otra cosa muy distinta sucede con la arquitectura clásica, de estilos definidos, molduras, cornisas y proporciones geométricas, pues esta no se deja maquillar, ni tampoco lo necesita, lo que sí necesita es conservación, pero acá no hay políticas de conservación sino de demolición.

Tiempo después de la demolición del Edificio Nacional de Higiene, conocí a Bromberg. Cuando le hice la acusación por su crimen urbano me dijo: “Es que ese edificio amenazaba ruina”. Le respondí que Atenas había sido muy de buenas por no haberlo tenido como alcalde.

*La columna de Antonio Caballero no aparecerá este mes porque él está de vacaciones.
Imagen: Edificio de Higiene Nacional, en la calle 26 de Bogotá.

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