El desafío

..."no es necesario recurrir a los versos de García Lorca para saber lo peligrosas que pueden ser las fuerzas represivas del Estado". Antonio Caballero discute la imagen de una joven que desafía sin armas a las armas del poder.

2013/09/11

Por Antonio Caballero

 

En esta foto, tomada durante las manifestaciones de apoyo en Bogotá al paro agrario de finales de agosto, una bella mujer se burla de la autoridad constituida. La autoridad en este caso es el temido ESMAD, Escuadrón Móvil AntiDisturbios: esos pesados escarabajos negros venidos de la guerra de las galaxias que bajo el gobierno Justo, Moderno y Seguro del presidente JMS han reemplazado a los policías de bolillo y silbato de los parques de mi infancia. Los pintó García Lorca en su “Romance de la Guardia Civil”:

Tienen, por eso no lloran,

de plomo las calaveras.

Con más detalle describe sus armaduras de negros crustáceos ciegos el comandante de la fuerza. Son, le cuenta a un periodista, “totalmente ergonómicas, con un overol retardante al fuego, guantes, pasamontañas, botas de media caña y un equipo protector de golpes compuesto por un casco, protector pectoral, protector de brazos, antebrazos, dorso de la mano, cadera, coxis, muslos, rodilla, tibia, peroné, empeine y protector de genitales. Además, chaleco a prueba de balas, máscara antigás, un bastón tonfa (que es el viejo bolillo de madera de los policías de mi infancia, rediseñado sobre modelos de artes marciales del Lejano Oriente), fusil lanzagases y medios técnicos”.

Todo de importación, sobra decirlo (ver artículo de Daniel Coronell en la revista Semana). En esta foto no se ve todo eso. Lo tapa el único elemento del armamento de estos ninjas del Japón medieval, de estos robocop del Detroit del futuro, que su comandante no menciona: el gran escudo de plástico templado que los cubre desde los ojos hasta las rodillas, alto y ancho y ligeramente recurvado como el de los legionarios romanos de la antigüedad.

Estos escudos del ESMAD, como los de las legiones de Roma, se cierran formando un muro impenetrable como el caparazón de una tortuga. Sobre esa sólida pared pinta esta mujer, pasando de corrido de un

escudo al siguiente, su grafiti insultante con pintura roja encima del letrero negro y amenazador de POLICÍA POLICÍA POLICÍA POLICÍA POLICÍA, que por lo que se ve no le inspira ni temor ni respeto. Se tapa las narices y la boca con un pañuelo rojo y blanco para los gases lacrimógenos; se cubre, para mostrar su solidaridad con los campesinos del paro, con una ruana ligera, urbana, de diseño, de rayas y de flecos; se inclina sobre sus largas piernas forradas en bluyins de buena marca extranjera para escribir sin prisas, tranquilamente, insolentemente:

CERdoS

Se necesita valor. Porque no es necesario recurrir a los versos de García Lorca para saber lo peligrosas que pueden ser las fuerzas represivas del Estado. Para los grafiteros, basta con recordar noticias recientes sobre asesinatos policiales en Bogotá o Miami. Y en cuanto a los desmanes del ESMAD, todavía circulan de teléfono a teléfono los videos del paro agrario que los muestran, aunque el comandante de la policía de Bogotá eluda la evidencia declarando que “los policías eran los primeros conscientes de lo que se venía presentando en redes sociales para desprestigiar a la institución”. La frase parece calcada de una del presidente Julio César Turbay en los tiempos de las torturas del Estatuto de Seguridad: “Los detenidos se autotorturan para desprestigiar a las autoridades”.

La foto de esta audaz grafitera bogotana, firmada por Cristian Álvarez, la publicó el diario El Nuevo Siglo en la primera página de su edición del domingo 1 de septiembre. Pero en una esquinita, y en dimensiones, en mi opinión, indignas de su importancia. Es un testimonio del desafío sin armas a las armas del poder de tan gran elocuencia como el que han dado tres famosas fotos de prensa del último medio siglo. La de un muchacho rubio que ciega con claveles el cañón de los rifles de la Guardia Nacional en Washington durante las manifestaciones contra la guerra de Vietnam en 1967. La del joven Daniel Cohn-Bendit que se le ríe en las narices de hierro a un policía antidisturbios durante la revuelta estudiantil de mayo de 1968 en París. La de un manifestante en mangas de camisa que se planta ante los tanques en la plaza Tian’anmen en Pekín en 1989. La foto de la grafitera es del mismo calibre. Merecía página entera.

*Imagen del paro agrario publicada en la primera página de El nuevo Siglo el 1 de septiembre.

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