Una foto tomada por León Darío Peláez por un reportaje republicano en Semana.

Miseria artificial

La sequía que los abraza de sed no es un capricho de la naturaleza ni una consecuencia del calentamiento global: es que la gran empresa carbonera de El Cerrejón hizo construir la represa de El Cercado, inaugurada con gran publicidad por el gobierno, y esta se chupó el agua para las necesidades de la inmensa mina.

2016/03/23

Por Antonio Caballero

Miren este retrato de una familia de indios wayúus de La Guajira. Lo trae la revista Semana del 28 de febrero en un reportaje sobre la miseria y el abandono en que viven, recientemente descubierto por la prensa a causa de la muerte por inanición de varios niños. Pero esa miseria no era suya. Se la han traído los arijunas, los blancos, con las otras bondades de su civilización que pueden verse en la foto. Todo es horrible: el platón vacío de plástico azul, las pantalonetas de los niños, el pedazo de lata corroída que completa la empalizada de troncos y cañas secas de cactus, los harapos que cuelgan al sol, las loncheras bostezantes de plástico, el chinchorro verde, de plástico también. Más todo el mar de plástico que hay allá afuera, más allá de la sombra precaria del cambuche: oleadas de bolsas de plástico enredadas por el viento en cada mata de espinas, en cada frágil trupillo polvoriento que se encorva sobre la tierra seca y amarilla del desierto. De todo lo que muestra la foto, lo único digno es el vestido de la mujer: la amplia y colorida manta guajira que tejen tradicionalmente las mujeres wayúus.

La familia, en la que solo falta el padre. La mujer, que apenas tendrá veinte años a juzgar por el tamaño del niño mayor, el machito que se apoya displicentemente en la cadera. Él y su hermana de copete quemando por el sol tienen las barrigas hinchadas y brotados los ombligos. Los tres miran al vacío con ojos muertos. La única que mira con cierta animación al fotógrafo es la niña menor, sentada en regazo de la madre. Y el perro. “Mísero can, hermano de los parias”, como el que retrataba Guillermo Valencia en su largo poema social “Anarkos”. O peor, como la perrilla de los versos festivos de Marroquín: “Flaco era el animalejo, / el más flaco de los canes, / era el rastro, eran los manes / de un cuasi-semi-ex-gozquejo”. Sin poesía: pornomiseria.

Pero no nacieron miserables. Es que les han quitado todo. Les han robado la tierra, el agua, hasta los nombres. No hace mucho se descubrió que los registradores, al cedularlos, les cambiaban los que tenían en su lengua por apodos de burla como Monja, Tarzán, Cosita Rica, Alkaseltzer, y a todos les ponían como fecha de nacimiento el 31 de diciembre, por juego. Y el expolio continúa. La sequía que los abraza de sed no es un capricho de la naturaleza ni una consecuencia del calentamiento global: es que la gran empresa carbonera de El Cerrejón hizo construir la represa de El Cercado, inaugurada con gran publicidad por el gobierno, y esta se chupó el agua para las necesidades de la inmensa mina. La cual crece, y va expulsando y desahuciando a los wayúus más lejos en el desierto guajiro. El Cerrejón ya ha desviado para sus propios fines varios arroyos y quebradas que alimentaban el río Ranchería, e insiste en llevarse este entero por un nuevo cauce para poder explotar los inmensos depósitos de carbón que hay debajo.

“Cerrejón, minería responsable”, se anuncia la poderosa empresa en la red, con una ilustración de un paisaje guajiro que dejaría estupefacta de incredulidad a la familia de esta foto: un paisaje verde, verde, verde, verde como… Como aquel verde valle de la película de John Ford titulada ¡Qué verde era mi valle!, que era verde hasta que llegaron allá los empresarios del carbón.

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