Foto: Elena Aponte/ Cortesía El Tiempo.
  • Antonio Caballero

Juego de manos

Ante la imagen de esas cuatro manos al parecer inextricablemente entrelazadas cabe preguntar, como en el juego callejero: ¿dónde está la bolita? Una columna de Antonio Caballero.

2015/10/23

Por Antonio Caballero

Para la ceremonia de la firma del acuerdo sobre justicia entre el gobierno y las Farc todos iban vestidos de castrochavistas, como hubiera dicho el senador Uribe Vélez: de guayabera caribe, o de camisa blanca de manga larga abotonada en los puños. Solo el embajador de Chile, que iba todo de gris austral y con corbata, su colega de

Noruega y el comisionado de Paz de Colombia, que llevaban chaqueta, parecían estar a tono con la solemnidad de la ocasión. Pero, al margen del protocolo, ¿absurda una chaqueta en el calor de fuego de La Habana? No: necesaria en el glacial aire acondicionado del Centro de Convenciones, que cuando se enciende deja sin luz a la mitad de la isla.

Y la verdad es que en ese atuendo se veían raros los tres: el presidente Raúl Castro sin su habitual uniforme de general centroamericano, el comandante Timoleón sin el suyo de guerrillero en el monte, el presidente Juan Manuel Santos sin su corruscantes chompas abullonadas de satín. Parecían disfrazados. No solo ellos: toda la escena parecía algo impostada. Forzada. Como forzado fue el apretón de manos que registra esta foto fija, engañosa con respecto a la transmisión televisada en directo. En ella se pudo ver cómo Castro tuvo que hacerle trampa a Santos simulando que le ofrecía su mano a Timochenko para cambiársela en el aire como un prestidigitador por la del presidente, y a continuación apretar con fuerza entre las suyas, para que no se soltaran, las dos manos enfrentadas de los firmantes. Eso no se ve en la foto. Pero sí se adivina el incidente en las caras que ponen los tres: la sonrisa pícara de Castro, encantado con su travesura diplomática, la sonrisita de contento contenido de Timochenko, el gesto adusto de Santos, inocultablemente molesto con lo que sin duda vio como una broma de mal gusto.

El acto de prestidigitación no paró ahí, sino que siguió fuera de cámara por cuenta de Santos y Timochenko. Presentaron y firmaron en La Habana un acuerdo de diez puntos, compendio del de setenta y cinco que habían preparado arduamente sus delegaciones, que por lo visto había quedado sin redondear. Por eso las interpretaciones sobre lo que de verdad se firmó han sido divergentes. Que los no publicados todavía de los setenta y cinco son inmodificables, sostienen las Farc. Que todavía no han sido perfeccionados, asegura el gobierno. Pero a la vez anuncia Santos que la fecha límite para firmar el acuerdo final es el 23 de marzo, dentro de seis meses, en tanto que Timochenko adelanta que el plazo no es suficiente, pese a que lo firmó. Y cuando las Farc dicen que la jurisdicción especial ha sido diseñada “para todos los involucrados en el conflicto: combatientes y no combatientes”, el gobierno asegura que no cubre a los expresidentes, quienes conservan su fuero especial. Y en cuanto a los puntos que sí fueron leídos en la ceremonia, el quinto reza así: “La jurisdicción tendrá competencia respecto de todos los que de manera directa o indirecta hayan participado en el conflicto armado interno, incluyendo a las Farc-EP y a los agentes del Estado”. El “todos” es inequívoco. El “incluyendo” deja pensativo. ¿Se piensa juzgar con prioridad a los civiles sobre los combatientes de ambos lados?

En Colombia las cosas siempre son así. Lo más sagrado, lo que suelen llamar “escrito en piedra”, es siempre susceptible de retractaciones, de reformas, de enmiendas, de remiendos. Toda sentencia en firme se puede echar atrás, se puede revocar, se puede invertir; todo compromiso inamovible está sujeto a reinterpretaciones, a reformulaciones, a anulaciones; a toda disposición constitucional se le encuentra sin dificultad el quiebre. “Hecha la ley, hecha la trampa” es el lema que campea en la fachada de esta nación de juristas.

De modo que ante la imagen de esas cuatro manos al parecer inextricablemente entrelazadas cabe preguntar, como en el juego callejero: ¿dónde está la bolita?

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com