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Arcadia y Marianne

"Preferiría no hablar de Arcadia, y sí de su antigua directora, Marianne Ponsford. Aunque distinto, al final es casi lo mismo, porque Marianne construyó Arcadia. Perdonarán lo categórico de mi afirmación, pero sin Marianne no habría Arcadia".

2014/03/21

Por Nicolás Morales

Nada más peligroso que esta columna: hablar de Arcadia en la propia casa. Sin embargo, voy a hacerlo, empezando por lo que resulta obvio: que Arcadia se volvió marca y disipó los miedos que se tenían sobre, primero, la fidelidad de los lectores de medios culturales; segundo, el descreimiento de los nichos culturales y, tercero, la desvalorización de la gran cultura frente al entretenimiento. Sé que es raro hablar de Arcadia, que paga esta columna. Pero hoy quiero hacerlo.

Arcadia contribuyó a desafiar un régimen provinciano de la cultura en Colombia. Interpeló muchas veces a esas innumerables nomenclaturas (de rosca y prejubilados) que deciden cómo se organiza la cultura en este país. Ponderó a nuevos escritores poco conocidos. Visibilizó a heroicos agentes culturales –a veces pequeños o marginales– y los hizo circular en canales de mayor audiencia.

Pero no se quedó ahí. Arcadia se atrevió a tomar el pulso de lo que pasa afuera. Como ejercicio, se propuso leer el mundo. Y eso no es poca cosa, en un país de literaturas y de estéticas criollas tan irregulares y predecibles.

Para sentirme un poco más suelto, preferiría no hablar de Arcadia, y sí de su antigua directora, Marianne Ponsford. Aunque distinto, al final es casi lo mismo, porque Marianne construyó Arcadia. Perdonarán lo categórico de mi afirmación, pero sin Marianne no habría Arcadia. No estoy diciendo que Marianne la hiciera sola. Por supuesto, habría que rendir tributo también a quienes coadyuvaron y propiciaron el éxito de la revista. Pero fue Marianne la que impulsó el barco, en ocasiones maniobrando entre vientos huracanados y también, casi que con más riesgos, en esas aguas aparentemente mansas.   

Marianne subió diez veces al Everest. Convenció a un gran grupo editorial de que era buena idea crear una revista cultural; los convenció, la creó y la hizo viable (si se dan cuenta ya van cien números); mantuvo una apuesta de escritura periodística de calidad; resistió las tentaciones y las trampas de la promoción de entidades y de vedettes (tan frecuente en el tan pequeño medio) y, por último, llenó de miradas nuevas la frágil expresión cultural colombiana.

Pero, más allá, Marianne fue –y es– una señora editora. La calidad de sus editoriales salta a la vista. Bien escritos, desterraron esa idea de que el editorial debía ser un sopor que nadie leía o el territorio donde el elogio siempre está a flor de piel. Marianne, hay que decirlo, fue implacable con la mala escritura, y ese ejercicio crítico, profesional y apasionado fue, en ocasiones, a desmedro de sus relaciones públicas y de su régimen de amistades. Marianne sacudió una sociedad que sigue pensando la cultura de manera tradicional y un poco inerte, como son inertes las sectas, aunque sean de intelectuales. Arcadia es, en ese sentido, un proyecto editorial de democratización y de politización del hecho cultural, inédito en la historia colombiana del siglo xxi.

En un momento en que los grandes diarios cierran sus magazines culturales o los mantienen como cadáveres insepulcros, en que internet –para bien y para mal– arrasa con el paisaje cultural editorial y en que la cultura –incluidas las artes tradicionales– asume formas extrañas, Marianne adaptó y trasformó Arcadia año tras año, sorteando a fuerza de voluntad la incertidumbre. Y hay que ver cómo de esa incertidumbre fue produciendo un mapa conceptual rico y variado aunque, para fortuna de sus lectores, británicamente ordenado.    

Marianne, sé que el Itzam maya te protegerá. Si la historia de las publicaciones culturales modernas es justa aparecerás en mayúscula en sus papeles. Aunque sé que este no es un final para ti, sino un nuevo comienzo. Y lo es también para Arcadia.

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