¿Y dónde están las arquitectas? Esta pregunta es recurrente cada vez que se divulga el resultado de un concurso o la adjudicación de un premio de arquitectura. El último ejemplo es la XXIII Bienal colombiana de arquitectura, donde aparecen como responsables de proyectos galardonados dieciocho arquitectos y dos arquitectas.
Pero la arquitectura no es el único campo donde la poca presencia del sexo femenino en los podios se ha hecho frecuente a lo largo de la historia. De cuatrocientos cincuenta premios Nobel adjudicados entre 1901 y el 2006, solo doce fueron recibidos por mano de mujer. Igualmente escasa ha sido la presencia de la mujer en las artes. Volvamos a las arquitectas. En la historia de la arquitectura, muy pocas mujeres han sido consideradas comparables con sus colegas masculinos estrellas. Entre las más nombradas podemos citar a Eileen Gray (Irlanda), Lina Bo Bardi (Italia/Brasil), Gae Aulenti (Italia), Kasuyo Sejima (Japón) y la más famosa, Zaha Hadid (Irán), única mujer ganadora del prestigioso premio Pritzker en el 2004. Esculcando en la historia, aparecen profesionales como Charlotte Perriand, Lilly Reich (arquitecta del Bauhaus), Aino Marsio, Ray Eames, Kaija Siren y Denise Scott Brown, esposas, amantes o compañeras de Le Corbusier, Mies van der Rohe, Alvar Aalto, Charles Eames, Heikki Siren y Robert Venturi, que desarrollaron a la sombra de sus compañeros famosos una labor no reconocida.
Una hipótesis que explica la dificultad de las arquitectas para llegar al estrellato es el machismo, que desde tiempos inmemoriales condenó a la mujer a dedicarse a las cuatro “C”: casa, catre, cocina y crianza; y hoy la identifica como una competencia indeseable en el campo laboral.
Una manera de garantizar la sumisión de la mujer fue negarle la educación, y es por eso que solo hasta la mitad del siglo XVII algunos países autorizaron su ingreso a la educación elemental, es decir, el permiso a leer y escribir. En compensación se estableció una formación masculina competitiva para que los machos mantuvieran su papel de cazadores dominantes, y otra femenina de sumisión para conservar a las hembras como obedientes recolectoras.
Este retraso en la educación —la primera arquitecta diplomada fue Julia Morgan en 1902— no ha impedido que las arquitectas traten de recuperar el tiempo perdido. Cerca del cincuenta por ciento de los estudiantes de arquitectura son mujeres y cada vez hay más arquitectas que, compitiendo codo a codo (o mejor, a codazos) con sus colegas varones, buscan el reconocimiento que sus ejecutorias merecen. Y lo están logrando.
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