Por Lucas Ospina.

Arte, memoria y monumento

El año pasado, el alcalde de Cumaribo, en desarrollo de la publicitada campaña ‘Soy capaz’, hizo el viaje hasta el Congreso, para anunciar a políticos y prensa que había hecho un monumento. El motivo, claro está, eran “las víctimas”.

2015/05/22

Por Lucas Ospina

El año pasado, el alcalde de Cumaribo, en desarrollo de la publicitada campaña ‘Soy capaz’, hizo el viaje hasta el Congreso, para anunciar a políticos y prensa que había hecho un monumento. El motivo, claro está, eran “las víctimas”. “Les damos a las víctimas el estatus que la ley ordena y se les hace el reconocimiento público por su sufrimiento en medio del conflicto”, precisó Arnulfo Romero, alcalde del municipio más grande de Colombia (casi tan grande como Guatemala).

Una búsqueda rápida de noticias sobre Cumaribo produce una estela de incidentes: en junio de 2011, Teleorinoco informa que “lanzan granada contra indígenas en Cumaribo”, mata a José Honorio Chipiaje, de la etnia sikuani, y deja a varios heridos; en enero de 2013, el Ejército Nacional informa que “continúan las fugas por parte de integrantes de las Farc” y señala una vereda de ese municipio como lugar para la rendición; en noviembre de 2013, Caracol Radio informa que “inspector del Ejército viaja a Cumaribo para investigar muertes de niños”, la tragedia fue en un batallón militar; en mayo de 2014, el Periódico del Meta informa que “Fuerza Aérea Colombiana rescató en helicóptero con incubadora a bebé y a madre que dio a luz en una vía de Cumaribo”. Algunas de estas noticias tienen nombres propios, otras solo son notas escuetas, sin nombres ni fotos del lugar. Gajes del periodismo regional.

¿Cómo respondió el arte del alcalde a estas víctimas? Con una escultura en forma de puntas de alicate hechas en varilla, concreto y metal, que emerge del suelo a tres metros de altura y acoge en su interior una pirámide inane y achatada. En el informe de ejecución, la curaduría dice que este monumento público “les permitirá a las víctimas del conflicto armado un espacio íntimo, donde se olviden todos aquellos acontecimientos dolorosos y que se efectúe un reconocimiento público del carácter de víctima, de su dignidad, nombre y honor, ante la comunidad y el ofensor”. El costo fue de 17.243.066 pesos que apuntan, en su totalidad, al olvido: en la única imagen que se publicitó de la inauguración hay tres personas con camisas blancas quitándole una funda blanca al oxidado esperpento. Atrás, una ancha y larga bandera de Colombia, una quincena de bombas y arreglos inflables blancos y, en primer plano, la punta de una mesa con mantel blanco. En la esquina, solitaria, una copa de vino, por supuesto, blanco. En el informe del contrato no hay artista y da la impresión de que el creador fue el mismo alcalde con las herramientas que da un programa de Power Point y tal vez inspirado por algún pisapapeles de su escritorio.

En “Tausig, Salcedo, etc.”, la columnista Tatiana Acevedo de El Espectador, cuenta que visitó la exposición retrospectiva de Doris Salcedo en Chicago, y ante las ominosas piezas de esta artista, tan complejas en su construcción como parcas en su capacidad de nombrar, resintió “el des-tierro de los relatos”. Explica Acevedo: “Es decir, extrañé los nombres propios, las coordenadas precisas espaciales y temporales. Estos se omiten para narrar una vivencia más universal. En palabras de los curadores, Salcedo hace “visible el cuerpo ausente, de los desaparecidos, los marginados y todos los que permanecen invisibles a los ojos de la sociedad”. Al desenclavarlo, cada relato pierde su especificidad y su historia. Por este camino se cierran otros: acá el arte tiene una pretensión algo generalizadora, que supone incluso que es posible comparar experiencias de dolor que son únicas. Y se pierde la oportunidad de hacer preguntas sobre el método de investigación (¿Quién entrevistó a los “niños huérfanos del norte de Colombia”? ¿Cómo? ¿En qué condiciones?).

El cruce del monumento del alcalde de Cumaribo con la empresa de Salcedo resulta inevitable, ambas obras, por caminos distintos, parecen llegar al mismo punto. En medios judiciales, académicos y culturales se habla de la reparación simbólica como acto de ley, se habla de posconflicto, de hacer memoria, del compromiso del artista. Sin embargo, gran parte del arte que brilla en los medios parece cifrado entre dos polos: el de la chambonada oficial y el de la hipérbole intelectual.

Hay una suerte de artistas que no reciben la misma atención que los protagonistas del mundo de la política y del mundo del arte. Bueno sería volver la mirada sobre esos monumentos. Ver, por ejemplo, el recién publicado libro Mirar la vida profunda, de Jesús Abad Colorado, un fotógrafo que durante décadas ha retratado la situación del conflicto y posconflicto con auténtico compromiso, a quien incluso son las mismas víctimas quienes lo llaman para que las acompañe a documentar sus travesías, duelos y felicidades y lo haga todo público. También valdría la pena ver masivamente Un asunto de tierras, el documental de 2014 de Patricia Ayala sobre las peripecias de la Ley de Restitución de Tierras en su primer año, un retrato de los grandes poderes y su efecto sobre gente –con cara, cuerpo y nombre– que termina oculta cuando política, periodismo y arte se convierten en nubes que cubren el abuso mientras difuminan el duelo y el dolor.

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