El salón del museo después de ser limpiado.

Merda D’Artista

¿Cuales son los límites del arte moderno? Desde que a Marcel Duchamp se le ocurrió exponer en un Salón de Arte de Nueva York un orinal de loza industrial para mostrar que arte puede ser cualquier cosa que un artista decida llamar así, no han faltado nunca las cargas de inmundicias que buscan el escándalo y se venden como arte. Un análisis de Antonio Caballero.

2016/01/27

Por Antonio Caballero

La noticia parece inventada por un poeta, de tanta justicia poética como encierra: una aseadora del Museo de Arte Moderno de Bolzano, en Italia, tiró a la basura una obra de arte hecha de basura creyendo que, efectivamente, era basura. Trabajando con ajuste a la ética y la práctica de su oficio, dejó el salón de exposiciones tal como lo pueden ver ustedes en esta fotografía: limpio y reluciente. Como lo que llaman una tacita de plata.

Hubo un escándalo mediático: ¿cómo es posible que no estudien curaduría de exposiciones artísticas las limpiadoras de museo? Las dos artistas creadoras de la obra destruida se pusieron felices por su inesperado salto a la fama, y se compararon, jactanciosas, con célebres artistas recicladores de basura a quienes alguna vez les ocurrieron accidentes parecidos: Joseph Beuys, al que en las bodegas de la Tate Modern una vez las polillas se le comieron unos pantalones que en realidad eran una escultura de paño; Damien Hirst, una de cuyas carroñas de animales se engusanó en casa de un coleccionista; Tracey Emin, a quien en el incendio de una galería de arte se le quemaron las sábanas sucias de su cama, manchadas de semen y de sangre menstrual.

Porque artistas de la basura ha habido muchos desde hace un siglo. Desde que a Marcel Duchamp se le ocurrió exponer en un Salón de Arte de Nueva York un orinal de loza industrial para mostrar que arte puede ser cualquier cosa que un artista decida llamar así. A partir de entonces no han faltado nunca las cargas de inmundicias que, en busca del escándalo, han exhibido los artistas modernos del mundo ante la admiración de los entendidos: hace tres meses se pudieron ver en Bogotá, en la exitosa Feria artbo, muchísimos ejemplos. Pues tal vez Duchamp pensó que no se podía ir más lejos en la demostración, ni se necesitaba repetirla. Pero sí se puede, y se ha ido más lejos, exhibiendo no solo el orinal, sino la orina. Hace unos años, un artista italiano se hizo rico y famoso produciendo (aunque no industrial, sino artesanalmente) y vendiendo como obras de arte originales, botellas rellenas de sus propios excrementos con la etiqueta: “Merda d’artista”.

La etiqueta. Ese es el eje del arte conceptual. Que solo existe por la etiqueta. El título. La explicación. El comentario. Duchamp no tituló su orinal “Orinal” , ni le puso “Sin título”, sino que lo llamó “La fuente”. Para indicar que no era lo que parecía –un orinal– sino otra cosa: una obra de arte. Del mismo modo, las hoy repentinamente famosas creadoras conceptuales de la obra perdida por culpa de la aseadora dicen que lo suyo no era simplemente un montón de desperdicios, sino “una metáfora de la década de los ochenta, del consumismo y especulación financiera”.

Lo cual tampoco es novedad, sino un retorno al pasado. El arte siempre había sido una metáfora: representación de otra cosa. Desde el Neolítico: esto no es una escultura, sino una diosa –pasando por el Renacimiento: esto no es una pintura sino una composición compleja de formas y colores dotada de numerosos significados religiosos, heráldicos, simbólicos, místicos, mágicos, esotéricos– por ejemplo, “La Cena” de Leonardo. Dejó de serlo –aunque nunca del todo– cuando empezó lo que desde finales del siglo xix se llama “arte moderno”, que solo se representa a sí mismo. Con el impresionismo: una “Impresión” de Monet no era un paisaje: era una impresión. Con el abstraccionismo: una “Composición” de Kandinski era simplemente eso: una composición, y así se titulaba. Una construcción de los constructivistas era una construcción. Matisse fue explícito: “Esto no es una mujer: es un cuadro” (desobedeciendo con esa frase su propio consejo: “Si quieres ser pintor, córtate la lengua”). Y así los cubistas, y los futuristas, y los expresionistas, y más tarde los abstractos líricos y los expresionistas abstractos, el pop, la transvanguardia, el arte povera, las instalaciones, las intervenciones, el land art.

Solo los surrealistas, en nombre de la suprarrealidad, se alzaron contra ese arte tautológico, plano. “Esto no es una pipa”, se titula un cuadro de Magritte que representa una pipa. Los artistas conceptuales son herederos de esa ansia de significación. Pero la han reducido, no ya a la mera anécdota, como lo hicieron, digamos, los academicistas y los pompiers decimonónicos, sino a la mera ocurrencia: a un chispazo de ingenio (que en Colombia suele venir acompañado de un juego de palabras). Y a eso llaman “concepto”.

Pero por mediocre que sea, el arte conceptual es omnívoro, y en consecuencia imbatible. No pudo destruirlo la hacendosa limpiadora del Museo de Bolzano, sino que simplemente lo refinó. Convirtió una instalación conceptual barroca, expresionista, sobrecargada de trastos, de botellas de champaña bebidas y vacías, de colillas apagadas y serpentinas desenrolladas y confetis pisoteados y charcos y bolas de luz de discoteca rotas en el suelo, en otra instalación conceptual minimalista, de rigor jansenista o zen: la que ustedes pueden ver en la fotografía. Una severa bolsa negra de basura en el centro geométrico de la sala, un parlante apagado, dos espejos –uno azul, el otro rosa– a ras del piso de cemento liso y gris.

Las dos artistas que querían ser famosas a la manera provocadora de Beuys y de Hirst partían del moderno principio posduchampiano de que la basura es arte. La limpiadora anónima que corrigió su obra, del antiguo principio preiconoclasta de que el arte es basura.

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