Por Lucas Ospina

Arte y Naturaleza*

En el sur de Colombia, en la región del Putumayo, un artista organizó una estrategia sin precedentes para proteger su tierra del acoso de las empresas petroleras.

2015/03/27

Por Lucas Ospina

Hace unos años, Juan Cárdenas demandó que le reconocieran derechos de autor sobre las 300 hectáreas donde pasaba una parte del año, en una rústica finca, heredada de una rama familiar lejana, donde hay un asentamiento de varias familias de campesinos a los que el artista, desde hace décadas, les permite habitar para que vivan de lo que da la tierra.

“La producción artística es inseparable del campo natural que la inspira”, arguyó Cárdenas en su petición. Degradar la tierra con la construcción de un oleoducto sería el equivalente a degradar su medio de vida. Cárdenas instaló en la mitad de su terreno una puerta abierta con su marco y señaló que la extensión de su obra de arte coincidía exactamente con los linderos del terreno.

Según la ley colombiana los terratenientes solo tienen derechos sobre la superficie de su propiedad; el subsuelo, pertenece al Estado. En el territorio del Putumayo el gobierno puede arrendar el uso del subsuelo a las compañías de petróleo mediante la figura jurídica de las servidumbres petroleras. Una cláusula legal, sin embargo, estipula que las empresas paguen a los propietarios una compensación por todos los riesgos ecológicos que pudiera tener la extracción, así como la contaminación de los cultivos, si los hubiera. El artista Juan Cárdenas registró su obra de arte en la Dirección Nacional de Derechos de Autor bajo el título de Cerrojo.

Cárdenas estimó que si la compensación por daños a las cosechas normalmente era de 5.000 o 6.000 dólares al año, entonces el daño causado a una obra de arte debía ser compensado con mucho más dinero, unos 600.000 dólares como mínimo. Al reivindicar sus derechos de autor de forma oficial, Cárdenas reforzó su argumentación ante un posible juicio. Cuando los agentes petrolíferos vinieron a negociar con él, Cárdenas adoptó la táctica habitual de estas compañías, y les cobró 500 dólares la hora por cada reunión. Finalmente las empresas petroleras y las empresas estatales dejaron en paz al artista. No valía la pena llevarlo a juicio y arriesgarse a la mala publicidad, al menos por ahora, pero la amenaza continúa, la “obra” de Cárdenas está ubicada en un punto estratégico de la zona.

Cárdenas pasa ahora la mayoría de su tiempo en el Putumayo, debe estar al tanto de lo que ocurre. Vive en una casa al lado de las de los campesinos. En una época comenzó a adaptar la casa para un programa de “Residencias artísticas”, pero por ahora el único artista en residencia es él.

Cárdenas ayuda a diario en los cultivos y acarreos, sabe que la vida del campo es cosa dura, no la idealiza, sabe comprender cuando las personas, sobre todo las mujeres y los muchachos, se van a la ciudad y no desean volver, tiene claro que asumirlo debe ser una decisión personal, no una obligación, no un desplazamiento forzado por el desarraigo, el machismo, las malas lenguas, la violencia, la economía, o por todas ellas a la vez.

El artista ha descuidado la obra que lo posicionó como “artista contemporáneo” y que en palabras de un importante curador es un “trabajo de índole crítica que cuestiona y problematiza, desde el punto de vista del arte, los procesos y procedimientos con los que la ciencia altera la estructura de la naturaleza y tiene soberanía sobre ella, un método que invoca el estudio del desplazamiento deconstructivo”.

Esta obra, fotografías a plantas en edificios institucionales y “taxonomías” con las coordenadas y la información de los lugares del registro, se alimentaba de una especie de palimpsesto de imágenes de Google Maps, con documentos e ilustraciones de la Expedición Botánica, recortes de noticias de política y economía alternados con videos de motociclistas urbanos y caballistas rurales. Las obras de Cárdenas están bien cotizadas: sus fotos fluctúan entre 30.000 a 60.000 dólares; está representado por una importante galería de Bogotá y otra en Houston, y participó en la última Bienal de Venecia.

Cárdenas no expone hace más de cuatro años. Tampoco ha entregado el informe final de una beca de creación ni ha hecho la exposición de fotos que se comprometió a hacer en las barriadas de Medellín, donde planteó retratar las huertas locales como forma de “resiliencia natural”.

*Este relato es pensar con el deseo: este arte no existe, la situación no existe, Putumayo no existe, el petróleo no existe, el campo no existe, esto es apenas una adaptación del pleito que entabló el artista Peter von Tiesenhausen en la muy lejana Canadá.


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