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Autoayuda

Los libros nos ayudan y también nos cambian. Nos hablan al oído. De no haber sido porque una maestra de colegio me pone como tarea el análisis de los textos elementales del marxismo, a lo mejor yo hubiese seguido en las garras del Opus Dei, como estaba a mis 15 años

2014/02/28

Por Marta Ruiz

En enero escribió Javier Cercas en El País: “No entiendo el desprecio de los escritores por los llamados libros de autoayuda; al fin y al cabo, todo buen libro nos ayuda a algo: a no sentirnos sometidos, a vivir de forma menos distraída, con suerte a entender alguna cosa, o simplemente a pasar el rato; si no nos ayudaran los libros (o si no nos hiciéramos la ilusión de que nos ayudan), ¿para qué los leeríamos?”.

Coincido con Cercas. Aunque ni por curiosidad he caído en la tentación de leer por ejemplo a Paulo Coelho, no voy a negar que en algunas penas de amor terminé Deshojando margaritas con Walter Riso, dándome golpes de pecho por aquello de Las mujeres que aman demasiado, consolándome con Comer, rezar, amar, riéndome de manera cómplice con el Diario de Bridget Jones, y siguiendo los consejos de Las francesas nunca engordan. Admito que hubiese sido mejor acudir a Marcel Proust. Y reconozco no sin un poco de vergüenza que estos libros son apenas aspirinas para corazones apaleados, medidas de urgencia. Ahhh, pero ayudan, se los juro, a cerrar heridas por la vía fácil o, cuando menos, son un buen placebo.

Los libros nos ayudan y también nos cambian. Nos hablan al oído. De no haber sido porque una maestra de colegio me pone como tarea el análisis de los textos elementales del marxismo, a lo mejor yo hubiese seguido en las garras del Opus Dei, como estaba a mis 15 años. Federico Engels acabó con mi ilusión en el cielo de los católicos y me infundió la utopía de la revolución.

A los 16, mi entusiasmo por las lecturas marxistas era notable. Tanto que un amigo apostaba que podía convertirme en una Rosa Luxemburgo criolla y me puso a leer las Tesis sobre Feuerbach en largas sesiones donde tomábamos notas a lápiz y discutíamos sobre asuntos que yo no entendía mucho y que a él le fascinaban. Vino otro amigo, más adusto aún, y me reprendió por atreverme a leer a Marx sin leer a Hegel y sus Lecciones sobre la historia de la filosofía. Ahí se echó a perder la Rosa Luxemburgo de los años ochenta, y más bien me puse a leer cuentos y novelas, que han sido mi verdadera “autoayuda” en estos años.

Creo que fueron Pedro Páramo y El Llano en llamas de Juan Rulfo los que abrieron mi conciencia política. “Nos han dado la tierra”, “No oyes ladrar los perros” o “Diles que no me maten” me estremecen hasta los tuétanos todavía. Y Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway sembró en mí una romántica idea de la guerra, que otros libros, y la vida misma se encargarían de deshacer.

Por supuesto que Siddhartha, de Herman Hesse, marcó profundamente mi juventud. Me abrió las puertas a una noción que nunca me ha abandonado: la de la conciencia individual. Claro, y el estoicismo. Concepto este al que otro libro afortunado le abrió grietas perdurables: Zorba el griego de Nikos Kazantzakis. ¿Quién no recuerda su versión para cine con aquella banda sonora maravillosa y la imagen de Anthony Quinn bailando extasiado en una playa? Y sí, Zorba volvió mis ojos, y quizá mucho más que ellos, hacia el placer.

¿Qué hubiera sido de mí si no hubiesen llegado a mis manos, por casualidad, los tres tomos de la autobiografía de Elías Canetti, de la que incluso, he tomado como “robo” el título de esta columna? ¿Sin su profunda reflexión sobre la guerra y el autoritarismo? Canetti y Milán Kundera con su Insoportable levedad del ser afianzaron mi vocación por la democracia. ¡Y qué complejo se volvió el amor!

Imposible no mencionar que la perturbadora relación de María Iribarne y Pablo Castells, en El túnel, así como Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, dejaron en mi alma de adolescente una cierta desazón que viaja conmigo hasta estos días. Desazón que tuvo un feliz renacer cuando leí, tardíamente, El cuaderno dorado de Doris Lessing, frente a cuyas páginas me sentí completamente desnuda. Nuevamente desprotegida.

Finalmente, hay libros cuyos fragmentos me ayudan cada día a mantener la esperanza o, sencillamente, la felicidad doméstica. Frases que han resonado por años en mí cabeza, como aquella de Clarissa, en Las horas de Michael Cunningham, cuando evoca, 30 años des- pués, el beso y el paseo, la cena y la compañía de su amado Richard. Pensaba en aquel entonces que ese era el principio de la felicidad, cuando en realidad esa era la felicidad.

O aquella frase que me persigue desde el primer semestre de universidad cuando leí la Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, de Borges, que como un profeta advierte que “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.

Aún guardo la esperanza de que ese instante exista.

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