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Belleza amarga

Para Marta Ruiz, nadie ha logrado descifrar ese sentimiento discordante que produce Medellín, como lo hizo el nadaista Gonzalo Arango.

2010/03/16

Por Marta Ruiz

Todos llevamos alguna ciudad adentro. Una ciudad que, como dijo Kavafis, va con nosotros siempre. Medellín es para mí esa ciudad incomprensible, agridulce y difícil, en cuyo corazón se disputan cada día la placidez de la belleza y el amargo aprendizaje de su violencia. Una ciudad donde el contraste entre el bien y el mal es absoluto. Donde pueden convivir las más modernas industrias con las más pavorosas mafias. Donde cada uno ha visto morir o matar o puede contar una historia de solidaridad y esperanza. Una ciudad sobre la que han corrido toneladas de tinta, kilómetros de rollos de película, y donde han surgido profusas teorías. Que si la cultura de la violencia. Que si el abandono histórico. Que si Pablo Escobar. Que si la sicaresca. Que si la donbernabilidad.

Con perdón de los científicos sociales, muchas de las explicaciones se han quedado cortas. Porque es difícil iluminar las paradojas de las ciudades que son híbridos de modernidad y barbarismo, a las que finalmente, describe mejor la literatura. Después de todo, nadie ha logrado descifrar ese sentimiento discordante que produce Medellín, como lo hizo el nadaista Gonzalo Arango en su apasionado texto Medellín a solas contigo.

¡Oh, mi amada Medellín, ciudad que amo, en la que he sufrido, en la que tanto muero!

Declaración pública de amor y desconsuelo hecha en 1964, que se convirtió en profecía de la violencia como destino fatal de una ciudad que él sentía, ya para entonces, como desalmada.

Sola y pura con tu gloria inhumana. Avara con tu majestuosa belleza. No te das porque a todos has matado, Medellín asesina, Medellín de corazón de oro y de pan amargo.

Hoy, como ayer, los contrastes de Medellín son alucinantes. Usted puede estar una de estas tardes soleadas, bañándose en las fuentes del Parque de los Pies Descalzos –limpias y democráticas–, mientras escucha el susurro de un jardín de bambú a un lado, y ve caminar despreocupados a los niños por una arena blanca, en pleno centro de la ciudad. A la misma hora, no muy lejos de allí, en el barrio La Silla, unos muchachitos con armas automáticas hacen correr a la Policía, mientras disparan contra una misión humanitaria y aseguran que bombardearán todas las casas.

Quisiera vivir en medio de este esplendor de fuerza, sol y poesía. Pero tal vez no. Esta violencia desencadenada terminaría por matarme, es demasiado inhumana.

Al tiempo que todos pueden entrar gratis a los museos, y en medio de las esculturas de Botero, uno puede quedarse boquiabierto con un hombre ingenioso que levita en plena acera; en la ya legendaria Policlínica, apenas a un kilómetro de distancia, varios muchachos se desangran por los tiros que les han dado en plena calle, en plena navidad, y en pleno corazón.

Francamente, Medellín, eres peligrosa. Eres como el diablo para comprarle las almas, con la diferencia de que tú no las condenas al Infierno, sino al No-ser.

El Metro de Medellín o las fabulosas vitrinas de la moda, crean la ficción de que se trata de una metrópoli del primer mundo. A no ser porque los titulares de El Colombiano nos sacan del oasis contemporáneo y nos recuerdan cada mañana que la ciudad es todavía una parroquia conservadora donde la Santa Iglesia puede paralizar una clínica especializada en la salud de las mujeres –mientras calla sobre las clínicas que las convierten en muñecas de silicona–; y donde un puñado de godos tiene el poder de imponer sus prejuicios políticos, vetando incluso eventos culturales como ocurrió el año pasado con Cuba.

Eres endemoniadamente astuta para conservar la vigencia de tus estúpidas tradiciones. No admites cambios en tu poderosa alma encementada. Sólo te apasiona la pasión del dinero y aforar bultos de cosas para colmar con tus mercancías los supermercados.

Medellín parece estar inexplicablemente condenada a la violencia, a pesar de su abnegada clase trabajadora, de su elite puritana que se rinde ante la plata con la misma lujuria que lo hacen las poderosas mafias que se instalaron en ella. Pero ¿tiene algo de excepcional? ¿No es acaso ese el espíritu y la encarnación misma del capitalismo?

¡Oh, alma mía, qué amarga es la belleza!

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