Lucas Ospina columnista de Revista Arcadia.

Calvin y Hobbes

Calvin y Hobbes, en dosis homeopáticas, era parte de la información diaria de millones de personas. La tira del niño y su tigre, que aparecía en más de 2.000 periódicos de 50 países, hoy subsiste en algunos de ellos. En Colombia se publica en el periódico 'El Tiempo'. Lucas Ospina hace un análisis de estos personajes y su importancia en la historia de la tira cómica.

2016/01/27

Por Lucas Ospina

Un niño señala una obra de arte y le dice a su compañero, que la contempla absorto: “Una pintura. Conmovedora. Riqueza espiritual. Sublime… Arte elevado”. En la siguiente escena ambos personajes, sentados en el suelo, miran un periódico, el niño le dice a su amigo: “La tira cómica. Insulsa. Juvenil. Comercial. Trabajo chapucero… Arte de masas”. Luego vemos que ambos sostienen un libro, tal vez de Historia del Arte, con la ilustración de una obra del pop. El niño dice: “Una pintura de un panel de una tira cómica. Ironía sofisticada. Filosóficamente confrontadora… Arte elevado”. En la última escena, ante unos lápices de colores y hojas de papel, el amigo, un tigre de peluche de aspecto desgarbado, le dice al niño: “Supón que yo hago una caricatura de una pintura de una tira cómica”. El niño, a punto de comenzar un dibujo, le responde de forma categórica sin despegar la vista del papel: “Inmaduro. Intelectualmente estéril… arte popular”.

Esta sucesión de cuatro escenas es una de las 3.160 tiras de Calvin y Hobbes, la serie de dibujos que el artista estadounidense Bill Watterson comenzó a publicar en 1985 y que cerró hace 20 años, en diciembre de 1995, cuando sintió que el trabajo había concluido. El periódico fue el espacio de exhibición de esta obra, en el nicho de las “tiras cómicas”, esa zona que, con la masificación de la prensa, tuvo una separata especial dedicada a un género que hacía sentir grandes a los infantes e infantes a los grandes.

Calvin y Hobbes, en dosis homeopáticas, era parte de la información diaria de millones de personas. La tira del niño y su tigre, que aparecía en más de 2.000 periódicos de 50 países, hoy subsiste en algunos de ellos. En Colombia se publica en el periódico El Tiempo, donde se le presta poca atención a la rotación (las tiras se repiten) y un operario descuidado, alérgico a la elegancia del monocromo, rellena los espacios en blanco con degradés chabacanos. Desde hace varios años, ese periódico, junto a tantos otros, recortó costos y dejó de publicar su separata dominical de “muñequitos”. En el pico de su popularidad, y gracias al músculo de su éxito, Watterson pudo abogar por el género, negoció y les ganó la apuesta a las grandes casas editoriales en la ruleta de la prensa: “Para un editor, el espacio es dinero, pero, para un caricaturista, el espacio es tiempo. La espacialidad es lo que le da tempo y ritmo a la tira y, bien usada, aumenta o disminuye la velocidad de la mirada. Un dibujo espaciado donde vemos a Hobbes desapareciendo a lo lejos es una suerte de frenazo visual. Hay un vacío, el ojo descansa ahí y en el panel se crea una pausa”. Watterson quizá sea el último artista que exploró con libertad las contingencias de este género hoy desaparecido en los periódicos.

Esta no fue su única lucha, hubo otra contra el mercadeo. Calvin y Hobbes es un arte hecho para habitar la celda estática de la historieta gráfica, y no hay, ni habrá, al menos mientras su autor pueda impedirlo, peluches, cachuchas o tazas para bebidas calientes con la imagen de los personajes. Mucho menos películas con unos Calvin y Hobbes animados con voces de estrellas de Hollywood, en 3d y con un render a lo Botero, como sucede con Snoopy y Charlie Brown en la recién infantilizada Peanuts, la película. Es mítico el rechazo amable de Watterson a las ofertas de George Lucas y de Steven Spielberg. Se calcula en cientos de millones de dólares la “pérdida” por esta quimera comercial inexistente, un contraste notorio con otras creaciones donde los ingresos por la obra son superados por su mercadeo (el nuevo embate de La guerra de las galaxias –o Star Wars para decirlo en blockbuster–, generará 5.000 millones de dólares en licenciamientos durante su primer año). Lo que “perdió” Watterson en ingresos lo ganó en tiempo para dedicarse con plenitud a un solo arte y alejó así a un comité de abogados y relacionistas públicos que lo separarían de Calvin y Hobbes y que habría terminado por dominar su expresión y contenido.

A la luz de los últimos adminículos tecnológicos, Calvin sigue siendo un niño de seis años pero la serie comienza a envejecer, él es adicto a la televisión pero la ausencia de otro tipo de pantallas o dispersión informativa delata su anacronismo. Sus juguetes favoritos son un trineo, una caja de cartón que sirve tanto de nave espacial como de duplicador y transformador, los macabros muñecos que esculpe con nieve (que fueron elogiados en una carta a Watterson por un fanático, Stephen King) y un juego solitario y dual (lo juega con Hobbes) llamado “Calvinbol”, donde el cambio permanente de reglas es la única regla.

Los diálogos y situaciones de Calvin y Hobbes solo se animan en la imaginación de cada lector, ahí generan respuestas joviales, extrañas y, en algunos casos, inciertas y oscuras, pues se pasa del optimismo de la voluntad a la vulnerabilidad de lo improbable, en un mundo tan rico en capas y variaciones que de forma indirecta, y a veces directa, delata la esterilidad de mucho de ese Arte elevado que desfila encumbrado por las pasarelas inanes de la Academia, la feria, el museo y la Historia.

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