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Canciones

"Todas las canciones de amor que oía de niña estaban en español, y me las aprendía mientras aprendía a reconocer las fachadas de la ciudad y me mareaba en las curvas del país."

2012/01/23

Por Carolina Sanín.

Mi recuerdo de asomarme a la vida de los adultos viene con el recuerdo de ir en carro. Todas las canciones de amor que oía de niña estaban en español, y me las aprendía mientras aprendía a reconocer las fachadas de la ciudad y me mareaba en las curvas del país. En las calles —cuando acompañaba a mi mamá a hacer lo que ella llamaba “diligencias”— había más canciones que en el campo, porque cuando estábamos bajando por entre las montañas, hacia las vacaciones en la tierra caliente, el radio no captaba ninguna emisora. La banda sonora de las carreteras estaba en dos o tres casetes, todos de Serrat. Los viajes por lugares desconocidos servían para repetir de memoria canciones que eran nuestras, en tanto que las diligencias por lugares repetidos traían letras nuevas y nos dejaban esperando a que el azar volviera a hacerlas sonar en el radio para que guardáramos en la memoria cada vez un verso más.

Eran los años setenta y ochenta, la época dorada de una música no folklórica, que venía de todos los países de habla hispana, y cuyo nombre propio yo desconocía. Había oído que la llamaban “música romántica”, pero creo, no sé bien por qué, que me habría dado cierto pudor pronunciar ese nombre siendo niña. Recuerdo una emisora que se llamaba Cerros Estéreo, y me parece recordar otra que se llamaba Cristal o Diamante. O a lo mejor me la estoy inventando en busca de una palabra que evoque el vidrio del carro, desde donde yo miraba la tierra mientras descubría qué era la rima.

Mientras iba en carro y oía canciones, y aprendía a usar la memoria, me educaba en la vida emocional. Adelante íbamos mi mamá y yo, y atrás iba mi hermano menor, con las rodillas en cuña entre nuestros asientos. Los tres cantábamos estribillos de Julio Iglesias, Paloma San Basilio, Juan Gabriel, José Luis Perales, Yuri, Rocío Durcal y Pimpinela, sobre amores robados, lunas de miel, lágrimas, sábanas y la otra. “Todas las promesas de mi amor se irán contigo”: con la misma convicción que Jeanette lo declarábamos David, que tenía cinco años, y yo, que tenía ocho (y las niñas de Cría Cuervos, que vi mucho después). Me esforzaba por ponerme en el lugar de la persona que cantaba; por sentir su desgarramiento y llenarme de la valentía que la llevaba a exhibir su dolor. Yo era la cantante que celebraba el enamoramiento y el cantante que lamentaba la traición, y era feliz al anticipar las desdichas de una vida futura en la que podría cantar con sinceridad.

No sé si fue bueno haber tenido la oportunidad de plantear la experiencia antes de vivirla, y de suponer que el amor era algo tan verbal —y en últimas tan inocente— como enseñaban aquellas canciones. No sé qué tan bueno haya sido inscribirme prematura e irreversiblemente en el drama y el melodrama de mi cultura, pero recordar ese entrenamiento quizás me ayuda a entender el funcionamiento de la tradición oral de la poesía lírica: cantaba esas canciones para imaginar los sentimientos de mis padres, así como mis padres, cuando niños, cantaron tangos y boleros imaginando los sentimientos que habían unido a los suyos.

Doy vueltas tratando de encontrar el nombre de esa música que me explicaba el amor de antes de que naciera y me prometía el amor para cuando fuera grande. El nombre es canciones. Mala o buena, fue la lírica popular de una época. Ahora, oigo que mis contemporáneos la llaman “música para planchar”, figurándosela como acompañamiento de las labores domésticas, o tal vez propia de sirvientas, en contraste con una más enaltecida y en otra lengua (que quizás llamen “música para contratar a alguien que planche”). Me parece curioso que finjan ironía cuando se encuentran con aquellas canciones que aprendimos con la distancia envidiosa de la edad y nunca con la distancia desdeñosa del sarcasmo y mucho menos con la distancia cínica del clasismo.

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