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Chávez y Chomsky

Antonio Caballero y la lectura que recomienda Chávez

2010/04/29

Por Antonio Caballero

Lo habitual es que los dirigentes políticos, los hombres del poder, aprovechen su posición de privilegio para que se vendan sus propios libros. Lo hizo, por ejemplo, Hitler con su Mein Kampf, Mi lucha, que lo volvió uno de los hombres más ricos de Alemania aún antes de que su lectura –o por lo menos su adquisición– se hiciera obligatoria. Lo hizo Mao Tsé Tung con su “Librito rojo”, que millones y millones de chinos agitaban –y a lo mejor también leían– durante la Revolución Cultural. Lo han hecho también gobernantes llamados, por llamarlos de algún modo, democráticos: Bill Clinton con sus memorias, por las cuales le pagaron una millonada en dólares, Andrés Pastrana con las que le escribieron sus amigos sobre el sainete del Caguán, que al parecer han sido un fiasco en términos de ventas. Y así sucesivamente.

No voy a remontarme a los tiempos remotos en que el legendario Emperador Amarillo de la China hacía quemar todos los libros que no fueran el suyo.

O lo habitual ha sido –también– que los escritores se dediquen a vocear los libros de los hombres del poder, por entusiasmo genuino o por simple lambonería. O que, directamente, se los escriban: los poderosos no suelen tener tiempo para perderlo escribiendo tonterías. Quiero decir: para perderlo dedicándolo a la tontería de escribir. Apenas les queda el necesario para firmar los decretos que sus secretarios les preparan. ¿Han observado ustedes cómo les crece la mano a los presidentes? Es de tanto firmar. Gobernar es firmar, dijo alguno de los que tuvimos en Colombia.

Pero lo que no es habitual, en cambio, es que sea un hombre del poder, un jefe de Estado, el que le haga campaña publicitaria al libro de un escritor.

Es lo que acaba de ocurrirle (hace ya unas cuantas semanas, de acuerdo: pero es que no es verdad, como parecemos creer todos en este país desmemoriado que es Colombia, que lo ocurrido hace más de una semana carezca de importancia), al lingüista y ensayista político Noam Chomsky. Se levantó en el recinto de las Naciones Unidas en Nueva York el presidente venezolano Hugo Chávez, subió a la tribuna y ante la congregación de gobernantes del mundo entero –y, sobre todo, ante las cámaras de todas las televisiones del planeta– dijo que había que leer el más reciente libro de Chomsky sobre los peligros de la hegemonía imperial de los Estados Unidos. Y mostró un ejemplar del libro a la redonda.

El efecto fue inmediato y asombroso. Se desbordaron las ventas. Hubo que hacer nuevas ediciones y encargar traducciones a las volandas. Y eso que hay que advertir que los libros de Chomsky sobre la política norteamericana –o sea, todos– son casi tan áridos como sus propios tratados de lingüística: reiterativos y repletos de notas de pie de página obsesivas y minuciosas y en muchos casos, si se me permite decirlo, completamente superfluas. En fin: el caso es que, de la noche a la mañana, el libro antiimperialista del profesor norteamericano recomendado por el antiimperialista gobernante venezolano se convirtió en un bestseller. Para gran satisfacción de la casa editorial, que es, como habrán adivinado ustedes, una poderosa multinacional imperialista norteamericana.

Nadie sabe para quién trabaja.

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