Nicolás Morales practicante de Arcadia.

Súplica por una nueva Cinemateca

Esta columna tiene como único propósito pedirles a las nuevas autoridades culturales no archivar uno de los cientos de proyectos manejados por la Alcaldía anterior: el de la nueva Cinemateca. Así de simple.

2016/01/27

Por Nicolás Morales

En diciembre, el periódico El Tiempo realizó un análisis de cada una de las secretarías de gobierno de Bogotá. Pues bien, la única que no incluyeron fue –adivinen– cultura. La cultura y su extraño no lugar. Extraño, digo, porque fue un sector que tuvo recursos (muchos más que el Ministerio de Cultura) y cuya secretaria-gerente detentó el cargo durante todo el periodo (una rareza en el gobierno Petro). Como en Colombia escasean los estudiosos sobre política cultural, mi corazonada es que nunca sabremos lo que pasó ahí dentro. Ni lo bueno, ni lo malo, ni lo feo. No quiero trabajar con intuiciones, relatos de amigos ni de enemigos. No conviene tampoco analizar una obra de gobierno a partir de las personalidades de sus dirigentes y menos aún de la de Clarisa Ruiz, quien mantuvo su estilo controvertido de gobierno. Tampoco sirven todas esas cifras con resultados que produjo la Alcaldía, abundantes hasta en las peores secretarías de cultura departamentales de este país. Esperaré entonces a ver si aparecen los expertos.

Entretanto, no podemos perder tiempo. Por eso esta columna tiene como único propósito pedirles a las nuevas autoridades culturales no archivar uno de los cientos de proyectos manejados por la Alcaldía anterior: el de la nueva Cinemateca. Así de simple. Sé que es pronto para examinar solicitudes. Y sé que hay otras urgencias y otra decena de buenos proyectos. Pero, por si las moscas, me adelanto con este. Queridos lectores, la Cinemateca fue y sigue siendo un espacio importante en la ciudad. La memoria audiovisual de una parte del siglo xx tuvo un cancerbero importante. A pesar de que en estos últimos años Julián David Correa, su director, ha logrado armar una soberbia programación, esa Cinemateca de la séptima, lo siento, ya no es digna de Bogotá. Perdonen mi franqueza, es una cueva oscura, fría y muy pequeña. Atrasada tecnológicamente, limitada en accesos y, digámoslo, sencillamente fea. Desde Uruguay hasta México se sabe que los países con políticas culturales sólidas construyen un espacio público citadino y moderno, grande y activo en torno a la exhibición de muchas cinematografías, incluyendo la propia. De lo que se trata es de curar muestras y ciclos de cine a la manera en que lo hacen los curadores de arte. Pero en un espacio digno.

He dicho en columnas anteriores que el Estado colombiano se ha preocupado demasiado por la producción nacional y muy poco por la exhibición, no solo de su cine, sino de otros cines. Pues bien, Bogotá está en mora de tener una cinemateca de las calidades de la Cineteca mexicana. De acuerdo, no será tan grande como esa, pero tal como está en el proyecto cuadriplica la capacidad de exhibición actual. ¿De qué sirve modernizar nuestra Cinemateca? De muchas cosas. Es un polo de construcción de memoria, para mostrar el error de quienes piensan que el cine nació ayer. Es un centro de reconocimiento de carreras de realizadores, de fotógrafos inauditos o de grandes actrices. Es la posibilidad de ver cine olvidado, marginal o incluso comercial de gran factura. Es un formidable catalizador de cinematografías con problemas de exhibición proliferando hoy por todas partes, cuyo déficit en carteleras locales no se compensa por más que hagan y se esmeren haciendo los Avenida Chile y los Tonalá. Creo que de cada diez películas de cine arte de calidad que se producen, solo una se exhibe en Colombia. Por último, una cinemateca es un centro de estudio. Porque el cine se estudia, y mucho. Y para ese estudio no basta la universidad.

Algo de todo esto se hacía en la actual Cinemateca, pero con menos recursos y con una sola sala. De ahí que se pensara en el proyecto de expansión. El proyecto ya tiene planos (muy bonitos) y, milagro: el lote ya fue destinado. Es decir, solo hay que construir el edificio y dotarlo. No es poca cosa, pero este es un proyecto seriamente planeado y eso hay que abonárselo a Correa y a sus jefes. Dirán mis lectores: su columna debería propender porque la gerencia cultural de Peñalosa continúe con todo lo bueno y descarte lo malo. Eso es verdad, pero es que, honestamente, no me atrevo a pontificar sobre qué fue lo mejor y qué fue lo peor de la pasada administración cultural. He dado puntadas en anteriores columnas sobre lo que me gustó. Pero no puedo hablar de lo que específicamente fracasó. Eso sí, me tomaré el atrevimiento de decir que Petro no entendió para qué sirve la política cultural en Bogotá y la prueba de ello fue su poca implicación con lo que ahí se jugaba. Petro poco habló de cultura, en un sentido tradicional de la palabra; en mi opinión ni siquiera ligó el asunto de la cultura política con las políticas culturales. Tal vez por eso su gerente fue una persona que venía de trabajar con gobiernos nacionales y uribistas, alguien sin mucha influencia en la Alcaldía. Es curioso, en los gobiernos de izquierda en Europa conjugan esa fuerza de lo cultural de una manera extraordinaria. Y no lo vi en la Bogotá Humana. Supongo que esto es debatible o quizás ni siquiera interesa. Pero, mientras esa discusión se da y logramos ver con claridad las estructuras operativas de lo que realmente pasó, entre tanto, señor nuevo alcalde, hagamos esa bendita Cinemateca.

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