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Los vínculos

Carolina Sanín habla de la relación entre su generación y los desastres del Palacio de Justicia y Armero.

2015/11/20

Por Carolina Sanín

En uno de los especiales que se hicieron sobre la toma del Palacio de Justicia para la televisión hace exactamente cinco años, cuando se conmemoraban los 25 de la masacre, hubo una sección en la que se preguntaba a personajes importantes de la vida nacional “¿Usted dónde estaba ese día?”. Los entrevistados (el actual presidente, el actual procurador, el fiscal de hace cinco años) respondieron, uno por uno, que estaban desempeñando sus respectivos cargos preimportantes. Vi el programa hoy, me pregunté dónde estaba yo ese día, y no me encontré en ninguna parte. Aunque tenía doce años y puedo recordar con relativa nitidez muchos otros acontecimientos de la misma época, no recuerdo casi nada de aquel día.

Me siento en falta y estafada. Gracias a las imágenes que he visto y a cuanto he leído creí que recordaba, y hasta anoche pensé que iba a escribir esta columna acerca de cómo la irresponsabilidad del gobierno, la estupidez soberbia de la guerrilla y el bárbaro exceso de los militares habían constituido, con su ejemplo, la fundación de la ineducación política de quienes éramos entonces adolescentes. Antier oí el discurso paternalista que pronunció entonces el presidente Betancur, en el que habla de sí mismo en tercera persona, e iba a escribir de cómo mi generación creció con ese ejemplo de ligereza que luego vio repetirse, interpretado por otros actores, a lo largo de tres décadas. Iba a escribir de nuestra sensación de desamparo y alienación con respecto a las instituciones, e iba a decir que la toma del Palacio de Justicia llevó a mi generación a superponer la imagen del caos a la noción de poder y a creer que cualquier catástrofe que sucede es un accidente. Iba a optar por una leyenda (por decir que el 6 de noviembre de 1985 se originaron nuestro escepticismo y nuestro miedo), pero ahora, al ver que no me acuerdo de nada, sospecho que lo que nos hicieron esos días es más grave que lo que pensé: lo que nos hicieron es que nos desubicaron y nos desvincularon.

Como en la película Luz de gas, en la que un hombre le esconde y le cambia de lugar objetos a su esposa para convencerla de que está hechizada y loca, y entonces poder mandarla a un asilo y apropiarse de su casa y de cuanto le pertenece, a lo largo de muchos años las mentiras en torno a lo sucedido en el Palacio de Justicia pretendieron confundirnos y sacarnos del país. A la naturaleza de lo que pasó en esos días corresponde que no nos acordemos; porque todo se puso perversamente fuera de lugar: un tanque de guerra entraba por la puerta de una corte de justicia. Un cañonazo abría un boquete en la fachada de un edificio lleno de gente. El palacio ardía a lo largo de la noche sin que supiéramos lo que estaba pasando. El ejército sacó a personas vivas del palacio, las mató afuera y luego las volvió a meter. Se improvisaron tumbas. Se calcinaron y se lavaron los cuerpos. En la plaza de Bolívar, en el centro del poder y de la ciudad, en el paso de un día al día siguiente, a la realidad se le dio la forma de un sueño que nadie había soñado.

Seis días después de la toma, en una catástrofe también prevista y tampoco prevenida, una avalancha de lodo arrasó con la población de Armero. Esa destrucción era la reiteración desplazada de la del Palacio de Justicia. Los medios transmitieron las largas horas de agonía de una niña atrapada en los escombros de su casa, y, nuevamente, una cosa estaba en el lugar de otra, como en los sueños: Omayra Sánchez era exhibida allí (no allí) donde se había silenciado a los rehenes del palacio. Ella era Alfonso Reyes Echandía una semana después, o él había sido ella una semana antes, como en un tétrico número de posesiones fantasmales. Los dos desastres, el del fuego y el del agua, conformaban una pesadilla que debía disolverse al día siguiente, aunque conformaban en realidad el final del país que habitábamos. En medio de las sustituciones, nuestra memoria se borraba.

Hoy se me ocurrió la idea tenebrosa de que, desde noviembre de 1985, no he estado aquí y al mismo tiempo he estado aquí sin salida; a la vez desalojada y encerrada. En esa semana de noviembre me extravié, y quizás conmigo se extravió parte de mi generación, que, por cierto, siempre me ha parecido más o menos una generación de náufragos. Me veo en este continuo lance de negociar el acorralamiento de vivir en un país que no tiene sentido, y entonces trato de dar un paso que me acerque a los atrapados (a los rehenes del Palacio de Justicia, a los sepultados por el volcán) y me muestre mi propia memoria desaparecida. Quiero unirme a los que exigen la verdad porque voy entendiendo que sin cuentas no hay vínculos; que sólo la verdad y la narración de la agonía pueden generar la empatía y la indignación, y que el conocimiento es la compasión.

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