Foto Artbo: Guillermo Torres.
  • Foto Artbo: Guillermo Torres.

ArtBo: la feria de arte como experiencia pedagógica

Lucas Ospina, columnista de Arcadia, hace una reflexión sobre la transformación de ArtBo en los últimos años. Para él se ha convertido en una experiencia pedagógica ineludible.

2015/11/20

Por Lucas Ospina

En la pasada Feria Internacional de Arte de Bogotá, artbo, un estudiante de Artes Plásticas se plantó ante una pieza que llamó su atención. Se trataba de una fotografía en gran formato, acorde en brillo y dimensión al feng shui actual del buengustismo mínimal con que se decoran los apartamentos tipo loft propios de la burbuja inmobiliaria.

Era la foto del cuerpo de una mujer desnuda en tres cuartos de perfil acostada sobre el suelo, plácida, con la cabeza apoyada en un brazo. En su mano libre, una pipa, de la boca sale una bocanada de humo y atrás se ve la silueta de su sombra difusa. El estudiante reconoció el nombre de la autora de la obra, una artista que había sido mencionada esa semana en una clase, la performista María José Arjona. El estudiante no pudo ocultar su entusiasmo, se quedó estático haciendo todo tipo de asociaciones: pensaba si esto tenía que ver con la famosa imagen de Magritte, Esto no es una pipa. Pensó en la pipa como algo masculino y en la mujer desnuda que fumaba con suficiencia, como si ella fuera la auténtica propietaria del fuego. Pensó en la sombra como un eco del humo, y en cómo se fundían la oscuridad y la lividez del cuerpo. Pensó en que la fotografía era la muerte del performance, pero que a la vez salvaba al artista de morir de hambre. Pensó en el arte de fumar, ya casi extinto, y sintió ganas de volver a hacerlo. Incluso pensó que solo se trataba de una mujer desnuda que está fumando una pipa.

Si solo se necesita un atisbo de fe para mirar una obra, aquí estábamos ante un proceso de devoción, ante un paciente con los primeros síntomas de un mal: el Síndrome de Stendhal, como se conoce a esa enfermedad psicosomática que causa temblores, vértigo, confusión, palpitaciones, depresiones e incluso alucinaciones cuando la persona es expuesta a obras de arte, especialmente cuando estas son particularmente bellas o se muestran en gran número en un mismo espacio (como sucede, diríamos, en la febril semana bogotana del arte de artbo como astro tutelar y su constelación de eventos paralelos).

El estudiante, casi hipnotizado por la imagen, notó que a su lado se daba una conversación entre una galerista extranjera y un cliente que, impacientes, esperaban a que el espacio estuviera libre para poder continuar su trato. El estudiante se dirigió a ellos para compartir su pequeña epifanía. La galerista, malhumorada, en un español marcado por un acento italiano y con el típico manoteo latino, le dijo al estudiante que ese “no era un lugar para interpretar el arte”, y con la avanzada de un gesto corporal dio a entender que el estudiante debía irse y liberar, para bien del negocio, el espacio que había habitado ociosamente por unos segundos.

Mientras esto sucedía en una zona de la feria, en otra desaparecían misteriosamente celulares y computadores de los cubículos de algunas galerías. Los ladrones, al parecer, eran legión y atacaban en distintos sitios sin que nadie pudiera dar cuenta de ellos. Se dijo que iban camuflados como personas bien vestidas, que actuaban con diligencia, que mientras unos preguntaban precios y entusiasmaban a los galeristas, otros se llevaban los objetos de valor. Entre los que coronaron estuvo el que se llevó tal vez la pieza más extraña de la faena: una pintura modesta, del “abstraccionismo zombi” ahora tan de moda, expuesta en la Galería Vermelho, de Brasil. Cuando fueron a mirar las cámaras de seguridad del pabellón se dieron cuenta de que estaban dañadas, el único registro del sofisticado performance de los ladrones era la memoria y su medio, claro está, era el rumor (como quedan registradas la gran mayoría de transacciones, tejemanejes y premiaciones de la feria). Luego de esos robos iniciales, la seguridad se reforzó. Alguien dijo que a los guardias de seguridad, usando la misma estrategia de los ladrones –vestirse de gente elegante y darse ínfulas de conocedores– solo les faltó disfrazarse de artistas.

Unas semanas después del cierre de la feria, en las exposiciones de trabajos de estudiantes, en corredores, cafeterías y salones improvisados, se hizo evidente el aprendizaje del curso intensivo de artbo: estudiantes pobretones que dejaban caer sus trabajos en el suelo o sobre la superficie manchada de mesas de trabajo, a lo Pollock; o estudiantes sin ideas que recurrían a los mismos marqueteros, que no daban abasto en los días previos de la feria, para un encargo tipo ferial: un marco grandilocuente, con buenos acabados, lacado en blanco tipo tienda Apple, donde una moldura gruesa dejará espacio suficiente entre los bordes, el vidrio y la obra, una suerte de caja de resonancia en la que cualquier cosa pueda ser llamada arte.

Estudiantes, artistas, galeristas, gestores, marchantes, coleccionistas, cacos, celadores, curadores, relacionistas públicos, guardianes, guardaespaldas, expresidentes, profesores y hasta el más casual espectador no podrán negar que la feria de arte artbo se ha convertido en una experiencia pedagógica ineludible.

Solo Dios y el Diablo sabrán qué hemos aprendido.

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