Carolina Sanin

La lengua de los animales

"Matamos a los animales para negar la muerte". Carolina Sanín escribe acerca de su decisión de volverse vegatariana.

2013/09/11

Por Carolina Sanín

Cuando tenía siete años tuve que asistir a una marranada, que era como se llamaba en Antioquia, o es como se llama, la matanza de un cerdo a cielo abierto y la ingestión inmediata de su carne. Unos hombres trajeron al cerdo, lo inmovilizaron y le abrieron la garganta. Él gritaba y convulsionaba. La sangre de su vida terminó de manar, corrió por el suelo como un arroyo de lava y se estancó más allá convertida en basura. Se acabó para siempre ese cerdo, que vivía y conocía el mundo desde su cuerpo prodigioso, como usted y como yo, y que había nacido para que el tiempo siguiera existiendo, como nacemos todos los animales de la Tierra.

Se había convocado, para ese espectáculo de dolor, a la familia extensa, es decir, a un grupo de extraños que debían creer que, juntos, conformaban algo mayor y más duradero que sus breves vidas individuales. La sangre del cerdo debía servir para convencernos de que existía un lazo de sangre entre nosotros. En torno al muerto debíamos sentir que éramos una familia; confiar en la posibilidad de reproducirnos y repetirnos, de extendernos y prolongarnos más allá de la muerte.

Ese día conocí a decenas de parientes a quienes nunca había visto y a quienes jamás volví a ver. Había viejos redondos como cerdos y niños huidizos como ratones. Nos animaban para que tocáramos la cabeza muerta, ya cubierta de moscas. Yo estuve confundida, sin saber qué sentir y sin poder hacerme responsable de lo que debo de saber desde que nací: que los animales tienen vida. Que cada animal tiene su vida y que esa vida no es una extensión de la mía. En un momento, a pesar de mi confusión, vislumbré el repudio que el recuerdo de ese día me haría sentir en el futuro. Fue el momento en que, por hacer la burla y probablemente borracho, un señor se puso en la boca, como si de ella le brotara, la lengua del muerto; la lengua en la que, maravillosamente, nunca se formó una palabra.

A pesar de haber visto la agonía comí de aquel cerdo y, hasta hace poco, de todas las especies de animales que me ofrecieron. He escrito aquí dos veces la lista y dos veces la he borrado. Aunque puedo creer en el poder expiatorio de la confesión detallada, me parece ominoso escribir los nombres de los animales que murieron para que yo pudiera decir que sabía a qué sabía su carne; los nombres que, según dice el Génesis, yo misma les di a los animales vivos, en el Edén, por invitación de Dios.

Fui a corridas de toros, a una pelea de gallos, a zoológicos. Creía que observar la impotencia de los animales frente a la violencia del hombre era ver a los animales. Creía que, al ver al animal sobrecogido por el destino, al presenciar el momento en que daba la vida, podría oír lo que él tenía que decir. Quería oír a través de su muerte, literalmente, una noticia del otro mundo.

Matamos a los animales para negar la muerte. Nos engañamos pensando que no matamos al matarlos; que ellos no mueren realmente sino que dan la vida, que continúa al ser recibida por otro, por nosotros. Todo sacrificio entraña la creencia en un más allá, en la comunicación entre los mortales y la inmortalidad. Sacrificamos para decirnos que no moriremos realmente cuando muramos; que viviremos en la nada que nos ha de devorar, como supuestamente el animal vive en nosotros cuando lo comemos. Matamos por no poder aceptar que lo único que podemos esperar, según la ley que nos hemos dado, es que nuestro final no dependa del capricho de nuestros semejantes.

Yo quisiera poder someterme a la certeza de mi caducidad. Aceptar que no existe el sacrificio, sino solo la vida, que se acaba. Quisiera entender que no me prolongaré en el tiempo a través de quienes llevan mi sangre ni a través de quienes comparten mi especie. Que, al ser irrepetible, soy tan hermana del cerdo que me enternece como del hombre que me asustó al ponerse por máscara la lengua del cerdo y a quien desprecio en este recuerdo. Quiero asumir que solo puedo durar en el presente, a través de la compasión. Y, al entender que moriré, no matar más. Y entonces sí empezar a oír lo que los animales dicen. O sea, lo que no dicen porque no puede decirse.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.