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Día gris para los medios

Los medios de comunicación tienen el gran poder de escoger quién hace parte y quién no de los debates públicos. Si bien las redes sociales han democratizado el acceso a esos debates, los medios todavía ostentan una buena cuota de poder para escoger columnistas, protagonistas de historias y entrevistados. La calidad del debate público depende de esta escogencia.

2016/02/28

Por Sandra Borda

El 16 de febrero, dos importantes medios de comunicación colombianos tomaron dos decisiones (a lo menos “polémicas”) que quisiera analizar aquí. La primera fue la entrevista que le hizo Camila Zuluaga a Ernesto Yamhure y que publicó El Espectador ese mismo día. Debo advertir antes que no hablo como observadora desprevenida: yo misma he sido víctima de las injurias que ha difundido Yamhure en Twitter. No las voy a repetir aquí ni las voy a debatir.

Mi reparo más bien es con la decisión de realizar la entrevista, con la naturaleza de la misma y con la decisión editorial de publicarla. Con respecto al primer tema, es preciso anotar que los medios de comunicación tienen el gran poder de escoger quién hace parte y quién no de los debates públicos. Si bien las redes sociales han democratizado el acceso a esos debates, los medios todavía ostentan una buena cuota de poder para escoger columnistas, protagonistas de historias y entrevistados. La calidad del debate público depende de esta escogencia. Por eso, cuando vi la entrevista me pregunté de inmediato en dónde reside la virtud de escoger a alguien que, como Yamhure, ha participado en la conversación nacional a punta de injurias e improperios, de insultos y acusaciones sin probar, y tampoco me queda claro cómo mejora esto nuestro intercambio de ideas sobre la paz y otros asuntos públicos.

Pero en aras del análisis ignoremos el punto anterior y afirmemos que es preciso abrirle a Yamhure un espacio de participación como analista o como político si queremos tener una conversación incluyente, pluralista y democrática. Si eso es así, ¿no era una obligación hacer una entrevista más desafiante y menos condescendiente? ¿De verdad la difusión de improperios y chismes por Twitter califica como “investigación política”, como la definió Zuluaga en una de sus preguntas en la entrevista? ¿No se merecían la pila de víctimas de los improperios una pregunta sobre el tema? Al contrario, terminamos todos recibiendo lecciones sobre el uso de un lenguaje de paz de una de las personas que menos autoridad moral tienen para impartirlas.

Y finalmente, ¿cuál es el valor periodístico que le encontró El Espectador a esa entrevista? ¿Se volvió “bueno” Yamhure ahora que suavizó su posición frente al proceso de paz? ¿Hacemos borrón y cuenta nueva y de trol lo transformamos en estadista? Todo el mundo se merece una segunda oportunidad y si Yamhure quiere abandonar los insultos y cambiarlos por ideas, bienvenido sea a la civilización. Pero la transición tiene que ser gradual. Las entrevistas no son como el palito de los Hombres de Negro que con un destello logra borrarle la memoria a la gente que ha visto extraterrestres. Si se entrevista a alguien ignorando quién ha sido y lo que ha hecho, se corre el riesgo de subestimar a los lectores y de dejarlos con la amarga impresión de que lo que se está tratando de hacer es lavarle la imagen al entrevistado.

*

La segunda decisión, ese mismo día, corrió por cuenta de La FM y su directora Vicky Dávila, quien publicó el video completo de una conversación erótica entre el exviceministro del Interior y un capitán de la policía. El video no contiene, hay que dejarlo claro, una sola prueba de que delito alguno haya sido cometido.

En rueda de prensa, el procurador Ordóñez hizo referencia a dicho video y lo vinculó con la investigación sobre la Comunidad del Anillo –supuesta red de prostitución en la Policía Nacional–. Así que sobra preguntarse quién filtró el material. Hecha la filtración, cometido el error garrafal de la emisora: decidieron publicar en su web el video completo con el argumento de que constituía prueba de un delito. De nuevo: en los 8 minutos del video no aparece evidencia alguna de que se esté violando la ley.

Veamos si me alcanza el espacio para enumerar las implicaciones perversas de semejante decisión. 1. Dávila se arrogó el derecho a exponer la vida personal de un funcionario sin lograr ningún objetivo de carácter periodístico. Le apostó al morbo y al amarillismo sin ruborizarse. 2. Sin que se haya probado comisión de delito alguno, el viceministro tuvo que renunciar de inmediato porque este país de ultragodos no aguanta que lo expongan a una conversación erótica y menos si es entre una pareja homosexual. Dávila seguro no ignoraba este factor. 3. Mejor ni mencionar el efecto que debió tener sobre los hijos, la esposa y las personas cercanas al viceministro, el que todo el país tenga la posibilidad de observar dicho video en la página web de La FM.

Aquí el objetivo no era publicar la prueba de un delito, sino, a través de una alianza Procuraduría-La FM, jugar el jueguito del oráculo moral que tanto les gusta a algunos medios y del que es exponente número uno el procurador Ordóñez; para, sin decirlo y sin reconocerlo, exponer “la vulgaridad del sexo entre homosexuales”, denunciar “la suciedad” del mismo, azuzar la “repugnancia” de los voraces fanáticos antigays. El asunto fue un caso flagrante de intolerancia solapada, disfrazada de denuncia y de investigación periodística.

Todos tenemos malos días y los medios tienen su derecho a ellos. Ojalá un mal día no se convierta en una mala racha…

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