¿Comedia infantil?

Marta Ruiz reflexiona sobre el papel de los niños en el conflicto armado.

2011/07/19

Por Marta Ruiz

Henning Mankell, el popular escritor sueco, tiene una especial inclinación a retratar a la sociedad a través del crimen. Kurt Wallander, el complejo y solitario inspector que protagoniza su saga policiaca, se enfrenta a los más retorcidos delitos que se cometen en su muy civilizada sociedad. Pero Mankell se ha pasado media vida en Mozambique y ha dedicado buena parte de su obra a narrar la desolación del continente de arena. Lo logra de manera muy conmovedora en Comedia infantil, un texto llevado al cine, que cuenta la historia de un panadero que vive en un ático de Maputo y que un buen día encuentra herido de muerte a Nelio, un niño de diez años, a quien todos conocen en el bajo mundo.

 

En sus pocos años de vida, Nelio lo ha vivido todo: la guerra en la que perdió a su familia; fue reclutado y obligado a matar a su primo; vivió como mendigo, sufrió por amor y soledad, luchó por la sobrevivencia y se convirtió en un perspicaz jefe de una pandilla callejera. Pero Nelio sabe que va a morir y a lo largo de nueve noches le relata al humilde panadero los avatares de su vida.

 

Una historia similar inspiró a Dave Eggers para escribir su novela Qué es el qué, en la que un niño refugiado de Sudán, Valentino Achak Deng, cuenta prácticamente la misma historia: masacre, reclutamiento, campo de refugiados, delito, soledad, desamor y, en este caso, exilio en Estados Unidos.

 

Pero no hay que ir tan lejos. Hace años Alfredo Molano publicó una crónica memorable llamada “Toñito”, sobre un pequeño que huye de su caserío durante un ataque de los paramilitares en Urabá y termina de indigente en las calles de Cartagena. Un día cualquiera, desconocidos le prenden fuego a él y a sus amigos en la alcantarilla donde solían esconderse. El niño, que tenía diez años, no pudo ser adoptado por el médico que lo atendió en la clínica por las ya conocidas trabas burocráticas del ICBF. Lo condenaron, seguramente, de nuevo a la calle.

 

Recuerdo también una historia que conocí directamente algún tiempo atrás. Se trataba de Jimmy, un chico de San Vicente del Caguán que a los once años se incorporó a las filas de las FARC junto a todos sus hermanos y primos, cuando con las primeras fumigaciones su abuelo perdió todo lo que tenía para la subsistencia de la prole. El muchacho terminó enfundado en un uniforme camuflado que nadaba en su famélico cuerpo y cargando un fusil más largo que sus piernas.

 

Quedó herido cuando tenía apenas catorce años, durante un combate en el que ni siquiera pudo disparar, paralizado como estaba por el miedo. Como si fuera el más veterano de los soldados, les pidió a sus compañeros que huyeran y lo abandonaran a su suerte. Un campesino que pasó por allí se conmovió de verlo moribundo en tan tremenda soledad. Pero no tuvo el valor del panadero de Mozambique y siguió de largo. Cuando ya casi se iba de esta vida, apareció en el horizonte un helicóptero que tenía como misión recoger las “bajas” del día, las mismas que irían a parar a fosas anónimas de cualquier cementerio.

 

Jimmy se salvó de morir y estuvo durante cuatro años en el ICBF donde recibió cursos inconclusos de panadero, ebanista, soldador, pero no pudo ni siquiera terminar la primaria. Cuando me lo encontré acababa de cumplir dieciocho años y estaba tan asustado y confundido como el día en el que sobrevivió a un combate en el que ni siquiera pudo disparar.

 

Hace varias semanas el ministro del Interior Germán Vargas Lleras se felicitaba a sí mismo ante las cámaras por haber logrado la identificación de seis mil personas sepultadas en cementerios como NN. De doce mil más, dijo, no se obtuvieron datos fiables. Y oigan esto: la tercera parte son menores de edad. Cuatro mil niños reposan en tumbas anónimas a lo largo del país, la mayoría en zonas donde en la última década ha habido cruentos combates.

 

Ahora nos dice la ONU que el reclutamiento de niños se ha recrudecido. Pero en el país de la prosperidad y las locomotoras, estas noticias no le hacen mella al optimismo.

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