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Comiendo delante del pobre

Nicolás Morales examina el teatro en Colombia y la inusitada reacción del público ante el Festival Iberoamericano de Teatro

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Llegó el festival de teatro para inundar la ciudad de saltimbanquis australianos, actores ingleses y enanos del Gabón. La ciudad parece un oasis de cultura y los bares se llenan de rubios y rubias, superinteresantes, que trabajan en las noches en obras rarísimas y que hacen de la ciudad una plataforma mundial de cultura muy cosmopolita.

En apenas dos semanas de festival, la asistencia a teatro de la ciudad se multiplica y logra reunir cifras de espectadores equivalentes a las de casi un año. Y en hora buena, porque hace tiempo, digámoslo sin tapujos, vivimos una gran abstinencia. En las cientos de sesiones cerradas o al aire libre el consumo de teatro se despierta, la gente comenta los espectáculos de su predilección, habla de dramaturgia y critica severamente algunas piezas, como si le gustara verdaderamente el teatro. ¿O es que a la gente sí le gusta el teatro?

Nadie, o muy pocos, va a teatro en Colombia. De eso saben los teatreros colombianos que deben morderse los labios al ver que la gente en marzo se vuelca a las taquillas, pagando incluso algunas boletas costosas, para después desaparecer como por arte de magia. O de teatro.

¿Exagero si digo que nadie va a teatro? Van algunos estudiantes, sobre todo de universidades públicas. Van algunos fans de las artes escénicas, muy fervorosos, eso sí. Y van los teatreros. Pero la gente normal odia el teatro. No concibe pasar una sola noche en una sala fría del centro de Bogotá oyendo los gritos de Lisistrata. Es un público poco paciente que detesta las obras largas, los repertorios abstractos, las tramas confusas, los gritos eufóricos, con lo que solo aumenta el estupor al ver que de eso trata buena parte del repertorio del Festival. Por supuesto, nadie tiene ni idea de quién es Santiago García, y a nadie le importa saberlo. El plan de ir a teatro suscita tan profunda pereza que puede compararse a la invitación que me hacía mi abuela a acompañarla a la zarzuela.

OK, es cierto, a un sector pequeño de la población le gusta asistir regularmente a las obras del Teatro Nacional, cuyo componente de café-teatro, con los monteros y demás, casi siempre los hace olvidar lo que probablemente es el verdadero teatro. Y, también es cierto, hay un público azaroso que de repente se topa con una obra como El encargado de Harold Pinter y sale feliz con esta recreación lograda de la pobreza, bien actuada y con una estética impecable.

Pero entender qué le pasa al teatro en Colombia es otro asunto. De entrada su estatus es inferior al de las otras artes. Es mucho menos que el cine, por supuesto. Y ahora con el despertar de la taquilla cinematográfica nacional, ni hablemos. Los artistas plásticos tienen mucha más prensa y mejor posicionamiento artístico que los teatreros (lo que es curioso, pues, a pesar de todo, hay más espectadores de teatro que público de exposiciones). No conocemos a los críticos de teatro y no sabemos qué obra es buena o mala. No sabemos si el Teatro de La Candelaria es mucho más que su pasado. Ni si Juliana Reyes es una gran promesa de la dramaturgia, o si el Teatro Libre murió como proyecto. No sabemos si, en últimas, Rubiano es bueno o no; si en Cali desapareció la estela de grandes obras con la muerte de Buenaventura; si las escuelas de teatro tienen promesas y buenos montajes, o si algún bendito grupo tiene una obra sensacional en la ciudad y todos nos la estamos perdiendo. Y la debe haber, por cierto.

Pues el teatro es percibido como una burbuja opaca, mamerta y aburrida, como una manifestación cultural secundaria que solo se reactiva con el dinero de los grandes patrocinadores o con la decisión de no correr riesgos escogiendo a Mapa Teatro o a Ricardo Camacho quienes, de entrada, arrastran su sello de calidad. Con el resto, que entre el diablo y escoja.

Por supuesto, creo que gran parte de la culpa de que a la gente solo le guste ir a teatro en el marzo de los años pares es culpa de los mismos teatreros colombianos. Culpa de una dramaturgia cansada, incapaz de plantear retos estéticos contemporáneos, demasiado ideologizada y profundamente anclada en fórmulas demasiado repetidas de una experimentación muy poco atractiva. Un teatro de estética pobre, sin escenarios y en el que campea la ausencia de apoyo público y privado, con lo que solo se refuerza su largo aislamiento.

A lo que se suma el que, como lo menciona Claudia Montilla en un exhaustivo y justo ensayo sobre teatro experimental, hayan sido la televisión y el teatro comercial los grandes vencedores de la escena de los ochenta y noventa. Y con eso todo queda dicho. Menos, claro, que quizá la culpa involuntaria la tenga el festival, por estar más preocupado por sus obras, que por la formación de públicos y el ejercicio de apoyo, promoción y orientación a las compañías locales que se ahogan en silencio bajo el multitudinario furor de marzo.

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